Tienen miedo, un miedo cerval que se explica por la falta de costumbre de ventilar sus problemas a la vista del público y, de paso, permitir que se aireen y se limpien de suciedades y adherencias.  Tienen miedo los responsables políticos del PP ahora que su jefe se ha ausentado en silencio y les ha dejado solos frente a sus propias dudas, frente a sus enormes incógnitas. Y no me refiero únicamente al miedo que pueda estar atenazando a los cuadros directivos de la calle Génova sino al que comparten con ellos los diputados que conforman el grupo parlamentario, incluido su portavoz, y también el que tiene arrugados a muchos de los propios compromisarios del partido en cuya mano va estar la decisión definitiva de cuál de los dos candidatos se va a alzar finalmente con la presidencia del PP.

Por eso mismo los movimientos para quitarse de encima ese peculiar vértigo derivado de la orfandad que les obliga a tomar decisiones que nunca hasta ahora habían tenido que asumir porque en su partido siempre se han depositado esas responsabilidades en el jefe, se han multiplicado desde el momento en que Pablo Casado dejó muy claro que pensaba llegar hasta el final de la carrera y criticaba abiertamente que su rival en esta segunda vuelta pretendiera saltársela a la bartola y pasar directamente a un pacto en el que ella quedaría como la ganadora que, de momento, ya ha sido y por lo tanto accedería a la presidencia del PP y su joven rival podría quedarse como secretario general. Tal oferta no se ha planteado en esos términos tan precisos pero no hay duda que esa hubiera sido la oferta de haberse arrugado Casado a la primera.

Si Casado cediera a las presiones, su futuro en un PP dirigido por Santamaría resultaría más negro que las alas de un grillo. Estaría muerto

Ahora ya no es posible ni siquiera plantear esa hipótesis porque la negativa del vicesecretario de Comunicación a la invitación de retirarse de la competición, más sus leves pero frecuentes y dolorosas pullas a la ex vicepresidenta sobre su gestión en Cataluña y sobre su nula implicación histórica en los asuntos más problemáticos del partido le han convertido en persona políticamente non grata para Soraya Sáenz de Santamaría y su equipo. Quiere esto decir que si Pablo Casado cediera ahora mismo a las presiones que está recibiendo y se apartara de la carrera, su futuro en un PP dirigido por la única candidata resultante sería más negro que las alas de un grillo. Y eso sería así aunque le aseguraran un puesto de relevancia dentro de la estructura partidaria. Estaría muerto.

La cena de anoche con cerca de un centenar de diputados presentes no es, como se ha vendido, solamente una cena de reconciliación sino una maniobra de presión aunque no haya tenido ese propósito definido,  pero que producirá el efecto de una emboscada encubierta a la decisión de Casado de seguir hasta el final. Mucho temple tendrá que tener el joven candidato para no caer en ella porque las apelaciones a su renuncia envueltas en el papel de la reconciliación y de llamadas a la unidad del partido son munición de grueso calibre que irá  creciendo con el paso de los días.  Y eso será así porque el PP está poco acostumbrado a enseñar sus cuitas internas y a sus responsables, también a los parlamentarios, les dan pavor acciones tan necesarios en política como la celebración de un debate entre ambos contendientes.

Casado insiste en la celebración de ese debate pero el equipo de Sáenz de Santamaría es más reticente y eso no es, desde luego, porque ella le tenga miedo a una confrontación de esa naturaleza, en la que está infinitamente más experimentada y enormemente más dotada en principio que su oponente, algo que sus colaboradores se han encargado de recordar a Casado para intentar que desista, cosa que no han logrado. Ella no quiere porque no desea que se le afeen en público sus posible debilidades y porque es mucho más partidaria, como una gran parte de sus compañeros, de ofrecer una imagen de férrea unidad del partido, aunque sea falsa, que creen que puede verse quebrada si dos de los miembros del mismo partido confrontan ideas y posiciones. E ideología.

En absoluto es seguro que todos los apoyos que ha recibido Cospedal sean votos de compromisarios para Casado

Ese es un defecto profundo de la tradición, tendente a la catacumba, del Partido Popular, la afición al viejo dicho según el cuál “los trapos sucios se lavan en casa” y aunque no estén sucios también. Pero se están quedando demasiado solos en esa resistencia a discutir a la vista del público. No tenemos más que recordar los debates que se celebraron entre los candidatos a la secretaría general del PSOE, cuando Susana Díaz le dijo a Pedro Sánchez: “Pedro, no mientas, cariño”, y Patxi López le espetó: “Pedro ¿pero tú sabes lo que es una nación?”. Bien, aquello sucedió, no se desgarraron por eso las cortinas del templo y la vida, es verdad que especialmente convulsa, del Partido Socialista siguió adelante con el resultado final por todos conocido. Pero una situación semejante, ni siquiera parecida ni de lejos, sumiría a la dirigencia del PP en el pánico y por eso es muy improbable que asistamos a un muy recomendable y  aconsejable debate entre Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado.

Y no sólo eso. Faltan 10 días para la celebración del Congreso extraordinario del PP y van a ser 10 días en que el equipo de Casado va a ser churrascado lentamente a la parrilla como San Lorenzo para empujarle a la lista única. Se está manejando incluso la posibilidad de recurrir in extremis a Mariano Rajoy para que aborte en el último momento la culminación de esta contienda electoral interna e imponga la unidad por decreto. Pero es improbable que quien fue presidente del partido acepte forzar a Casado a rendirse, que no otra cosa sería apartarse para dejar pasar triunfante a su todavía contendiente y someterse luego a sus designios. No es ése el estilo ni el talante del señor Rajoy y nada en su comportamiento posterior a su derrota tras la moción de censura permite pensar que se va a inmiscuir en las tensiones electorales de su partido.

De momento el vicesecretario de Comunicación aguanta y ha hecho movimientos e incorporaciones significativas a su equipo que permiten pensar que está férreamente determinado a terminar este proceso electoral sobre el que sus adversarios quieren convencer a la opinión pública que ya se ha consumado en esta primera vuelta. Pero no es verdad, las elecciones no han terminado y por eso no tiene sentido ahora la apelación de la ex vicepresidenta cuando recuerda que el ADN del partido dice que debe gobernar la lista más votada. Eso es cierto, pero también dice que ese principio debe  cumplirse cuando la distancia entre el vencedor y su seguidor inmediato es  clara e indiscutible, y éste  no ha sido el caso. Pero es que además, y es lo más importante, todavía no sabemos quien va a encabezar la lista más votada porque falta la otra vuelta en esta elección que aún no ha terminado.

Y ahí se abre una incógnita formidable: en absoluto es seguro que todos los apoyos que ha recibido Dolores de Cospedal en la primera vuelta se vayan a traducir en votos de compromisarios para Pablo Casado. Esos votos se van a emitir en función de variables muy distintas de las que manejaron los afiliados, variables entre las que estará muy presente la perspectiva que vaya a tener cada uno de ellos de mantenimiento en sus respectivas posiciones orgánicas o en las listas electorales para los próximos comicios municipales y autonómicos. Y también en las elecciones andaluzas, que todos esperan que se adelanten a este otoño y en las que habrá habido ya promesas y compromisos cerrados por parte de quienes en Andalucía han hecho posible que Sáenz de Santamaría se haya alzado con la victoria, muy ajustada pero victoria al fin y al cabo, en esta primera ronda de votaciones.

Si Casado resiste al miedo cerval que padecen hoy sus compañeros, tiene alguna opción de ganar la partida. Si no resiste y acepta la candidatura de unidad, es decir, si se retira antes de dar la batalla, ya puede despedirse de sus aspiraciones en la carrera política del Partido Popular.