Querer joder a España con cerveza no creo que sea la mejor de las ideas. No lo han conseguido ni esas odiosas cervezas artesanales, hechas como con el calcetín del artesano, con el cazo del artesano, esos artesanos como matarifes o queseros de pueblo, y que te colocan en los gastrobares o en los locales de moda entre maderitas, como si fueran barcos de botella. Poner «Fuck Spain» en una cerveza tampoco me parece lo más extremo, menos para unos revolucionarios que ya no tienen vuelta atrás, o sea estos indepes que van a cargarse el corrupto régimen del 78 pintando pichas en los botellines. Ya no les queda ni con qué provocar.

Se han vestido de pollo, han hecho procesiones de la Santa Compaña, han descolgado a los presos de los campanarios como si fueran foques, han recorrido Europa como cíngaros de sartenes, y ya están por lo de la pegatina con dedo tieso en la cerveza o en el coche, esas dolorosas pegatinas de padre primerizo, de filósofo mafaldista o de Ángel del Infierno de Seat Panda.

La consejera de Agricultura de la Generalitat, Teresa Jordà, tiene ya un posado veraniego con bebida chunga que terminará haciéndose tradicional. El año pasado fue con la leche cruda, leche viva como mierda viva, de la misma ubre costrosa del planeta. La pureza de sangre y la pureza de la leche dejan los mismos grumos en la boca y el mismo calostro por la papada. Y también dan para una como ceremonia celta con ternerito o cabritillo, así como exaltando a la vez la alegre insalubridad del nacionalismo y la mitología con fauno trotoncete del pueblo.

Poner «Fuck Spain» en una cerveza tampoco me parece lo más extremo, menos para unos revolucionarios que ya no tienen vuelta atrás

Ahora, la consejera ha posado con una cerveza artesana, estas cervezas de la aljofifa del artesano, del colador del artesano, del estropajo del artesano; una cerveza con estelada, peineta y, ya lo hemos dicho, el lema «Fuck Spain», o sea, «que se joda España», como si lo hubiera escrito Bart Simpson. Pero ya no sé si es provocación por indepe o provocación por cerveza.

Esas cervezas artesanas, snobs como el mismo nacionalismo catalán, qué pueden hacer sino provocar. La gente sabe que eso va a saber a cenicero mojado o a salitre de pescadero, a kikos requemados o a café de canalón, a quiero y no puedo con embuditos (me refiero a la cerveza y a lo mejor también al nacionalismo catalán). Así que hay que provocar. Yo he visto cervezas artesanas evocando como apocalipsis mayas en las etiquetas. Las he visto satánicas y las he visto porno. Las he visto de postalita marinera y psicotrópicas. Las he visto como diseñadas por el Pájaro Loco o por tu prima la gótica. Pura pegatina con caldo de serrín dentro. O sea, que el nacionalismo se parece mucho a la cerveza artesana. Y hasta tiene eso mismo de enfermedad sentimental (esnobismo y pobreza de carácter) usada como negocio. Por eso la gente las pide pero no las bebe, claro. Un poético final para algo que ya estaba pensado para ser sólo poso y música de desagüe (la cerveza o el nacionalismo).

Me gusta la cerveza que saben hacer las empresas cerveceras, con su monje falso, con su mesonera falsa, con su tenis falso, con su gordo flaco que la corrección ha ido adelgazando, y no la que hace un tío exprimiendo su gato y su sótano. Me gusta la cerveza y estoy deseando terminar esto para ir a echarme una por encima (la primera es para eso) y beberme la siguiente. Me gusta tanto que hasta he llegado a acostumbrarme a cómo la tiran en Madrid, como echándole helado caliente de espuma encima, con espátula y ceremonia del té, una cerveza con largo y trabajado rizado de barba, como el de un chulapo presumido.

Esas cervezas artesanas, snobs como el mismo nacionalismo catalán, qué pueden hacer sino provocar

Me van gustando las cañas de El Doble, y también me gustan las cervezas belgas o alemanas, altas y gordas cervezas alemanas, como gordas mujeres alemanas de trigo, que me sirven directamente de la larga botella de genio en la Cervecería Alemana de la Plaza Santa Ana, con esos camareros que todavía parecen ascensoristas de Hemingway, que creo que se lustraba los zapatos allí mismo.

Hoy, en mi pueblo, beberé Cruzcampo, claro. O la que haya, la verdad, siempre que no sea una de esas cervezas artesanas con pretensiones de perfumito francés, o vino francés, o queso francés, o meñique francés, o ligue francés, aunque la haga un vecino perito industrial. Ah, librarse de esa gran mentira del purismo, de la cerveza o de la patria. En realidad, cuando hayan caído algunas cervezas (a quién voy a engañar), no sé si incluso probaré alguna de éstas que me ofrezcan, porque la han hecho unos vecinos en su tinaja, en su alambique de whisky de patata, como hippies, como presos, como paletos de banjo, como sectas de pozo e higuera. Qué demonios. Al fin y al cabo, es cerveza y esto es España. Querer joder a España con cerveza, ya ven. En nuestro verano donde hay cerveza en el pelo de las muchachas y en la espalda de los jóvenes y en la tortilla que baja desde el sol como una bandera. Hay que ser idiota para querer joder a España con cerveza.