Es todavía de madrugada, y no he terminado de acostumbrarme a ser normal. Ese famoso «reloj biológico» del que muchos hablan no parece haberse dado cuenta de que ya no se requiere de mi presencia cuando todavía es de noche en la radio. A eso de las cinco de la mañana me encuentro frente al ordenador y bajo una lámpara LED de bajo consumo, claro. ¿Es horario reducido? Esto es un «sinvivir». Nos encontramos con la energía más cara que nunca mientras recibimos entre diez y doce llamadas diarias de personas bienintencionadas de diferentes nacionalidades que nos venden la energía más económica, por el bien de nuestros bolsillos, claro. Ayer leía en primera de este mismo medio este titular:

La CNMC multa a Iberdrola con 1,35 millones por falta de transparencia en su factura de la luz

Mira que es contradictorio hablar de falta de «transparencia» en un recibo de «luz».

Además de injusto, supongo. Todo el mundo sabe que ha de alquilar los equipos, la diferencia entre potencia contratada y consumida y hasta el origen de los impuestos. Siempre se ha sabido que la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte, Groucho dixit.

Atrás queda el sueño de Tesla de energía ilimitada y gratuita para todos. Bueno, si siguiera vivo y hubiera dado con la clave, seguramente estaría de incógnito viviendo en algún paraíso comprado con su silencio. Y me río con el meme de la necesidad de incluir un guión en las cartas que recibimos de nuestra compañía energética: «Es-timado cliente…». Muy divertido.

Lo cierto es que nuestro salto evolutivo de los últimos siglos va íntimamente relacionado con la posibilidad de tener algo llamado energía eléctrica. Y lo saben. Después de la rueda y la escritura, pocas cosas hay tan importantes y necesarias para el progreso como lo que surge mágicamente de pequeñas cajas en nuestras paredes. Nuestros móviles se cargan mientras las ciudades brillan y yo sigo aquí, redactando esto con un consumo de apenas 30 vatios.

Recuerdo de pequeño vivir la primera crisis energética por el precio del petróleo. Pues nada más comenzar aquella década, alguien llamado Roy Wood tuvo la idea de introducir elementos clásicos como las cuerdas del violonchelo o instrumentos de viento de siglos anteriores en la música pop, para dar contraste y creatividad al invento. ¡Ay, benditos y creativos, aunque no siempre acertados, locos años 70! A Roy le faltaba una mano derecha magistral, genial, que llenase de contenido esa idea fantástica pero vacía. Y apareció el verdadero genio, llamado Jeff Lynne. Para muchos digno sucesor de la obra de Beatles, este músico que tuvo la suerte de que su padre se gastara dos libras esterlinas en la guitarra que todavía toca en casa, dio sentido a la invención. La historia de Lynne es la de un fan de los de Liverpool que acabó siendo respetado por ellos hasta el punto de producirles discos, ya muerto Lennon.

De toda la enorme discografía de la única orquesta reconocida como la oficial de la luz eléctrica he elegido uno de sus temas más característicos, huyendo de su éxito más evidente llamado Last Train To London, que todos conocen.

Esa sensación in extremis de un tren que está a punto de partir, de un momento justo a las 9:29 de la noche en el que todo se decide, y tú te quedas o te vas, está perfectamente pintado con notas sintéticas y acústicas en una de las mejores combinaciones armónicas del pop de los años 70. Bravo. Muchos como yo nos gastamos las 125 pesetas que costaba aquel single en unos conocidos grandes almacenes.

Pero mejor vamos a introducir algo un poco más ambicioso. Comienza nuestra canción con instrumentos que, precisamente, no requieren de ninguna electricidad para funcionar: unos preciosos acordes de cuerda que culminan en trompetas que suenan gracias al aliento humano. Deliberadamente creada para darte una intro con la que recordar que estos chicos quieren dar la nota, la introducción es absolutamente clásica. Se hacen llamar «la orquesta de la luz eléctrica» y usan instrumentos de cuando no existía salvo en las tormentas. Bingo.

Segundo 18. Aquí ya contrastamos con todo el equipo moderno. Porque por algo este tema le canta a la propia vida, así:

Navegando en la cresta de una ola, es como magia

Sailin’ away on the crest of a wave, it’s like magic

Oh, rodando y montando y resbalando y resbalando, es mágico

Oh, rollin’ and ridin’ and slippin’ and slidin’, it’s magic

No deja de parecerme casi tan divertido como los memes contra las eléctricas que la revista Q en Reino Unido haya puesto a esta canción en el número uno de la lista de temas «menos guays pero más maravillosos» de la Historia.

Y es que a veces lo mejor es dejar de gastar luz, recurrir a lo natural y dejarse llevar por frases sencillas que te invitan a vivir. Como hacían en los tiempos en los que no había que preocuparse por el recibo de la luz, o ni siquiera entender por qué nos cobran tanto.

Con permiso, apago y me vuelvo a la cama. Será lo más Eco(nómico).