Les confieso que tengo la afición de coleccionar atardeceres. Durante años el ocaso siempre coincidió con las horas previas al cierre de la edición del periódico y me perdí un buen puñado de ellos. Tal vez por esa extensa lista de incomparecencias aprecio la puesta de sol como una ceremonia gozosa, zurcida al recuerdo sensorial de los mejores veranos. “Perder el tiempo está bien, pero conviene elegir los motivos. No es lo mismo un ataque de cólera que un cielo desteñido en rojo, deshilvanado en matices, con la complicidad de alguna nube lejana”, escribió Luis García Montero en una oda a ese sur donde “la sensualidad y la belleza requieren su tiempo”.

Extraviarse en un atardecer resulta a menudo la mejor terapia. En ciertas ocasiones, ni siquiera es sinónimo de soledad sino que adopta el carácter de una ceremonia colectiva, multitudinaria. Como la colmena de peregrinos que cada tarde asciende al monte Licabeto para abrazar los primeros compases de la noche, cuando las luces estallan al fondo, sobre los muros de la Acrópolis. Entonces Atenas y la cuenca del Ática emergen como un espectáculo para el que decenas de espectadores, móviles en ristre, han esperado pacientes, con la misma estoica diligencia con la que se guarda turno o se pide la vez. Antes de que una pandemia aplazara “sine die” las aglomeraciones, los atardeceres encaramados en la cima del “monte de los lobos” eran un deber ateniense que bien valía la subida a pie o en funicular por el barrio de Kolonaki.

Existen atardeceres que redimen a quienes participan de ellos y ciudades que a diario, al caer la noche, se someten a una suerte de callada expiación. Cuando el sol transpone el horizonte, se curan las cicatrices que los rostros de urbes como El Cairo o Beirut lucen de día. El crepúsculo restaña las heridas que el agosto de hace un año ocasionó en las fachadas de la capital libanesa, atravesada en segundos por un tsunami de esquirlas, y hace desvanecer las capas de polvo, los armatostes oxidados de aire acondicionado y la decrepitud de los edificios de su vecina egipcia.

En la instantánea que acompaña estas líneas, tomada en una playa de Alejandría, el atardecer cumple sin demora el efecto de borrar los residuos que ahogan el Mediterráneo y entre los que nadan cada verano los bañistas, grandes y pequeños, que no pueden costearse la huida al litoral cristalino donde se refrescan los ricos. Pocos elementos se resisten al acto del atardecer excepto las espigadas moles de cemento que, como hicieron antes en parte de la geografía costera de nuestro país, amenazan estos días a la ciudad alejandrina. No existe atardecer capaz de vencer a las tapias de los especuladores.

Las parejas más atrevidas escalan entre diques para, tras una subida en chanclas, abrirse a un horizonte sin rompeolas

En el puerto de Alejandría los enamorados más jóvenes acostumbraban a reunirse furtivamente entre los espigones de su ciudadela, en busca de las caricias que se les negaba en público. Hace unos estíos el ejército hizo descargar nuevas hileras de escolleras, emparedando cualquier tentativa de atardecer. Alegó que debía proteger el páramo de la crecida del nivel del mar.

Hoy, las parejas más atrevidas escalan entre diques para, tras una subida en chanclas, abrirse a un horizonte sin rompeolas. En la patria de Constantino Cavafis, los atardeceres se han vuelto un artículo de lujo, a distancia sideral de sus versos: “Y leí y volví a leer hasta que se desvaneció la luz./Y melancólicamente salí al balcón,/ salí para distraer mis pensamientos mirando/ un poco la ciudad que amo,/ un poco del bullicio de sus calles y sus tiendas”.

Los atardeceres curan y unen. En los que suceden en el desierto, sin más distracción que la procesión de luces que se va extinguiendo sigilosamente, uno tiene tiempo para pensar en los otros. “En los conflictos humanos la palabra victoria debiera cambiar por cuidado mutuo. Una victoria implica derrotar y vencer, pero solo cuando entendemos la vida como cuidado de distintas vidas evitamos repetir la historia de siempre”, advierte Remedios Zafra en Frágiles. Los atardeceres a la intemperie del desierto jordano o egipcio suelen acabar siempre junto al crepitar de una hoguera, entre bocados que saben a puro manjar y conversaciones con desconocidos. “¿No podría yo dar mayor sentido a lo que hago en este tiempo de vida breve?”, se interroga Zafra.

En mi colección los hay desde parques; entre templos faraónicos y palmerales; desde rascacielos…

Tan breves como fugaces terminan siendo los atardeceres que me ha aficionado a reunir. En mi colección los hay observados desde parques como el de Al Azhar en El Cairo, con una silueta interminable de minaretes; entre templos faraónicos y palmerales, surcando el Nilo; desde un rascacielos de Dubái o Nueva York; desde un campo de la Provenza o un castillo de Roma.

Otros muchos se cuelan entre ventanillas de avión y algunos son ocasos que se precipitan sobre otros ocasos, sobre pueblos arrasados y vacíos y campos de refugiados, mares de tiendas que pueblan los pedazos de tierra más inhóspitos. Entre todos ellos, debo admitir que el atardecer al que soy últimamente más fiel es el que baña un paisaje de olivos y álamos cimbreados sonoramente por el viento. Es allí donde me asaltan otros instantes de crepúsculos, como el que, frente a la Acrópolis, concluye siempre con un aplauso. Con los ecos de García Montero resonando entre los últimos destellos: “El sol no es una institución con ánimo de lucro y el derecho a la belleza debería ser el resumen último de los demás derechos humanos”.