Nada puede estar más lejos de la realidad de este 2021 que los antiguos viajes que, sin ningún problema, pagaban las discográficas a medios musicales con motivo de algún lanzamiento. Ni por lo evidente de las limitaciones a viajar, ni por la situación de las compañías «disqueras», como dicen en las Américas.

Hubo todo tipo de desplazamientos, y todos los que estábamos participando de alguna forma en el negocio de la venta de plásticos que contenían canciones (¡qué fuerte!) solíamos ausentarnos unos días con motivos más que sobrados para recorrer cientos o miles de kilómetros si era menester.

Ahora la palabra ‘dignidad’ parece ausente y abandonada. Qué bonito es traerla con la música de los Deacon Blue»

El más alucinante de todos los que el que escribe pudo vivir fue ver varias noches seguidas a Mecano triunfar en París en 1991. En la expedición española podíamos encontrar, junto a los directivos discográficos y radiofónicos más importantes, a la entonces soltera e infanta doña Cristina, entre muchos otros. Todos lloramos con las lentas de nuestros Ana, José y Nacho mientras la ciudad de la luz se rendía a sus pies. Tres noches seguidas llenando el Zénith de Paris fue un gran premio para los que llegaron a número uno allá con su versión en francés de Mujer contra mujer, nada más comenzar los 90.

Atrás queda Springsteen en Los Ángeles, entrevista incluida (cuya cinta por poco se pierde) y muchas otras peripecias más que darían para varios libros. Pues todo esto es para llevar al lector conmigo a uno de esos viajes que no fue para ver a ninguna megaestrella mundial. Al contrario. Fueron miles de kilómetros recorridos para acudir a uno de esos conciertos que uno no puede olvidar precisamente porque fue en un lugar pequeño y lleno de emoción. Una vieja iglesia escocesa en medio del típico nowhere de las campiñas británicas fue el escenario elegido por una de esas bandas que solamente escuchando sus canciones el común de los mortales reconoce.

Se hacen llamar Deacon Blue, y se trata de una pareja (y con cuatro hijos) compuesta por dos cantantes entonces jovencitos llamados Ricky Ross y Lorraine Mcintosh. La historia que contaron entonces habla de alguien que un buen día decide que hasta aquí, que ya no más.

Es un trabajador del ayuntamiento, han pasado veinte años…

…Él nunca lo dice, pero una vez me contó un secreto sobre el dinero que guardaba.

…Él va a comprar un barquito, y lo va a llamar ‘dignidad’.

Ahora esa palabra parece ausente y abandonada, como las salas de espera de aquellos aeropuertos en los que los del mundillo nos contábamos la última mientras preparábamos nuestras entrevistas. Qué bonito es traerla. Y así, con música. Dignidad.

Que no se nos olvide en nuestro día a día dársela a cualquiera, sea quien sea. Hasta a ese trabajador del ayuntamiento que nunca sabremos qué hará con el dinero que ahorró pacientemente durante décadas. Ojalá haya muchos que decidan comprar su libertad. Ojalá muchos puedan conseguir ser dignos acreedores de los sueños que se estrellaron contra el asfalto del duro trabajo diario, o incluso ya contra las enormes colas del hambre.