El presidente del gobierno, nada más recibir el encargo del rey Felipe VI para formar gobierno, anunció una apretada agenda de contactos con todos los presidentes autonómicos y todos los partidos con representación en el Congreso.

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La idea tendría lógica si Pedro Sánchez no hubiera concretado ya un acuerdo para un gobierno de coalición con Podemos y no hubiera puesto en marcha unas negociaciones con ERC para que este partido le apoye en su investidura.

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Como el presidente ratificó en su rueda de prensa (con limitación a dos preguntas) que su voluntad es llevar adelante su proyecto de "gobierno progresista" con respaldo de los partidos independentistas, las reuniones con los presidentes autonómicos y los partidos que no son ni una cosa ni la otra no servirán de nada, aparte del agitprop.

El teatrillo tiene como fin dar satisfacción a las demandas que ha planteado ERC en la mesa de negociación con el PSOE/PSC. La secretaria general adjunta de los republicanos y miembro de su delegación en dicha mesa, Marta Vilalta, se apresuró ayer en Nació Digital a apuntarse el tanto de la reunión entre el presidente y el presidente Torra: "Había una llamada al presidente como gesto".

El presidente del gobierno ha pasado de mofarse de Torra en la campaña electoral por las llamadas reiteradas sin contestar ("Quins collons", exclamó ante la falta de consideración de Sánchez) a recibirle en Moncloa. Es verdad que detrás del lehendakari Urkullu, lo que no ha gustado nada en la Generalitat.

El gobierno lo tiene difícil. Está dispuesto a ceder ante las peticiones de ERC pero, al mismo tiempo, necesita vender sus gestos hacia los independentistas como parte de la normalidad institucional.

La operación reuniones para todos no le ha durado ni 24 horas al presidente. No sólo porque Vilalta ha desvelado que tener ese gesto con Torra era una condición impuesta al PSOE/PSC en la negociación, sino porque el propio presidente de la Generalitat ha hecho saber que nada se soluciona con una llamada o una reunión en una ronda con otros diecisiete.

El presidente se equivoca si pretende contentar a los independentistas con concesiones que no impliquen un paso claro hacia su objetivo final

Lo que quiere Torra es una reunión bilateral con el gobierno de España. Para hablar de autodeterminación y de la libertad de los presos. ¿Se entera usted, señor presidente?

Ni Torra, ni su jefe Puigdemont, ni me temo que tampoco ERC, van a aceptar la repetición de una jugada como la del café para todos en tiempos de la Transición y que dio paso a la España de las autonomías.

Los independentistas no quieren ser tratados como los demás, sino de forma diferente, como una nación que, por supuesto, quiere un estado. Y eso, como diría Jordi Pujol, "¡qué coño tiene que ver con poner a Cataluña al mismo nivel que Extremadura o Castilla-La Mancha!".

En esa estratagema de hacer concesiones a Cataluña pero sin que se enfaden el resto de las autonomías, o incluso los propios votantes del PSOE, el primer secretario del PSC, Miquel Iceta, ya dijo la semana pasada en La Razón que "en España hay ocho naciones". "Las he contado", añadía como para que no pensáramos que lo había dicho a boleo.

La afirmación, a parte de ser una solemne tontería (con todo mi respeto para Iceta), no consigue el objetivo que persigue: que Cataluña tenga un trato diferencial y que, al mismo tiempo, parezca que es normal porque hay otras naciones que podrían aspirar a lo mismo.

Los padres de la Constitución creyeron que habían encontrado una fórmula para hacer que en el café para todos hubiera tazas más grandes y otras más pequeñas. Y se inventaron el término "nacionalidades" para colocar ahí a Cataluña, País Vasco y Galicia. Sin decirlo expresamente.

El apaño ha durado un tiempo razonable, pero, al final, las costuras han estallado. Desde que el partido de Pujol se pasó a las filas del independentismo práctico (CiU defendía un independentismo platónico) las posibilidades de llegar a acuerdos dentro de la Constitución para dar satisfacción a sus demandas son escasas, por no decir nulas.

Lo único que, de momento, les frena para declarar la independencia desde el balcón de la Generalitat, como hizo Luís Companys, es el hecho de que todavía los independentistas no son mayoría en Cataluña. Pero, como dijo el propio Iceta, ya veremos cuando superen el 60%. Entonces, a lo mejor habría que darles la autodeterminación, admitió el primer secretario del PSC.

Con un PSC tan proclive a aceptar el discurso nacionalista lo extraño es que la suma de los independentistas no haya alcanzado todavía esa cifra.

Pero volvamos a lo inmediato. Sánchez quiere, sentándose a negociar con ERC, matar dos pájaros de un tiro: por un lado, lograr una mayoría suficiente para su investidura; por otro, solucionar el problema de Cataluña con cesiones que no supongan un incumplimiento flagrante de la Constitución.

Lo siento, pero eso es imposible. Ni con más inversiones, ni con más café para todos va a calmar al independentismo. Mientras haya un hombre como Puigdemont, que no tiene nada que perder, pensar en una salida negociada sin cesiones sustanciales e irreversibles es una quimera.