Sánchez nos pide “magnanimidad”, virtud más de reyes con orbe bizantino que del españolito estupefacto y castigado, mientras los indepes ya tienen preparada otra hoja de ruta. Esta vez el plan no es enfrentarse al Estado luxándose dedos ni subiéndose a los coches de la Guardia Civil como a un toro mecánico, sino que el propio Estado los vaya legitimando, o sea lo que está haciendo Sánchez. Lo más destacado de esta nueva hoja de ruta, intervenida en la operación Volhov, que tiene nombre de asalto al Nido del Águila, es que Sánchez forma parte del propio plan, que el plan cuenta con Sánchez y con su magnanimidad como se cuenta con un rey de espadas en la partida. Hasta ahora contábamos con los indepes de cóctel molotov o de tacataca pasivo agresivo, pero lo que es inaudito es que el presidente del Gobierno sea la principal baza del plan secesionista, mientras él se presenta con su magnanimidad como con una bata de cola, que lo mismo se va a ver a Biden con ella.

El independentismo no se ha rendido, menos todavía Junqueras, que vive para eso como un poeta de égloga vive para su pastorcilla. Sólo se han dado cuenta de que España no estaba hecha de flojos majos de barbería, naipe y porrón, sino que el Estado funciona, sus leyes funcionan y sus tribunales funcionan, no son un decorado de tablao ni un cuadro de Solana. La única solución, pues, es que el Estado trabaje para ellos, y es aquí donde entra en su plan Sánchez, el Sánchez antes muerto que sencillo, con su magnanimidad como peineta. Es gracias a Sánchez que hay otra oportunidad para la independencia, es Sánchez el que les ha dado esa mesa de negociación de la que planean hacer no un espacio de distensión, reconciliación y brindis con tuna, sino un instrumento para “debilitar al Estado”, según recoge el documento. Sin Sánchez no tendrían nada, sólo una colección de aljofifas carcelarias como de tristes amores carcelarios.

Contábamos con los indepes de cóctel molotov o de tacataca pasivo agresivo, pero lo que es inaudito es que el presidente del Gobierno sea la principal baza del plan secesionista»

El nuevo plan necesita a Sánchez y está hecho pensando en Sánchez, en su necesidad disfrazada de magnanimidad muy señoreada. Ni siquiera hace falta que Sánchez pacte algún tipo de consulta. Con los indultos, con la bilateralidad, con la interlocución, con las enmiendas a los tribunales y con ministros argumentando que Junqueras es como Mandela y poniéndole collar hawaiano, los indepes conseguirían una legitimidad (o al menos dudas sobre la legitimidad del Estado) que haría que otra ruptura unilateral pareciera sólo intransigencia de España. La legitimidad regalada por Sánchez se sumaría luego a la que buscarían fuera, donde se siguen moviendo amigos, convencidos, lobbies que ya están minando el Consejo de Europa, que ya se mueven como una pequeña ONU intrigante, oscura, como hecha de jurados de Eurovisión.

En el nuevo plan indepe no queda sitio para la reconciliación ni para la concordia, todo termina en la independencia, por las buenas o por las malas, con Sánchez allí todavía repartiendo magnanimidad como mecheros de propaganda. “Debilitar al Estado”, “acosar al Estado”, así se expresan en el documento las ganas de reencuentro y paz que tiene el independentismo. Ni siquiera podremos presentar ante Europa, cuando vuelva a surgir el conflicto, la unidad de los partidos en la defensa del Estado de Derecho. Más bien recordarán que desde el mismo Gobierno se habló de presos políticos y autodeterminación, que se pidió la vuelta de Puigdemont como la de la Pasionaria, y que se comparó España con la Sudáfrica del Apartheid.

Es gracias a Sánchez que hay otra oportunidad para la independencia, es Sánchez el que les ha dado esa mesa de negociación»

Sánchez nos pide magnanimidad mientras los indepes cuentan con que el Estado se dirija dócilmente al suicidio. Han planeado una trampa que de momento sólo está en papel, pero que está diseñada para que no haya escapatoria. O hay consulta pactada o, para entonces, esa labor de debilitamiento del Estado y de la legitimidad de sus instituciones, apoyada por la magnanimidad de dama de sombrillita de Sánchez, habrá calado en Europa lo suficiente para internacionalizar el conflicto. O en eso confían. Hasta han previsto que les ayude la probable reacción antieuropea de la derecha (ellos señalarán siempre a la ultraderecha, como si Puigdemont no lo fuera), apenas allí les den la razón en algo y aquí se recuerde ese espíritu de conmiseración y vigilancia que conserva la Europa calvinista y del norte sobre la díscola y caótica Europa del sur.

Todo está medido, todo está considerado, menos que esto termine en reconciliación y en abrazos en círculo, entre el rugby y una fiestuqui con Iceta. De momento la trampa sólo es un papel o una fantasía. Creo que los indepes confían demasiado en una Europa que creen folclórica y prejuiciosa, que también se autodestruiría dándoles la razón. Y subestiman al Estado, que es más que Sánchez hundido bajo sus lunares y volantes, haciendo como la lechuga de Jesulín. También subestiman el poder de la pedagogía democrática y de la sociedad defendiéndola. Sí, sólo es un plan y los planes no suelen salir tal cual. Claro que lo más preocupante no es que los indepes vayan siguiendo su plan, sino lo bien que va encajando Sánchez en él. Quizá también han subestimado lo magnánimo que puede llegar a ser el presidente y lo larga que puede llevar la bata de cola.