Un grupo de embajadores europeos me preguntaban, ¿cómo sabía que luego del bluff del 23-F, iríamos directamente al colapso?. La respuesta fue tan sencilla como que intentar de nuevo lo mismo ensayado en Panamá durante años, pero en una economía como la venezolana, tendría peores resultados. A fin de cuentas la invasión de Panamá, (post Reagan) fue la prueba de que todo lo intentado en Venezuela fracasó ayer, como parece estar naufragando hoy.

Bastaría con leer las biografías de George Shultz, Collin Powell, James Baker, Reagan, y Bush, para entender lo que sucede. Cuando tanto Shultz como Powell sostenían que Reagan no estuvo nunca en realidad dispuesto a usar la fuerza y por eso cuando ordenó el famoso ultimátum a Noriega, éste le respondió al emisario: “Díganle que no soy idiota”. Y no lo era, el tirano sabía muy bien que los americanos nunca van a la guerra en plenas elecciones.

Queda ese sinsabor que pasa de boca en boca: ¿Con qué y con quiénes realmente cuenta Guaidó?

De allí que tras la amenaza, el dictador panameño enviara a sus matones a apalear y matar a los opositores, a sabiendas de que como dijo claramente Shultz en sus memorias, Reagan estaba solo dispuesto a establecer una política “entre la guerra y no hacer nada”, una que diera en las elecciones la sensación de “línea dura”, pero que en realidad no podía ser efectiva. Y esto es lo que comienza a hablarse en los corrillos de la política venezolana y más aun tras los últimos acontecimientos. Queda ese sinsabor que pasa de boca en boca: ¿Con qué y con quiénes realmente cuenta Guaidó?

Pero después del 23-F y en el caso de Venezuela, precisamente ocurrió todo lo contrario. Lo que vieron los amenazados pareció un toque de trompeta de retirada, cuando la “amenaza creíble”, esa disposición no a mostrar los dientes, sino a clavarlos, fue sustituida por una retorica enfática de que la fuerza no se usará, incluso si ocurriera el peor escenario . Escudados tras el cándido discurso de que esas cosas “no se discuten públicamente”, cuando en realidad -con la única excepción de Grenada- siempre ha sido público el debate, le demostraron al régimen y sus allegados que sus políticas se parecen más a las de Reagan, que a las de Bush. O más concretamente, las políticas hacia Cuba. Es decir “entre la Guerra y no hacer nada” por lo menos durante muchos meses, si no años.

Y eso lo han visto muy bien los adversarios de Guaidó tras las respuestas reales tras la quema de la ayuda humanitaria, tras las detenciones de opositores y el círculo cercano de Guaidó o a la pregunta sobre su posible detención. Respuestas que le han dado al régimen una idea, bastante precisa, de los tiempos e intenciones de los estadounidenses. Y más aun luego del histórico cierre de la embajada, histórico porque no ocurrió en la Trípoli de Gadafi, en el Iraq con Saddam, o el Panamá con Noriega, a donde llegaron hasta escuchar los disparos, es decir ni permanecieron en pie como en Panamá, ni crearon una “embajada de facto”, ni invocaron el “Poder Protector” de otra embajada neutral, simplemente cerraron a piedra y lodo y se marcharon.

En fin, lo que comienza a murmurarse en Venezuela es que el 23-F ocurrió “un bahía de los cochinos” en miniatura. Y los tiranos, como buenos depredadores, se aprovechan del miedo de sus presas.

Europa ha puesto marcha más cómoda, Latinoamérica se ha silenciado y Guaidó queda para un plazo más largo afrontando el resultado de sanciones

Como bien lo expone James Baker, en sus memorias, “que el presidente esté convencido de usar la fuerza” y “una amenaza creíble, era la única formula” para que cualquier negociación política prosperara. De hecho Guaidó necesitaba esa disposición, no para que invadieran, sino precisamente para lograr cualquier negociación. Esa amenaza real fue en realidad lo que movilizó a toda Europa para presionar y a la comunidad latinoamericana para actuar cada vez con más firmeza, incluidos los aliados del régimen. Es decir, el planeta entero se movilizó para evitar una acción militar, pero sin esa disposición Europa ha puesto marcha más cómoda, Latinoamérica se ha silenciado y Guaidó queda para un plazo más largo afrontando el resultado de sanciones, que tarde o temprano le estallaran en la cara.

Por eso conviene hoy recordar por qué Venezuela va al colapso, a través de la guía de estudio del US Army War College, sobre como el plan empleado ha fracasado en cerca de setenta oportunidades desde 1915 y como podría afectar a Venezuela hoy, como falló en el Panamá de Noriega:

Los militares, que al final tuvieron que poner las bolsas de cadáveres, explicaron que “sus planificadores –sanciones- no tomaron en cuenta que Noriega era inmune a esas medidas”, porque “había alcanzado el poder y convertido su gobierno en una ‘narcocleptocracia’ (..) una poderosa industria criminal, en la que la mayoría -de los cargos civiles y militares- vivía del crimen organizado, o de centenares de empresas privadas que no fueron jamás alcanzadas por las sanciones”.

De esta manera y como sostienen los historiadores, mientras peor le iba al panameño de calle, mejor le iba al pretorianismo, que era el único que disponía de poder de compra y de los dólares en efectivo. Mientras la presión interna y externa los cohesionaba.

Los estudiosos militares sostienen también, que finalmente el control social “llegó de la manera menos pensada”. Cuando aplicaron el famoso “hambrear la economía” (starving the economy) llegó el colapso general, el dinero bancario desapareció y “el panameño dejó de pensar en política y se fundió en una dinámica de supervivencia”, a la búsqueda de dólares en efectivo y los pocos bienes disponibles. Es decir, las políticas supuestamente destinadas a levantarlos, terminaron por arrodillarlos. Por no hablar de lo que explica el historiador Robert Harding que “lejos de causar un sisma en Noriega, inadvertidamente terminó apuntalado en el poder, cuando hasta sus más feroces oponentes terminaron opuestos a las políticas económicas destructivas de Washington”.

Finalmente los militares estadounidenses aprendieron con el fracaso de esas políticas, que “el panameño –aterrorizado por una violencia dictatorial- consideraba que los Estados Unidos tarde o temprano resolvería la situación y cifró todas sus esperanzas en la presión y una posible intervención” desactivando a los políticos que solo terminaron pidiendo una intervención. Misma opinión que tiene Harding, quien tras entrevistar a la clase política escribió: “La mayoría de los partidos estaban contentos en permanecer como estaban y sus miembros no veían razones para arriesgarse si parecía que los Estados Unidos harían el trabajo por ellos”.

¿Se encuentra Guaidó en el peor de los mundos? Es difícil saberlo. Pero si las intenciones y planes son los mismos de Reagan, no solo Guaidó, sino 30 millones de almas y en breve buena parte de Latinoamérica.