En la Ciudad del Vaticano, el colosal exceso de estímulos artísticos y arquitectónicos favorece la necesaria discreción de algunos de los organismos papales menos publicitados en los millones de guías turísticas que se editan cada año en el mundo. Por ello, pocos son los turistas que en el tránsito para visitar la fuente del Belvedere y a lo largo de la vía Sant’Anna se percatan de un apéndice cilíndrico de ladrillo que, adosado al Palazzo Episcopal, corona la fachada posterior del mismo.

Un edificio circular que, como un castillo de Sant’ Angelo en miniatura, en nada destaca salvo por el pequeño detalle que en su interior alberga la sede del Instituto per le Opere di Religione (IOR), más conocido en cristiano como el Banco del Vaticano.

Un banco sin sedes, sin cajeros, sin campañas publicitarias y sin ni tan siquiera depósitos o préstamos. Desde luego, no para el común de los mortales ni para los millones de almas que como piadosas hormiguitas pululan por la colosal explanada diseñada por Bernini en la cercanísima Plaza de San Pedro.

Se trata, en teoría, de una especie de banco privado para los funcionarios de la Iglesia católica -sacerdotes, abades, monjas, frailes- especialmente los residentes en Roma y “oficialmente” dedicado no tanto a proporcionarles rentabilidad como a conservar a buen recaudo sus escasos ahorros y permitirles realizar o recibir donaciones. Como una suerte de caja fuerte del personal que trabaja en y para la Curia Romana.

El Banco del Vaticano es, en teoría, una suerte de caja fuerte para el personal que trabaja en y para la Curia Romana

Eso sobre el papel, pues desde los pactos de Letrán el instituto ha venido a funcionar como un banco central de la ciudad estado y paraíso fiscal de las más de 15.000 cuentas que aún gestionan sus purpurados. Un paraíso fiscal, opaco para cualquier organismo administrativo, policial o judicial externo y que tan solo rinde cuentas a Dios Padre, gestionando los dineros mediante criterios empresariales de maximización de beneficios y obtención de rentabilidad pura y -lo que es más lacerante- sin margen alguno de restricciones éticas para ello. Un fin desde luego, poco edificante en el que siempre ha primado el exigente resultado por encima de la pátina beatífica de los medios a emplear.

Desde la década de los años ochenta el discretísimo instituto fue portada de los tabloides de medio mundo a raíz del escándalo de monseñor Paul Marcinkus, a quien Juan Pablo II protegió de la justicia italiana escondiéndolo en el Vaticano y cuyos dos principales aliados, el abogado de la mafia Michele Sindona y el banquero Roberto Calvi, fueron asesinados. Al primero le sirvieron un café con cianuro en la cárcel y al segundo lo colgaron de un puente de Londres. Peccata minuta.

En 2009 Benedicto XVI puso al frente del Banco a Ettore Gotti Tedeschi para intentar quitarle el sambenito de la falta de transparencia, la aceptación natural del uso de información privilegiada, la inversión habitual en operaciones que resultaban moralmente dudosas o el blanqueo de capitales a nivel industrial. En su intento, Gotti salió trasquilado y poco menos que acusado de loco o enajenado cuando quiso hacer limpieza.

El actual pontífice nombró hace casi tres años, con las mismas funciones y objetivos a monseñor Pell, un cardenal australiano que, en principio, goza de poder casi absoluto para supervisar las finanzas vaticanas, incluido el IOR.

La tarea que tiene por delante y con los truculentos antecedentes de sus predecesores se asemeja a la de David contra Goliath y va a necesitar de Dios y ayuda para llegar a buen puerto. Para empezar, no solo el IOR, sino que 253 organismos que dependen de la Santa Sede actúan, en lo que a las cuestiones económicas se refiere, sin ningún tipo de control.

Más de 250 organismos que dependen de la Santa Sede actúan en cuestiones económicas sin ningún tipo de control

Desde la oscuridad vaticana ya se ha intentado montar una operación de desprestigio personal contra el cardenal, que día a día es atacado con las cuestiones más triviales. Por ahora, el prelado está resistiendo bien y no parece afectado por sus poderosos detractores.

El hercúleo objetivo final de Pell es, nada más y nada menos, el de intentar colaborar con las autoridades italianas y europeas para conseguir de una vez que la Santa Sede deje de ser un paraíso fiscal en el centro de Roma y adopte los procedimientos internacionales contra el blanqueo de capitales y la financiación del terrorismo. Todo ello, por supuesto, con la sibilina y peligrosa oposición interna de muchos miembros del Vaticano y la presión de algunas de las fortunas y grupos de poder más poderosos del planeta. Mafia, dicen, incluida.

El prelado australiano, en un alarde de valentía o inconsciencia extrema, como de cristiano a punto de ser devorado por los leones del circo, ha anunciado que está dispuesto a seguir colaborando estrechamente con el Gobierno italiano, con el que en 2015 alcanzó un acuerdo fiscal, e incluso pasarle información sobre los propietarios y los movimientos de las cuentas hasta ahora opacas.

Labores como puede verse de innegable virtuosismo cristiano de las que de salir bien parado le podrían asegurar el ser el artífice de una renovación ética profunda de las cloacas financieras vaticanas – en las que dicen desaguan las fortunas menos blancas del planeta – y, sin ningún lugar a dudas el convertirse en el primer banquero de Dios al que se le abriesen de par en par las puertas del cielo.


Carlos de Fuenmayor es director de Negocio Institucional de Merchbanc