Hay un tic de Maradona que me entristece mucho: cuando siente que se le cae la vida se abraza a sí mismo. Cruza los brazos sobre el pecho y se agarra de los hombros. Uno podría pensar que entonces debería estar abrazándose siempre, como sometido por una camisa de fuerza biológica, pero no lo hace. Convive con su imagen débil y angustiosa, trata de proyectar control y autoconfianza sobre una realidad raquítica. Pero hay veces que se le escapa.

Los dos grandes momentos de su vida tras la retirada, el mejor y el peor, comparten ese gesto. Su cielo: el día de su partido homenaje en La Bombonera, cuando tomó el micrófono para verbalizar una redención pública: «Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha». Se estuvo abrazando medio minuto eterno. Y su infierno: el día que se humilló ante el mundo en 2018, en un Argentina-Nigeria en el que acabó inconsciente, abrazándose mientras celebraba un gol y a su alrededor le hacían fotos y vídeos, o le sujetaban para que no se cayese del palco.

Es probable que La Bombonera no vuelva a llenarse nunca. O que no vuelva a llenarse igual. Y que el único lugar en el que poder cantarle a Maradona sea la puerta de un hospital

Siempre hay alguien sujetando a Maradona en el alambre en el que vive. El último partido de Liga que Boca Juniors jugó con público en su estadio fue el 7 de marzo, para proclamarse campeón frente a Gimnasia y Esgrima de La Plata con el Diego en el banquillo visitante. La Bombonera siempre se llena, pero ese día se llenó antes para homenajear a su ídolo con un par de obsequios, la devoción de la hinchada y una vuelta de honor al templo.

Tardó casi nueve minutos en completarla. Y el último tramo lo tuvo que hacer agarrado del brazo de un guardaespaldas imponente, pelado, barbudo y rocoso, que le paseaba como un nieto lo haría con su abuelo por el patio de una residencia. Merece la pena ver el vídeo.

Mientras Maradona daba pasitos, la hinchada en toda su argentinidad cantaba todos los hits de tribuna de su época como futbolista. El realizador pasaba por los más viejos pero se centraba en los más jóvenes, los que no le vieron ni le cantaron, recién nacidos, adolescentes, para cerciorar que en estos tiempos de consumo superficial pervive el fútbol como lengua vehicular de la familia.

De todos los cánticos, Maradona sólo se animaba con uno. Sólo un estribillo le hacía soltarse del brazo del guardaespaldas, lanzar la mano al aire como un barra y abrazarse con la voz. Es un cántico que es triste, y en la boca del propio Diego más una súplica que una celebración:

Hay que alentarlo hasta la muerte,
porque yo al Diego lo quiero, porque yo soy un bostero y lo llevo en el corazón.
Y no me importa lo que digan esos putos periodistas, la puta que los parió.
Uo-uo, hay que alentar a Maradó,
Uo-uo, hay que alentar a Maradó.

Me gustó que fuera justo eso lo que cantaban los fanáticos que fueron a reunirse a las puertas de la Clínica donde le operaron el martes, de un coágulo en el cerebro, pocos días después de cumplir 60 años. Lo cantaban mientras aclamaban al médico que daba el parte, ante una nube de periodistas y de curiosos como de buitres.

La operación salió bien, pero Maradona ha quedado ingresado por complicaciones derivadas de «un proceso de abstinencia». Ha querido irse de la habitación, pero permanece allí a las bravas. «Creo que esta es la primera vez o una de las pocas veces que se le dice que no a Diego. Yo creo que necesita muchos cuidados, todos sabemos que Diego necesita muchos cuidados», dijo el médico.

Al hospital siguen yendo grupos a cantarle y a figurar ante las cámaras, siempre acusadoras. En los deportes de alguna cadena española se habló más tiempo de los «irresponsables» que del propio Maradona.

Yo me noto incapaz de culparles, como de culpar a quien se saltaba el confinamiento para ir a un velatorio. Es probable que La Bombonera no vuelva a llenarse nunca. O que no vuelva a llenarse igual. Y que el único lugar en el que poder cantarle a Maradona sea la puerta de un hospital, con él abrazándose otra vez, solo y cambiando la letra de La 12 por la original de Raffaela Carrá: en el amor, todo es empezar… Especialmente con el amor propio, y aunque sea a los 60.