A Cayetana Álvarez de Toledo (número uno del PP por Barcelona) la llamaron «fascista» en la Universidad Autónoma de Barcelona un grupo de unos 200 estudiantes independentistas que reclamaban, al mismo tiempo, la «libertad de los presos políticos». Hubo empujones, forcejeos, lanzamiento de objetos, etc. En fin, lo que la izquierda radical llama un «escrache», algo, por lo visto, muy democrático.

A Álvarez de Toledo la acompañaban al acto, que terminó celebrándose con la protección de los Mossos, el líder del PP en Cataluña, Alejandro Fernández; el candidato a alcalde de Barcelona por dicho partido, Josep Bou, y la eurodiputada Mayte Pagaza, que sabe bastante bien lo que significa eso del fascismo: su hermano Joseba fue asesinado por ETA en Andoáin el 8 de febrero de 2003.

La candidata del PP ha demostrado que su disposición a hacer frente al dogmatismo soberanista no es sólo retórica, sino que es un compromiso firme que requiere de convicciones profundas y de valentía.

Lo relevante de lo que ocurrió este jueves en Barcelona no es tanto la constatación de la existencia de una minoría intolerante y fanática, sino la confirmación de que existe un amplio porcentaje de catalanes que justifica, ve con buenos ojos o blanquea este tipo de actos. El problema de Cataluña no son los CDR sino que el presidente de la Generalitat le pida a ese grupo violento «apreteu y i feu bé d’apretar«.

El diario independentista Elnacional.cat titulaba así la noticia: «Abuchean a Álvarez de Toledo en la UAB». La información relata: «La comitiva del PP se ha enfrentado con decenas de estudiantes de la UAB que han intentado impedir el acto de la formación unionista». Sin comentarios.

Por su parte, la UAB emitió un comunicado en el que lamenta «la instrumentalización ideológica» de la Universidad. ¿Asepsia o cobardía? La Autónoma de Barcelona tiene ya un dilatado historial de agresiones a la libertad de expresión, con incidentes siempre protagonizados por radicales independentistas. Fue en ese campus donde se impidió la celebración de un acto de estudiantes constitucionalistas el pasado 18 de diciembre de 2018. También se produjo un intento de agresión a Rosa Díez en marzo de 2010. Incluso, un grupo de energúmenos boicoteó una intervención del ex lehendakari Juan José Ibarretxe, al que llamaron «torturador». Lo que la UAB debería preguntarse es por qué los violentos imponen su ley en las aulas, por qué sus máximos responsables no defienden públicamente el libre debate de ideas y se refugian en un cliché («instrumentalización») que no les compromete a nada.

El estrambote de esta cadena de despropósitos tuvo lugar en la mismísima sede del Parlament. El presidente de la cámara expulsó al diputado popular Santi Rodríguez tras un rifirrafe con la diputada de la CUP Natalia Sánchez, quien mostró, para justificar el escrache, una fotografía de un acompañante de Álvarez de Toledo supuestamente haciendo el saluda fascista. Torrent cortó por lo sano y echó al parlamentario del PP. Mientras que el PP, el PSC y Ciudadanos condenaban lo sucedido en la UAB, el Parlament no sólo mantuvo un silencio cómplice, sino que tomó partido… a favor de los que justifican la violencia.

Comienza la campaña del 28-A con incertidumbre y tensión. El intento de agresión a Cayetana es la prueba de que en Cataluña hay una parte de la sociedad que ha perdido el sentido de la realidad. Viendo lo ocurrido en la Autónoma el jueves se entiende bien lo que pasó en septiembre y octubre de 2017 y las declaraciones ante el Supremo de los líderes independentistas, que han creado y viven en una realidad paralela, una realidad casi mágica.

No creo que la aplicación del 155 otra vez, aunque sea por más tiempo y más duro, solucione el problema de fondo. No hay más que ver la última encuesta del CIS, que da una subida histórica a ERC. La medicina a aplicar en Cataluña requiere de mucha política y mucha paciencia. El día en el que Cayetana Álvarez de Toledo pueda hablar con la misma libertad que Arnaldo Otegi quizás podamos decir que las cosas han empezado a cambiar.