No somos dos mitades los catalanes que nos enfrentamos por los lazos amarillos, esto no es una batalla de igual a igual por los símbolos, ni fue inocente que se inundara con ellos el espacio público catalán. Buscaban un objetivo y lo han conseguido: distinguir a simple vista quién es quién. En nuestro lenguaje incorporamos sin sonrojarnos el “nosotros” para distinguirnos de “ellos”, siendo todos catalanes. La fractura es tan profunda que aflora la violencia sin remedio, es el siguiente paso en la escalada del separatismo: si no se consigue por las urnas, será por la fuerza. Hay que remontarse a la Guerra Civil para recordar una división social así. Igual que entonces y posteriormente en el franquismo, el poder político marcó los pasos a seguir de una de esas dos mitades de catalanes acelerando la ruptura.

La batalla de los símbolos para distinguir entre buenos y malos catalanes no nace de un clamor social, está orquestada, subvencionada y promovida por el poder político en su propio beneficio. Cuando los miembros del Govern fueron encarcelados de forma preventiva, los que se quedaron fuera, en su mayoría por mentir ante un juez jurando que la proclamación de la República solo era un acto simbólico, necesitaban un emblema que les protegiera ante los que les señalaban como traidores. Ese símbolo fue el lazo amarillo.

El Govern en la sombra, Omnium y ANC, se encargaró de hacerlo socialmente aceptable y una legión de buena gente se lo puso en la solapa pidiendo la libertad de sus “presos políticos”. Cuanto más grande el lazo, mejor catalán eres. Se colocó en los escaños del Parlament, presidiendo los campanarios de las Iglesias, en los Ayuntamientos y edificios oficiales, hasta en muchas comisarías de los Mossos. El lazo amarillo lo ocupo todo.

Estas patrullas clandestinas hacían cumplir la ley al legislador, enseñaban a los Mossos cómo cumplir las normas que ellos ignoraban

Los cargos públicos que huyeron del país para no ir a prisión estaban tranquilos con ese lazo, nadie ponía en duda su traición a la causa por haber dejado a sus compañeros en la estacada. Pero ni unos ni otros contaban con una silenciosa pero persistente rebelión popular que se estaba formando. Tras treinta años de nacionalismo y pensamiento único, muchos habían dicho basta y la imaginaria República catalana promulgada como cualquier dictadura por una minoría, les había despertado de un letargo al que no estaban dispuestos a regresar. O volvían a entregar Cataluña a los de siempre o luchaban por ella. Con un Estado ausente y un poder local y autonómico del todo partidista, no tuvieron más opción que actuar como hicieron los demócratas en los años del franquismo: crearon patrullas clandestinas para eliminar símbolos separatistas de espacios públicos.

Como hicieron nuestros padres en la dictadura lo hacían de noche, con la cara tapada y miedo a la presencia policial. Poco a poco fueron descolgando lazos amarillos de balcones municipales, árboles, farolas y verjas de edificios públicos. Por una vez la mitad silenciosa actuaba, aun a riesgo de amenazas, de ser marcados como españolista (qué triste que sea un insulto en parte de España), de que tu casa o tu coche apareciera pintado de amarillo, aun a riesgo de que boicoteen tu negocio o te quedes sin tu empleo. Estas patrullas clandestinas hacían cumplir la ley al legislador, enseñaban a los Mossos cómo cumplir las normas que ellos ignoraban. Los ciudadanos aplicaban la legislación vigente y sus cargos públicos la desobedecían, el mundo al revés.

Y con estos antecedentes hemos llegado a donde nos encontramos, de nuevo al borde del abismo. La mayoría de gobiernos municipales y autonómicos catalanes no estaban preparados para una revuelta popular como la que sale cada noche a limpiar los espacios públicos de lazos amarillos. Intentan denunciar sus acciones exagerando actos de violencia donde no los hay, utilizan sus medios periodísticos afines subvencionados para desprestigiarles, obligan a actuar a los Mossos acosando al que cumple la norma, y esto es solo el principio.

Antes de que llegue este otoño caliente necesitamos detener la deriva violenta hacia la que nos dirigimos. Hay una máxima que los separatistas han olvidado a propósito y es la piedra filosofal sobre la que gira todo: solo con un 50% de los votos favorables no se puede independizar ningún país.

Mientras algunos convencidos luchan en pleno agosto por la libertad de sus políticos presos, Artur Mas navega en yate por Menorca y Puigdemont disfruta de la piscina climatizada en su mansión en Waterloo que pagamos todos, y en sus trajes de baño ninguno de ellos lleva puesto el lazo amarillo.