Eva no sabe lo que significa carpe diem pero es una placentera de manual. Disfruta el momento antes, durante y después. Su cuenta atrás más esperada ha llegado a su fin. Está ya en su paraíso: un pueblo del norte de España donde pasa unos días con su mejor amiga, su tía del alma, María Antonia, una mujer que, como Eva, afronta cada día como un regalo. Ha sido misionera y sigue teniendo una misión: la entrega sin esperar nada a cambio.  

Los días previos a la marcha Eva está especialmente inquieta, pero feliz. A todo el mundo cuenta su planazo estival: cocinar sus platos favoritos, nadar en el mar, saborear un helado en una terraza, pasear y reír, reír y reír. En esas jornadas si a Eva le mencionas las palabras «Madrid”, «vuelta» o «taller», te mira como si quisieras asaltar su paraíso. Pero no, su ilusión puede con cualquier agorero. 

Tiene la capacidad de hacer que tomes conciencia de tu propia suerte y de que olvides esas pequeñas miserias que oscurecen la existencia cuando dejas que se hagan grandes

Estuve con Eva poco antes de su salida hacia el norte. Ya tenía la maleta preparada. Recitaba de memoria todo lo que había encajado en su equipaje: desde el champú al bañador. Cualquiera a su lado se transforma. Tiene la capacidad de hacer que tomes conciencia de tu propia suerte y de que olvides esas pequeñas miserias que oscurecen la existencia cuando dejas que se hagan grandes. Es pura ilusión. 

Esa mirada de entusiasmo contagioso es la mirada de Carlos, miope con una gran visión. Sabe lo que importa y lo que no. Cuida su red de afectos con mimo. Siempre pregunta cómo estás y cómo están los tuyos. Nunca se olvida de un nombre. Si alguien está de paso por tu vida es mejor que no se lo presentes. Para Carlos los afectos son lo más preciado y siempre permanecen. 

Carlos está ahora en una playa de la Costa Brava. También ha terminado su cuenta atrás. Ha pasado un año duro en el que no entendía nada de lo que pasaba. Como nos ha pasado a muchos. A Carlos le encanta nadar. Es su forma de volar por la vida, vuelo lento, elegante y raso, a dos pasos del suelo y del alocado ritmo que llevamos la mayoría. En la vida sigue esa misma senda. Va lento pero siempre firme. 

Con sus sobrinos, Carlos se siente un patriarca. A medida que van creciendo se van dando cuenta de que es diferente. Y le quieren así. Un día Zoe le preguntó extrañada a su madre por qué “todos los ‘tíos-Carlos’” aparecían juntos en una foto. Era un calendario de la fundación Gil Gayarre, a la que Carlos está vinculado desde que era un crío. 

Si hay un lugar donde quiero ir este verano transpandémico, es al país donde habitan las ‘tías Eva’ y los ‘tíos Carlos’. Ese lugar donde eres capaz de disfrutar cada minuto como si fuera el único de tu vida. Es un espacio donde te quieren y quieres. Donde todo fluye. Como cuando estás en el agua haciendo el muerto, más vivo que nunca. 

A veces la vida te da un empujón para que reacciones. Entras en ‘shock’ y entonces ves la luz, y dejas de otear el final del túnel

Nos pasamos la vida contando qué nos queda por delante pero sin ser conscientes de los placeres cotidianos. A veces la vida te da un empujón para que reacciones. Entras en shock y entonces ves luz, y dejas de otear el final del túnel. Es cuando te das cuenta de que lo que importa es la vida, lo que te ofrece, no lo que te quita, no lo que te queda por delante. ¿Quién sabe qué sucederá cada día desde que nos despertamos?

Esta pandemia nos ha dado una sacudida y este verano sin mascarilla es un buen momento para ese carpe diem del que son maestros Carlos y Eva. De ellos aprendo. Son mis influencer

*Eva y Carlos son mi familia. Tienen un cromosoma de más. A veces pienso que ese cromosoma les permite sobrevolar la mezquindad y solo fijarse en lo que suma. Son placenteros, como dice mi sobrina Ana. Es una especie humana que sabe exprimir lo que le ha dado la vida sin aferrarse a lo que no le ha dado.