Pasa gracias a Luka Modric y Toni Kroos que, de vez en cuando, el Real Madrid parece un programa de esos de Discovery Max: Así se hace. Con narración y estética monódica sería igual de sencillo explicar cómo se producen unos tornillos de rosca chapa, unos cestos de mimbre o el control sobre un partido. Reconforta ese Madrid industrial y tecnócrata que trata a los encuentros como una línea de producción sin sobresaltos. Que factura tornillos, cestos y fútbol para que después otros le den el uso que puedan. Qué necesaria la industria y qué lástima cuando se pierde. Pasaba el otro día por la antigua fábrica de Coca-Cola de Fuenlabrada, un día la más grande de Europa y ahora empezando a ser demolida, y se me venía a la cabeza Modric todavía sin renovar. Van a poner en su lugar un centro logístico, que sería como poner a Pogba o algo así.

Disculpe el lector que recurra a ese tópico futbolero de la «sala de máquinas», pero es que sirve para explicarlo. Toni Kroos sería en el Real Madrid un torno, que es una herramienta basada en hacer girar una pieza virgen a toda velocidad contra una cuchilla más o menos fija que la pule, la moldea y le da forma. Eso pasa actualmente en el lado izquierdo de los ataques, antaño hogar de la precisión de Marcelo, Isco o Cristiano Ronaldo. La ocupan ahora Mendy y Vinicius, que actúan como un acelerador de partículas convirtiendo a la pelota en una especie de Bosón de Higgs extraño e incomprensible, hasta que choca con el pie derecho y divulgador de Kroos, que nos la descifra.

Esa ciencia, ese proceso, se da generalmente en forma de cambio de juego que transporta la pelota hacia Lucas Vázquez como por una cinta del aeropuerto. Sucede en ese momento una maravilla audiovisual que le da un valor añadido a ver el fútbol por televisión.

Pasaba el otro día por la antigua fábrica de Coca-Cola de Fuenlabrada, un día la más grande de Europa y ahora empezando a ser demolida, y se me venía a la cabeza Modric todavía sin renovar

El espectador contempla a Lucas en apuros, él solo con la pelota en los pies, ante una muchedumbre de defensores que hacen impensable el regate e infructuosa la expectativa de un centro. En ese momento -chán chán-, el extremo/lateral de Curtis mira fuera de campo como los pioneros del cine en Asalto y robo de un tren (1903). Entonces, casi por la esquina inferior izquierda, pero no exactamente en la esquina inferior izquierda -como cuando el fondo de pantalla del DVD no rebotaba en perfecta diagonal-, aparece Luka Modric salvador y sereno para darle un nuevo sentido a todo.

Aparte del héroe, sería la otra máquina necesaria del proceso. A diferencia del torno, la fresadora actúa sobre una pieza estática y es ella la que, con su movimiento, le da la forma deseada. Modric suele actuar en esas situaciones de impás. Cuando los equipos basculan y la pelota se toma un respiro del viaje aéreo, ahí emerge un croata infatigable para moldear la cosa con una pared, un pase filtrado -más efectivos cuando son hacia afuera que hacia adentro-, un tuya-mía con posterior doblaje al lateral o un exterior rococó.

Lo que pase a partir de ahí es en realidad indiferente porque la fábrica ya ha culminado y entregado su producto, que en este caso es el control del juego y la hipnosis sobre el partido. El gol puede llegar como consecuencia directa de estos movimientos o como accidente de otros. Puede ser un cabezazo -suele ser un cabezazo-, un doble rebote en el palo y en la espalda de Oblak o cualquier otro lance tamizado por ese control de calidad llamado Karim Benzema, quien por cierto sigue sin pasársela a Vinicius si tiene cualquier otra opción.

Lo relevante es aburrir al contrario, como nos aburríamos los niños de excursión en las fábricas, hasta que olvide sus propios procesos y acabe retirando del campo a Joao Félix. Son ya mayoría las veces que Simeone ha ido a tomarle la lección a Zidane y ha terminado pidiéndole los apuntes.

Los del francés son brillantes pero discontinuos, hasta el punto de que lo sorprendente sería cualquier cosa distinta de un 0 de 6 contra el Athletic y el Eibar. Pero es inútil hacerse mala sangre con eso, tan hondamente arraigado en nuestra cultura que lo hizo tanguillo Lola Flores en 1942:

Son las cosas de la vida,
son las cosas del querer;
no tienen fin ni principio,
ni tien cómo ni porqué.