Me gusta pensar que han sido las FFP2 o los tapabocas quirúrgicos que justo hace un año desparecían de los armarios de los centros médicos los que nos las han quitado. Me refiero a nuestras sonrisas. No las veo.

No quiero pensar que el desánimo cunde. Me resisto a creer que algo tan inherente a la naturaleza humana como el sonreír tienda a ser un ejercicio poco común. No me gusta la idea de no ejercitar esos doce músculos que se necesitan para un acto tan bello y universal como la mueca que llamamos sonrisa. Pero no están las cosas animadas.

El ser humano se adapta a todo, es cierto, pero también se desgasta. Yo, que todas las mañanas me enfrento al micro en la radio con ilusión y ganas, escucho a los oyentes más tristones cuando participan. Redoblo entonces mi artillería de buen humor, aunque sé que un olor leve, casi imperceptible, se va apoderando del ambiente.

La última vez que lo atravesé, como si fuese niebla gris y espesa, fue tal día como ayer en 2004, caminando por la Gran Vía de Madrid a la salida de mi puesto en otro programa despertador. El silencio, los rostros casi ausentes, la languidez pálida del día después del drama, se dejaba notar. Lo sé, todos tenemos nuestro recuerdo de aquello. Aquel día las sonrisas se perdieron. Aunque las volvimos a buscar y las encontramos. ¿Dónde están ahora?

Tampoco me voy a creer que estos son los peores momentos que ha vivido la especie de la que somos ejemplares. Es muy posible que aquellos que vivieron en sus carnes los primeros años del siglo veinte nos puedan hablar del drama tremendo de escuchar bombas y soldados caer, y sus cicatrices del alma. Y casi no queda quien pueda contarnos aquella pandemia a la que llamaron gripe que tomó nombre patrio y asoló el mundo. Mi pobre abuelita, que nació rozando el 1900, me inculcó la higiene extrema que ahora nos piden, y que hasta ahora (toco madera) parece que me está salvando.

1936 no creo que encaje en la descripción de lo que conocemos por «un buen año». Pero por aquel entonces ya llevaba unas temporadas practicando el sanísimo ejercicio de hacer reír a todos un ser excepcional, y de una enorme humanidad indiscutible, llamado Charles Chaplin.

Charlot estaba fascinado con Puccini y sobre todo con su ópera Tosca. En aquella época no era fácil poner un disco de pizarra con tu pieza favorita. Así que nuestro icono cultural del siglo recreó su recuerdo con algunas notas para una de sus grandes películas: Tiempos Modernos. Decidió llamar a esa fantástica melodía Smile. Sencillamente, sonríe.

No tengo mejor canción para estos tiempos que nos han tocado. «Te darás cuenta de que la vida vale la pena si sonríes«. Con esta frase acaba esta preciosa canción que casi todos conocemos. Ha tenido cientos de grandes versiones, pero creo que nada como la primera que fue publicada, con la eterna voz única de Nat King Cole en 1954. Con ella pretendo buscar en el rostro de quien está leyendo ese bonito ejercicio muscular que entre todos podemos hacer que, detrás de la mascarilla, no se borre jamás.