Han sido impresionantes las imágenes de esas 200.000 toneladas atravesadas en pleno canal de Suez. No por lo aparatoso del artefacto y lo extrañamente previsible de la incidencia, sino porque dejan clara una enorme fragilidad global que ya lleva año y medio evidenciándose con el virus.

Fragilidad y un barco. Me resuena. Viajemos a principios de los 80, en un instituto cualquiera de Barcelona ciudad. Un compañero de clase, heavy y melenudo para más datos, trae un curioso disco que no es precisamente de rock. Un curioso flamenco (el animal) en la portada. Mi sorpresa llega en la misma medida de la ola marina con la que comienza la canción que hoy preside esta columna, y se añade a nuestra lista.

‘Sailing’ es un pedazo de canción. Sus acordes mágicos de una sección de cuerda desembocan al empezar en una orilla producida con gusto exquisito de apenas unos pocos instrumentos, en una calma inesperada e inspiradora que hace grande cualquier nota musical. La conexión con el rock duro es curiosa: mi amigo el heavy no sabía que Christopher Geppert, más conocido como ‘Christopher Cross’, había creado un grupo de ese estilo antes de este dulcísimo disco de debut.

‘Sailing’ es de obligada reproducción por sus instrumentos y la peculiarísima voz de Cross en una inmejorable armonía

Más allá de lo romanticones que éramos los adolescentes de aquel 1980 enviándonos postales con puestas de sol y perfumando las cartas (nota autobiográfica) el disco también recibió el beneplácito de la industria: cinco millones de discos no podían equivocarse. Los Grammy certificaron que estábamos ante el mejor disco, la mejor canción (esta), el mejor álbum y el mejor nuevo artista del año.

Espera, que me dejo el Oscar por ser el creador, junto a genios como Burt Bacharach, de la banda sonora de ‘Arthur, el soltero de oro’. Sí, él canta también esa hermosa canción sobre la luna y Nueva York que cierta cervecera usó para hablar de cinco estrellas en su momento.

Ahí quedó mi copia del vinilo, durante años. En esa zona de la colección de discos reservada para momentos de disfrute en los que realmente gozar con la música. No cuando la consumes para conseguir un determinado estado de ánimo, o atmósfera concreta. Es de obligada reproducción cuando se trata de escuchar de verdad cómo aparecen los instrumentos y la voz peculiarísima de Cross en una inmejorable armonía. Un referente, vamos.

Entrevistarle despertándole de una siesta en un hotel de Madrid fue complicado. Sobre todo porque el jet lag no le dejaba espacio para el descanso en el complicado plan de promoción que la discográfica se empeñó en calzarle. El tejano (de San Antonio) fue educado y respetuoso, como se espera de un artista de esta índole. Reconocerle fue fácil porque superó en sus muchas apariciones la incógnita de su aspecto. La costumbre de no sacarle en las portadas, fruto del veredicto de ‘poco fotogénico’ de algún genio del mercadeo de la época, colocó en su lugar en sus dos primeros discos a flamencos rosas, mal llamados pelícanos por más de uno.

Mientras la policía revienta fiestas en Madrid y los datos no ayudan para nada a ver el final de la pandemia, este pacífico cantante capaz de baladas como esta, aboga por el uso de mascarillas y trata de concienciar al mundo de la importancia de tomarse en serio las medidas de seguridad. Sobre todo porque cuando contrajo coronavirus perdió incluso el control de sus piernas.

No sé, creo que es un buen momento para poner los focos en esta hermosa canción que quizá nos ayude a navegar, y por lo tanto, mantenernos a flote.