El presente es sobrecogedor pero aún más lo es el futuro, un futuro trufado de índices a cuál más dañino, más espantoso, cuya extensión se desconoce pero que va a ocupar con seguridad todo lo que queda de este año y la totalidad del que viene, si no más.

Lo que espera en estos momentos a una buena parte de los españoles es directamente la pobreza y, vinculada a ella, el hambre. Lo que ahora se llama eufemísticamente «sectores más desfavorecidos» es lo que antes se llamaba «pobres», que es un término mucho más preciso y descriptivo de lo que estamos hablando. El número de pobres va a aumentar de una manera inimaginable hasta ahora en nuestra sociedad desarrollada.

Porque a los que ya lo eran, a los que padecían una situación de necesidad imperiosa y que, mal que bien, tenían donde recibir ayudas de tipo esencial, cama, comida, aseo, se van a sumar, se están sumando ya, varias legiones de nuevos pobres que lo han sido de repente, muchos de ellos por primera vez, y que por eso lloran mientras esperan en la cola de las instituciones a recoger algo que les alimente a ellos y a sus familias. Unas ayudas que ya se están quedando cortas para cubrir las necesidades de un número creciente de personas que acuden a demandarlas.

Dos meses de incertidumbre y todos esperando y temiendo el momento en que el golpe sacuda nuestras propias cabezas o la de nuestros hijos o la de nuestros nietos

Este panorama más propio de una posguerra que de una pandemia es, sin embargo, el efecto ahora mismo más visible de una crisis sanitaria que no sabemos cuánto va a durar, ni si será posible superar, ni si el ataque del virus va a volver con la misma fuerza o quizá con una fuerza aún mayor aunque sólo sea porque nuestras defensas, constituidas por quienes trabajan en el sistema sanitario, están agotadas, debilitadas, diezmadas por el contagio de que han sido víctimas muchos de ellos. Y también porque, dígase lo que se diga para animar a la opinión, la moral de la tropa está deslizándose imparable pendiente abajo.

Dos meses encerrados, perdiendo puestos de trabajo a chorros y sabiendo que esto no es más que el principio de una caída mucho más profunda. Dos meses de incertidumbre y todos esperando y temiendo el momento en que el golpe del paro y de la consecuente desaparición de un horizonte seguro sacuda nuestras propias cabezas o la de nuestros hijos o la de nuestros nietos, unas generaciones que nacieron y fueron educadas en la seguridad que proporciona el bienestar adquirido y que, como a todas las cosas buenas de la vida, le habíamos otorgado la categoría de permanente, inamovible e inalienable.

Todos, viejos, medianos, jóvenes y niños somos víctimas de este desastre, pero es verdad que quienes hemos alcanzado ya la categoría de «sectores de riesgo» hemos tenido la oportunidad, en realidad el privilegio, de acumular una experiencia y una historia individual y colectiva que se puede calificar, si la juzgamos en términos nacionales, como una trayectoria de éxito. Eso ya no nos lo quita nadie pero eso es algo que las generaciones que nos suceden no podrán desgraciadamente atesorar en sus memorias. No lo esperábamos.

Los que no cumplen ya ni los 80 ni los 70 ni los 60 no han conocido la tragedia de la guerra civil y sí en cambio han vivido cómo el país fue poco a poco saliendo de la miseria que ahora vuelve. Y han conocido términos habituales hace años como «desarrollo» y más adelante, «libertades», «democracia» y últimamente «bienestar» . También «desigualdad», pero una desigualdad dentro de unos parámetros que habían descartado hace años la existencia del hambre física.

Ya no. Este virus mortífero ha puesto delante de los ojos de todos, pero especialmente de las generaciones que constituyen la llamada «población activa» y de las que le siguen en edad y en perspectivas de futuro el panorama más terrible que ha padecido España desde la última guerra civil. Eso es lo que les espera, el esfuerzo titánico de intentar levantar con las escasas fuerzas de los debilitados recursos que todavía quedan en pie en el país, aunque sean fuerzas tambaleantes, la vida de los españoles y conducirla de nuevo a algo parecido a lo que se vivió en tiempos de bonanza, o incluso en tiempos de escasez pero que comparados con lo que nos espera van a parecernos incluso próximos a la abundancia.

Y todo esto con una clase política que por diferentes razones que ya hemos examinado muchas veces en estas páginas y que es ocioso volver a enumerar aquí hoy, se demuestra incapaz de sumar sus fuerzas para procurar acompañar, todos a una, al resto de los españoles sobrecogidos por la tragedia que nos ha traído esta plaga que parecería una maldición bíblica si no fuera porque ya estamos metidos de lleno en la era de la ciencia, de la tecnología y, siempre, de la razón.

Y son estas categorías los únicos refugios que podrán concedernos en un futuro cuya proximidad o lejanía también desconocemos pero cuya llegada esperamos ansiosos y atemorizados, el alivio que traerá al mundo el descubrimiento de la piedra filosofal en forma de tratamiento farmacológico eficaz para contener la destrucción causada por el virus y la culminación de la batalla ganada, que sería el hallazgo de una vacuna como victoria definitiva ante la devastación.

Esa es la única esperanza que se mantiene en pie y que se mantendrá inevitablemente aunque la respuesta tarde en llegar. Porque sólo ella es la que nos salva de la desolación insuperable.