Susana Díaz, que una vez llegó al Ritz de Madrid como una princesa cíngara, desplegando perfumes, tintineando crótalos y acariciando los bigotes de los señores del poder para llegar a la Moncloa, ahora sólo quiere sobrevivir. Y sobrevivir significa, en este caso, sobrevivir a Sánchez. Ya conté cómo durante la investidura, en medio del patio del Congreso, defendía al candidato ante los periodistas como una madre osa en el frío, blanquísima y herida. Ahora, ha declarado que se equivocó con la abstención a Rajoy y con aquel golpe de mano contra Sánchez, que él tenía razón y ella no. Lo dice, todavía, con esa sangre de zarina cayendo en la nieve. No se puede reprochar que una fiera de la política quiera seguir viva: estar vivo es la primera condición para después optar al poder o a la venganza. Sánchez lo hizo, se mantuvo vivo por ahí con su Peugeot, igual que esos gatos que se refugian del frío en los motores de los coches, siempre muy dignos, como violinistas vagabundos. Sánchez resistió y luego lo ganó todo, aunque fuera, también, a costa de todo.

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