La caída brusca de los mercados de Estados Unidos durante los meses de octubre y diciembre muestra una primera señal de agotamiento del mercado alcista. Desde un punto de vista técnico el movimiento es claro: durante el año 2018, los índices han marcado en dos veces una zona de cotización máxima donde las ventas han reaccionado con fuerza.

Tendremos que esperar un tercer intento de superación de este nivel para confirmar definitivamente un cambio de escenario en los mercados financieros. Desde un punto de vista fundamental, el agotamiento de los mercados tiene sentido tras un largo periodo de expansión. Los ciclos existen, pues la propia dinámica de avance genera los elementos que inician el retroceso y a la inversa. En cualquier caso, el fin de año ha mostrado varios temas muy relevantes para determinar el sentido de los mercados en los próximos meses. Destacamos:

  1. Excesiva sensibilidad de los gestores y asesores financieros al descenso de los mercados. Toda una corriente de artículos y declaraciones en distintos medios han subrayado el error de los vendedores y la oportunidad de compra que estos descensos abría a los inversores de largo plazo. El recurso a los beneficios empresariales y expectativas de crecimiento económico futuro justifica una continuidad en el crecimiento de los precios de los activos. Aquellos que lo estén discutiendo, en primer lugar, son calificados de agoreros y, en segundo lugar, reciben una avalancha de comentarios displicentes sobre el error básico de aquellos que se separan de la verdad absoluta.
  2. Excesivo riesgo asumido en las carteras de inversión. Si la reacción a un cambio leve en una larga tendencia alcista es tan exagerada, será porque habrá mucho que esconder. O bien los resultados del pasado en las carteras de inversión no han sido tan abultados, o bien la reacción de los inversores y clientes no es consistente con el perfil de riesgo declarado. Esto es consecuencia directa de la denominada represión financiera de las autoridades monetarias. Si el rendimiento esperado es cero para los individuos con aversión máxima el riesgo, entonces, se producen dos alternativas: o los clientes han insistido en obtener rendimiento o los prestadores de servicios de inversión han vendido más rendimiento esperado por unidad de riesgo asumido. Una caída brusca del mercado enciende los nervios de todos y, en el límite, obliga a vender antes de tiempo. Esta actitud tiene un efecto secundario peligroso: las caídas tienen un punto a partir del cual las ventas se aceleran. Muchos de los inversores en gestión activa quedan defraudados por incumplimiento de los objetivos marcados a su gestor y muchos otros en gestión pasiva salen despavoridos cuando perciben que están invertidos en una cartera con un perfil de inversión de más riesgo que el declarado o asumido. En la represión financiera, la autoridad monetaria provoca la búsqueda de rendimientos con más riesgo del percibido por el mercado.
  3. El reconocimiento público al éxito de las políticas keynesianas para superar la crisis financiera tiene los días contados. La intervención de las autoridades monetarias y económicas ha sido tan descarada que se nos ha olvidado la relevancia de los cambios estructurales para consolidar un crecimiento futuro. A falta de un cambio estructural, la fase que sigue a una expansión es una fase recesiva provocada por agotamiento de las variables que han estimulado la economía. El cambio de ciclo puede ser abrupto si la estructura que hace de soporte no ha sido renovada. Podríamos pensar que aceptar el largo plazo como una suma de intervenciones a corto plazo, es una estrategia errónea para fomentar un crecimiento sólido.
  4. La asociación constante de las autoridades políticas al concepto «estar bien» y «bolsas al alza» es, al menos, curioso. Trump hace referencia constante al efecto riqueza que genera la percepción de que las bolsas mantengan una tendencia alcista. Esto explica el enfrentamiento entre el presidente de Estados Unidos y el presidente de la Reserva Federal por la conveniencia o no de mantener la senda al alza en los tipos de interés. Pero esta dependencia no es exclusiva del entorno americano, sino también en Europa, cuando se asocia la conveniencia de unos presupuestos a la respuesta de los mercados.

La sorpresa entre inversores es alta. Los mensajes a lo largo del año no contemplaban un derrumbe de las bolsas y menos en diciembre en periodo navideño. El golpe ha mandado a muchos gestores estrella al pozo de los desamparados. Lo que la complacencia regaló, desapareció en un instante. Lo peor es que en la foto de final de año todos han aparecido desubicados: los guapos y primeros en la clase han terminado los últimos y, estos, los feos, han aparecido en primer plano.

El año que empieza pondrá en la mesa la necesidad de actuar claramente en una reestructuración de una economía que todavía vive con modelos del siglo XX.


Javier Kessler Saiz es socio fundador de Kessler Global