Laura Luelmo llevaba cerca de un mes dando clases de Plástica en el Colegio Nuestra Señora del Rocío de Zamora. Trabajaba no muchas horas pero lo hacía con pasión por la profesión, recuerda su director. Era un trabajo cómodo pero temporal. No tuvo margen de elección cuando recibió la llamada para cubrir una plaza de interina en Nerva, a más de 600 kilómetros de casa. Laura, como tantos otros profesores de España, estaba apuntada en las bolsas de empleo autonómicas, precipicios del todo o nada. Si rechazas una oferta, probablemente no vuelvas a recibir otra nunca.

Viajar no era el problema porque lo llevaba haciendo toda la vida. Laura Luelmo era una zamorana más de las que tienen que emigrar forzosamente a los 18 y repartirse por las universidades de Salamanca, Valladolid o León. Independencias obligadas que revitalizan los mercados de alquiler, engordan las cuentas de las empresas autobuseras y forjan el carácter. El suyo, aventurero. Estudió Bellas Artes en Salamanca y aprovechó la ocasión para marcharse de intercambio a México. Pasó unos meses en los pintorescos barrios de Puebla, paraíso de fotógrafos amateurs como ella, que usó la estancia para sacar adelante un par de exposiciones.

De vuelta en España siguió formándose en Valencia y en Madrid para orientar su carrera al profesorado. Era inquieta y tenía una enorme voluntad artística. Realizó un taller de caricaturas en la Biblioteca Nacional de España que fue «un éxito» según la institución; sus redes sociales las poblaba de retratos, oleos, ilustraciones. La primera, un skyline de Zamora. La última, que permanece como un recuerdo cruel en el encabezado de su cuenta de Twitter, era la de una flamenca con mantón de lunares sobre el emblema feminista. Su homenaje al 8-M y a las que murieron antes que ella a manos de «monstruos» a los que no habían enseñado a no serlo.

Laura era una chica normal. Feliz, ilusionada. Ninguna estridencia en su vida a la que se pueda agarrar la carroña para buscar un porqué innecesario o un pecado original. Le gustaba viajar como a toda nuestra generación, que construye su vida y organiza sus recuerdos en base a escapadas de Ryanair. Italia, Portugal… De ahí el especial escalofrío cuando en las stories de Instagram tus amigas, con vidas paralelas, mezcladas con la de Laura, comienzan a compartir el cartel de su búsqueda por «desaparición». Podrían haber sido ellas. Más de lo que ya lo son, tocadas por la pedrea macabra de la violencia aleatoria de un asesino reincidente.

Laura se cruzó con Bernardo Montoya en un pueblo, El Campillo (Huelva), que tampoco es muy diferente a otro pueblo, Villabuena del Puente (Zamora), donde la profesora tenía su vida. Su novio, sus amigos, su nombre pintado a spray en la peña y sus recuerdos de San Roque, los Quintos o los tubos de cerveza en el bar mientras corren toros por la calle.

Los pueblos de Zamora son silenciosos como ellos solos. Más un lunes, más en diciembre. Cuenta el regidor que cuando se confirmó la muerte de Laura mandó a tocar todas las campanas del municipio, que en los pueblos son como una llamada a la vida social. Se escucha «tocar a muerto», se sale a la calle y se pregunta por quién ha sido. Si se exagera el luto hasta por los centenarios llamados por la lógica, ¿cómo no se va a temblar por una vida de 26 años arrebatada por un salvaje?

El alcalde salió en la televisión al borde de las lágrimas diciendo que Laura «había bajado en el puente de la Constitución» y en general «cualquier fin de semana que tenía libre». Con costumbrismo de alcalde de Delibes, y de nuevo parecía que hablaba de ella, pero también de ellas. De todas.

La familia, desplazada a Huelva desde el primer momento de la búsqueda, digiere el trauma entre el shock y el hartazo con los medios que les insisten en busca de recuerdos. ¿Para qué? Por Facebook circula la publicación, templada y entera, de una de sus primas tras conocer la muerte de Laura: «Evitemos populismos».