Escribo estas líneas a petición de una compañera periodista que me preguntaba por la Siria antes del 2011 como parte de la cobertura por el aniversario de la revolución. Pido a los lectores que, por un momento, abandonen toda imagen mental que tengan de esa Siria terrible que durante estos días ocupará titulares y telediarios y se adentren conmigo en la Siria que yo conocí.

Siria era en 2010 un destino turístico barato y muy solicitado por los extranjeros. Todos querían pasear por el zoco Al Hamidiyah o la Mezquita de los Omeyas en Damasco, visitar las ruinas de Palmira, la Ciudadela de Alepo o el Crack de los Caballeros en Homs. La riqueza cultural y patrimonial del país desempolvaba para ellos los anales de la Historia, dejando al margen cualquier mínimo interés hacia la población local que vivía un asfixiante presente.

Mi familia, a la que solía visitar los veranos hasta el 2011, pertenecía a la clase trabajadora asentada en diversos barrios de la ciudad de Homs (algunos en la periferia, otros cerca del casco antiguo). Mis tíos cuidaban de que sus hijos no se metieran en problemas y mis primos/as se repartían entre el colegio, la universidad y sus precarios negocios, siempre sorteando impuestos. Los varones que no podían pagar para evitarlo pasaban varios años de su juventud en el servicio militar.

Ninguno de mis primos tenía grandes expectativas sobre el futuro porque sabían, desde pequeños, que sobrevivir era lo único a lo que podían aspirar

Ninguno tenía grandes expectativas sobre el futuro porque sabían, desde muy pequeños, que sobrevivir era a lo único a lo que podían aspirar. Para evitarlo, varios se marcharon a trabajar a los países del Golfo antes del 2011, lo que les permitió prosperar y tener familias. 

A los que se quedaron no les faltaba de nada, pero no se podían permitir viajes al extranjero. Y de permitírselo, ya por entonces nuestras fronteras se lo ponían difícil. Aún recuerdo con pesar la profunda desilusión que se llevó mi prima más querida, esa con la que compartía confidencias, cuando las autoridades españolas le denegaron el visado para visitarme.  

Aún veo a mis seres queridos reuniéndose todos los viernes en torno a un maqluba (algo así como nuestra paella) o un café para chismorrear sobre las vidas ajenas. Muy tarde aprendí, gracias al escritor Rafik Schami, que hablar de banalidades era el recurso más socorrido para llenar el silencio del miedo y la autocensura.

Incluso aquellos que habían sufrido años de cautiverio durante los años 80, que me invitaban a sus casas a compartir sus mesas con sus hijas y amistades, jamás mencionaban un pasado que solo deseaban dejar atrás. Nadie se fiaba de nadie. Ni dentro ni fuera de casa. Pero ese silencio estaba viciado y tenía aristas visibles: el rostro de Bashar colgado en todas partes, servicios de inteligencia en cada esquina o maltrato físico y verbal en las comisarías de policía eran algunos recordatorios de que mantenerse callado te mantenía a salvo.

Los sirios nunca han tenido la oportunidad de decidir cómo querían vivir. Cuando se han atrevido a cuestionar el statu quo, han sido aplastados por la misma maquinaria que los mantenía aislados

Por eso, preguntarle a un sirio si prefiere su país de antes o de después del 2011 es una trampa. Cualquiera prefiere un país sin hambre, sin miles de muertos, heridos, desaparecidos, bombardeos y refugiados. La realidad es que los sirios nunca han tenido la oportunidad de decidir cómo querían vivir. Cuando se han atrevido a cuestionar el statu quo, han sido aplastados por la misma maquinaria que los mantenía aislados y en silencio antes del 2011, pero de forma más terrorífica y devastadora; quedando demostrado que el miedo estaba justificado. 

La Siria de 2011

Ahora lo creemos saber todo de las consecuencias de un conflicto que se ha llevado incontables vidas y ha arruinado el futuro de una generación de niños y familias que viven desarraigados en el exilio. Pero poco se sabe de cómo los sirios vencieron el miedo.

Los turistas seguían visitando las ruinas históricas en 2011 ajenos a la historia que estaban escribiendo los jóvenes sirios y sirias que se preguntaron si, como los tunecinos o los egipcios, ellos también tenían derecho al cambio.

Uno de esos jóvenes era mi primo segundo Adnan. Aquel año tuve que hablar de su asesinato firmando con seudónimo porque hablar en los medios españoles era temerario para los seres queridos que dejaba en Homs. Aún lo sigue siendo. No es una precaución exagerada.

Tal y como publicó el periodista Antonio Rubio, el representante de los servicios secretos sirios, el coronel Manah Dora, se dedicaba en 2012 a grabar y captar imágenes de aquellos que se atrevieron a manifestarse los domingos contra esa embajada situada en el Paseo del Prado, y después las enviaba a Damasco para que allí la policía actuara contra sus familiares, que eran detenidos y torturados. 

Las grabaciones de Adnan

El delito de mi primo Adnan fue grabar con su móvil las manifestaciones que se celebraban los viernes en Homs. Especialmente devastadoras eran las imágenes de la masacre del 18 de abril de 2011 que Adnan grabó en una de las principales plazas de la ciudad, que aún conservo.

En el audio, gritos de «¡Pacífico, pacífico! ¡El pueblo quiere la caída del régimen» (en árabe). Es el clamor que rompió el silencio en Homs, en 2011. Era la primera vez que se escuchaba algo así en Siria.

Cientos de hombres y mujeres congregados pidiendo de forma pacífica el fin de la dictadura. Al anochecer ensordecedores disparos, jóvenes corriendo por sus vidas y cuerpos ensangrentados que eran trasladados a hospitales clandestinos. 

Durante estos 10 años hemos sido testigos del pasaje de los horrores al más alto nivel de crueldad e impunidad

Un francotirador acabó con la vida de Adnan la primera noche del mes de ramadán de 2011. Meses antes me había cedido sus preciadas imágenes en un USB que conseguí esconder para pasar los controles del aeropuerto cuando volví a Madrid.

Desde ese momento la violencia no ha cesado y durante estos 10 años hemos sido testigos del pasaje de los horrores al más alto nivel de crueldad e impunidad, quedando tan traumatizados que la «normalidad» ha dejado de ser normal en absoluto. Parte de mi familia ha resistido en Siria. La otra parte está desperdigada entre países del Golfo y de Europa.

La narrativa sobre Siria

Siria merece ser escuchada más allá de los datos, de los organismos internacionales y de los intereses geoestratégicos. Hay que escuchar a Siria a través de los sirios porque es exactamente por ese motivo por el que se rebelaron. Me resisto a sepultar su memoria como si nada hubiera sucedido y como si las víctimas no merecieran rendición de cuentas. 

Por primera vez este año, víctimas en el exilio de todos los frentes de las violaciones de los derechos humanos en el país se han unido en la Carta por la verdad y la justicia, una iniciativa que recoge las demandas de cinco asociaciones entre supervivientes de las cárceles de Siria, familias del Informe César, familias por la Libertad, familias de desaparecidos por ISIS y detenidos y desaparecidos de la Cárcel de Sednaya.

Han establecido una visión y un marco común sobre la cuestión de la desaparición forzosa y la detención arbitraria para que la rendición de cuentas forme parte esencial de cualquier iniciativa para el futuro de Siria. 

Parece que el silencio en torno a Siria ha vuelto, solo roto en contadas ocasiones por los medios de comunicación como en este décimo aniversario. Pero es nuestra responsabilidad denunciar la barbarie que sigue y profundizar/proteger el legado del 2011. Para conocer otro tipo de narrativas en torno a Siria, recomiendo visitar esta, esta y esta páginas web.

El silencio en Siria también ha regresado, pero no es el de antes. ¿Cómo podía serlo si lo han perdido todo? Ese silencio es ahora el del duelo y el trauma. Un silencio que aún durará mucho tiempo pero que, sabemos, no puede durar para siempre.


Laila M. Rey es periodista hispanosiria. Durante los últimos años ha trabajado en Jordania donde ha cubierto la crisis de los refugiados. Ahora reside en Madrid.