La música transmite emociones, llena estadios y es capaz de transformar la forma de pensar de generaciones enteras. Y, sin embargo, me decía hace poco una marca para las que realizo contenidos de audio online que no quería meterse demasiado en la música porque era muy crítico acertar con el estilo. Y tuve que darles toda la razón. Nos hemos vuelto muy estrictos en nuestros gustos.

Diría que es nostalgia de un tiempo en el que todo parecía como más ordenado, pero echando la vista atrás me sigue pareciendo imposible que durante tres meses, y a veces los mismos tres meses durante varios años, la inmensa mayoría de los españolitos nos pusiéramos de acuerdo en algo.

Ha llegado el verano 2021 hace apenas unas horas y ya hay algunos tiburones acechando para devorar las sobras de lo que fue aquel fenómeno cultural llamado “la canción del verano”, Leticia Sabater incluida. Nada que ver con lo que era serlo. ¿Qué ha cambiado?

Me trae recuerdos de calor infantil, y por lo tanto, incomprendido, la letra que le decía a una tal María Isabel (ojo al nombre) que cogiera su sombrero y se lo pusiera, que iba a ir a la playa y ahí calentaba el sol. Tan profunda como la que hablaba de un presunto rayo de nuestro astro Rey que impactaba en el corazón del cantante, entre muchas otras.

El parisino Georgie Dann fue siempre el mejor especialista en este “subgénero” musical, diseñando cuidadosamente los ritmos, las letras y hasta las puestas en escena para conseguir que todo fuera pegadizo. Y lo conseguía.

‘Despacito’ se publicó en enero, sonó durante el verano porque fue el éxito de aquel año y de los siguientes

Casos de estudio han sido muchos, pero yo no caería en la tentación de decir que Despacito fue la canción del verano de 2017. Se publicó en enero, sonó durante el verano porque fue el éxito de aquel año y de los siguientes. Fue mucho más allá y por encima de lo que a muchos nos gustaría, hasta el punto de que (si se me permite la pequeña indiscreción profesional) ha vuelto a dar buenas puntuaciones en los estudios de mercado que constantemente hacen las cadenas de radio a nivel nacional para realizar la programación. Lo siento para quien no le guste.

Las discográficas tenían claro que había dos momentos en el año para vender lo que no se vendía normalmente: verano y navidades. Y en el caso del estío las direcciones de márketing hacían lanzamientos rítmicos y pegadizos ya en mayo o junio, que en ocasiones incluían recopilatorios como el Ibiza mix, el Caribe del año o el Disco Estrella.

El título más que honorífico de ser La canción del verano garantizaba ventas de plásticos sonoros y galas pagadas por los ayuntamientos, apariciones en televisión, y por supuesto, poster gigante a todo color en El Gran Musical o en la Super Pop. Y que no había mucho desacuerdo, oye. Estábamos aborregados. Sin acritud. Sencillamente seguíamos a la manada.

Atrás quedó aquella pregunta de “¿te gusta la música?” para dar paso a otras del tipo “¿te gusta el house belga?”

Llegaron las tecnologías que nos dejaron elegir y al principio no sabíamos muy bien qué hacer con eso salvo buscar a nuestro artista favorito y dejar de comprar plásticos con sonido impreso. Poco a poco los nativos digitales empujaron y empezaron a diversificarse los estilos. Atrás quedó aquella pregunta de “¿te gusta la música?” para dar paso a otras del tipo “¿te gusta el house belga?” Nos hemos vuelto exquisitos. Por eso, la labor de programador musical de una cadena de radio es tan difícil y requiere de cientos de horas de investigación carísima a cargo de empresas que a su vez dedican sus recursos a obtener cierta información sobre los gustos de algo imposible de conocer a lo que llamamos “la gente”.

Todavía existía como institución “el disco del verano” en aquel mes de mayo de 1989 en el que nos reuníamos los que pintábamos algo en las decisiones de la industria musical cada martes por la mañana. Se decidía la programación de la radio de los influencers de entonces: Los 40. Ahí, a mano alzada, se votaba de cero a tres cuánto creíamos que un tema podría ser un éxito o no. Olé el research, pero aplaudo todavía el esfuerzo logístico de traer físicamente desde diferentes puntos de España, en rotación, a los delegados de la marca en diferentes puntos de nuestra geografía. La idea era obtener el mayor número de sensibilidades diferentes por una muestra mayor de opiniones. Así, los Djs más conocidos de cada zona aportaban su opinión en base a las conversaciones de calle que presuntamente tenían con sus convecinos. Algunas de esas conversaciones tenían lugar con los responsables de promoción de las discográficas, claro. Para qué negarlo.

En medio de ese contexto, que uso para poner en situación la escena, Polygram nos pidió que en la siguiente reunión, en la que presentarían algo novedoso e impactante, tuviéramos listo un vídeo VHS y una televisión. Y así se hizo. Llegado el momento, en vez de poner el disco en el reproductor correspondiente, el jefe le dio al play del armatoste.

Original, como mínimo, lo que sucedió a continuación. Exclusivamente para ese momento, los integrantes de un curioso grupo de nombre The Refrescos habían realizado un vídeo a todo color en el que nos pedían de forma original y única que les votásemos como “disco rojo”, la cumbre de la rotación radioformulera: una vez cada dos horas y media. Para ello nos lo sugerían dándonos pistas sobre diferentes artículos de ese color, zapatos incluidos. La sorpresa de los allí reunidos se transformó fácilmente en entusiasmo cuando al cabo de unos cuantos compases de la canción se nos hacía referencia directa de lo que luego sería para muchos la última de las canciones del verano oficiales.

Podéis tener la tele y Los 40 Principales…

… pero al llegar agosto vaya, vaya, aquí no hay playa.

En la letra, puesta en escena y humor en general se trasluce claramente el humor vigués de un tipo por el que siento debilidad, y a quien aprecio sobre todo por lo humano: Bernardez. Jamás vi persona más positiva y vital en el negocio de la música. Sus “idas de olla” sobre el escenario eran colosales. Acabó siendo incluso compañero de quien escribe entre los primeros “videojockeys” de Los 40 de Canal Plus. Y que si no es por la pandemia, el verano pasado se hubiera hecho sus buenas galas al ritmo de ese ska popero que habla de alcaldes y presidentes de la comunidad de Madrid que ya no están, pero siguen siendo parte de la letra.

Ese genial contraste entre lo grandilocuente y las cosas más sencillas de la vida, que ya reflejaba Cervantes, y que me perdonen los puristas por la comparación, también se halla en quien te dice que muy bien lo de ganar la liga o la copa, o tener teatros y museos, pero al final en Madrid no hay playa.

Otra cosa es que la calidad media fuera claramente insuficiente. Ya la Historia se encargó de hacer selección natural

Y es que venirse a la capital era casi obligatorio para todo aquel que tuviera inquietudes artísticas serias. En los 80 era encontrarte a todo el mundo haciendo algo: un corto, un disco, una exposición. Otra cosa es que la calidad media fuera claramente insuficiente. Ya la Historia se encargó de hacer selección natural, pero la efervescencia de la época ha quedado para siempre en la huella colectiva de una generación que se atrevía a hacer cosas diferentes sin miedo a los haters o sin tener que basarse en estrictos estudios de mercado.

Hagamos, pues, sitio en nuestra lista para un tema que aunque para algunos musicólogos carezca del calado necesario para una buena selección, a muchos nos sigue pareciendo una obra que cultiva uno de los aspectos más olvidados de la música: su enorme poder para movilizar enviando un mensaje. En este caso, hacer que nos demos cuenta de que, al final, todo se reduce a lo más básico. Este verano, por ejemplo, poder ir a la playa. Y sin mascarilla. Todo un avance. Anhelar la normalidad ya no es cosa de seres grises amantes de la rutina. Quién nos lo iba a decir.