Nos es imposible salir y vemos cada vez más lejos el momento en el que puedan abrirse los locales de ocio, sean diurnos o nocturnos. Ahora casi nos escandalizamos cuando vemos (en vídeo, claro) muchas personas juntas ¡y sin máscara!

Bien, pues ahora imaginemos una enorme cola con tumulto incluido en pleno centro de Manhattan, a pocas manzanas de Times Square. Allí vemos, quejándose de lo que tarda en entrar, un joven empresario llamado Donald Trump. Un poco más atrás espera su turno Mick Jagger, a pocos metros de Diana Ross. Dalí se detuvo a improvisar una vez cruzada la puerta hablando con Liza Minelli mientras Brooke Shields esperaba su turno para entrar.

Un tal Steve Rubell, en la puerta, combinaba a las celebridades del momento con personas de esas a las que llamamos equivocadamente anónimas (porque todas tienen nombre) y ellos “nobodys” don nadies. Desconocidos guapos, extravagantes o con estilo rellenaban de imperfección perfecta un lugar que prometía ser el cielo en la tierra. La que lió Frank Sinatra cuando no pudo pasar. Le hicieron compañía entre los que se quedaron fuera Cher, Woody Allen o Warren Beatty. Éste fenómeno ocurrió la noche de un 26 de abril. La de 1977.

Había abierto Studio 54. Comenzaba la Historia de las discotecas.

El fenómeno Disco sacudió al planeta tierra al ritmo de los Bee Gees y su Fiebre del sábado noche. Aunque no fue un sábado sino un lunes, pocos días después de abrir, cuando Bianca Jagger irrumpió en la sala sobre el famoso caballo. Para qué queremos más. Si antes ya era el centro del mundillo, después de eso ya era el del Universo conocido. Si no entras, no eres nadie.

En realidad, la historia de esa cola comienza mucho antes, cuando en 1942 la CBS compra el edificio que tiene justo detrás para poder hacer programas de radio cara al público. Era perfecto porque se trataba de un auditorio que en los años 20 ofrecía veladas de ópera y más tarde, cabaret. La radio dio paso a la televisión y se convirtió en el Studio 52 de la cadena. Se llenaba de público cada día para ver cómo se hacían shows y concursos durante los años 50 y 60.

Empezó llamando a Andy Wharhol y acabó con una lista de 5.000 invitados VIP a la inauguración

Eran ya los 70 cuando Steve Rubell y su amigo Ian Schrager ponían de moda un local lleno de artistas en Queens. Por allí se dejaba ver Carmen D’Alessio, la relaciones públicas de Valentino, que propuso a los dueños de aquel rincón de glamour “dar el salto a lo grande” a Manhattan. “Espera, que llamo a Andy Warhol”, dijo. Y acabó con una lista de 5.000 invitados VIP a la inauguración. Lo que antes era el Studio 52 de la CBS debía llevar el número de la calle en la que estaba, 54. Y así nació la marca más influyente en la Historia del clubbing”.

Aquel 26 de abril el planeta de la música disco se puso a girar como un vinilo de 45 revoluciones por minuto.

Demasiadas revoluciones. Toneladas de droga y dinero sucio pasaban de mano en mano entre aquellas paredes dentro de las cuales, por cierto, se descubrieron alijos. La evasión millonaria de impuestos dio la estocada al centro de la blanca galaxia disco apenas tres años después. Pero qué tres años. Están en la mente de todos las fotos en blanco y negro de lo más florido de la “movida” de Manhattan. Yves Saint Laurent, Travolta, Grace Jones, Farrah Fawcett, Al Pacino, Elizabeth Taylor, y hasta Bette Davis podían haber coincidido con los Village People entonando allí el YMCA.

Luego volvió a abrir, más formal, pero ya no era lo mismo. Donna Summer cantó Last Dance la noche que cerró sus puertas y cuentan que la última copa se la bebió Sylvester Stallone.

Ahí se quedó aquel vaso vacío como monumento al local que inspiró a las discotecas a las que todos hemos ido, haciendo cola, claro.

Sí. Aquello trajo cola.