Mientras los políticos hacían pingaletas con la pala, como leñadores de musical, y soplaban en el micrófono una ventisca radiofónica, eran el Ejército y la Guardia Civil los que se enfrentaban a la nieve real como a un oso real. Hemos visto que Casado sólo dejó guarreadas las entradas que parecía despejar; y que Sánchez llegaba a la nieve como a un cóctel de embajada en Helsinki, cuando ya no nevaba; y que los de Podemos criticaban igual las palas de verdad y las palas de paripé, reclamando sindicatos, dietas y cursillos transversales para agarrar la pala o quizá para no agarrarla. Margarita Robles ha alabado a ese Ejército que trabaja a «pico y pala», pero esto no va de ser más o menos recio con las herramientas, como un trampero. Cuando tantos hablan de «lo público» refiriéndose más a «lo suyo» que a lo de todos, ese trabajar a «pico y pala» nos remite más que otra cosa a la vocación de servicio público. Esa vocación que tiene un soldado con pala mellada quizá más que un liberado con martillo estilizado en el pin.

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