Opinión Sin Mascarilla

Política de 'kalimotxo'

Mezclar fiesta popular y política nunca me gustó, es desvirtuar ambas. En cualquier otro lugar bastaba con la masificación de gente, la alegría, las actividades infantiles de día y la bebida, la música a todo trapo y cierto descontrol de noche. En Euskadi debía incluir un elemento más, una ‘singularidad vasca’ difícil de encontrar en otros lares: la reivindicación política. La fiesta siempre afloraba disfrazada de sátira descarnada en los mejores casos o de graves incidentes en los peores.

La ‘política de kalimotxo’ nunca faltó. Hoy tampoco lo hace, aunque en mucha menor medida. La combinación estaba -y está- asegurada. El ritmo lo marcaba el santoral, como en el resto del país: de ‘San Juanes’ a ‘San Antolines’, de junio a mediados de septiembre. Y en todas ellas salió la política de fiesta. Es la que aún ‘decora’ los espacios festivos, infantiles incluidos, la que ambienta muchos momentos y la que se viste en forma de manifestaciones oportunamente convocadas a orillas del recinto festivo.

La utilización de la fiesta para fines políticos, en mayor o menor grado, lo practicaron de modo esporádico los más moderados y siempre los más radicales. La izquierda abertzale es la que nunca ha faltado a la cita, la que las ha aprovechado para cada una de sus ‘campañas de verano’ con una reivindicación precisa que difundir pueblo a pueblo, fiesta a fiesta. Ahora, el Covid ha obligado a suspenderlas pero incluso en las ‘no fiestas’ no ha faltado una de sus reivindicaciones clásicas: el acercamiento a Euskadi de los presos de ETA.

Los discursos institucionales llamaban a vivir la fiesta popular dejando a un lado las diferencias para convivir entre distintos, sin guetos ideológicos o identitarios. Palabras bonitas. Después, esas mismas instituciones no tomaban medidas para favorecerlo. Desde hace décadas en Euskadi no hemos sido capaces de darnos ni siquiera una semana de tregua para olvidar penas, disfrutar y recargar pilas, sin más, sin banderas, sin manifestaciones, si armas arrojadizas.

En Euskadi la fiesta debe incluir una ‘singularidad vasca’ difícil de encontrar en otros lares: la reivindicación política»

Es evidente que para quienes mueven los hilos de la política es un altavoz social con demasiados decibelios como para resistirse a divulgar sus obsesiones, cada uno las suyas: la Euskadi independiente la del ‘jaiak bai, borroka ere bai’ (Fiestas sí, lucha también), la Euskadi ‘española’ para reivindicar la españolidad vasca, la Euskadi ‘social’, para abogar por un País Vasco obrero, laico, verde y feminista…

En la modalidad más moderada lo hacían sólo en forma de sátira, de crítica incluso divertida. También cabían los mensajes más discretos, casi subliminales en decoraciones, lemas o músicas. En la opción más agitada la vía era la llamada a la movilización y en la versión extrema, con la organización de incidentes en pleno recinto festivo.

Lo he visto desde niño. A la música, la alegría, los fuegos artificiales y los concursos gastronómicos se le añadía un ingrediente más, a veces en el programa de fiestas oficial, otras en el alternativo: la crítica política. Aparecía en forma de manifestación, de elección de un determinado pregonero o ‘txupinera’, de decoración de una ‘txosna’ o caseta, del último cartel polémico difundido por el municipio, de una izada de bandera, de la visita del líder político ‘de Madrid’…   

Dicen los médicos que cuando la infección no se trata, empeora. Cuando la intolerancia entra en el recinto festivo, lo contamina. Nunca entendí cómo las autoridades miraron tantos años hacia otro lado, fiesta tras fiesta. Quizá por existir un tiempo en el que todos quisieron exprimirla. Hasta que se les fue de las manos. Perdieron el control escondidos en el temor de poner ese incómodo cascabel. Aquel elemento distorsionador, la reivindicación violenta de aspiraciones políticas, se fue haciendo más grande y violento hasta invadir el espacio reservado a la alegría de todos, la de los de arriba y abajo, la de los de la izquierda y la derecha, la de los de rojo, azul y verde.

Tan sólo cuando conocí fiestas populares en otros lugares, en otras comunidades autónomas, fui realmente consciente de que puede haberlas con el único propósito de celebrar, de desconectar, de promocionar tradiciones propias, de dar la bienvenida al visitante y, por qué no, de concederse un tiempo para olvidar y tomar ‘potes’ con quien piensa diferente.

Nunca entendí cómo las autoridades miraron tantos años hacia otro lado. Quizá por existir un tiempo en el que todos quisieron exprimirla»

Pero en estos lares la política siempre salió de fiesta. En Euskadi los ‘toques de queda’ festivos no estaban declarados ni aprobados en ningún bando municipal pero siempre existieron. El tránsito estaba recomendado por horas, por zonas, por ‘txosnas’ en función de la ideología. Barrios de fiesta ideológicamente ‘perimetrados’: los verdes aquí, los rojos allí, los azules allá…

Siendo niño es difícil interpretarlo. Los años te aportan algunas respuestas, pero muchas más preguntas. Ver cómo propinan una paliza a un ertzaina, cómo arrasan un precioso café Art Decó recién inaugurado en el entorno festivo, cómo se empotra un autobús en una sucursal bancaria en plena madrugada, cómo los bares aplican técnicas para salvar en segundos sus terrazas o cómo la izada de banderas en el ‘día grande’ es el divertimento estrella arrojando piedras, huevos congelados o cualquier otro elemento contundente, es complicado entenderlo como un elemento más de una fiesta veraniega.

En Euskadi ocurrió durante muchos años. Nadie logró o quiso pararlo. Afortunadamente, o al menos gran parte, es hoy más pasado que presente. Aún la crítica política y alguna polémica recuerda que no hace tanto tiempo que la violencia también iba de ‘kalimotxos’. Quienes siempre más la exprimieron siguen haciéndolo. Pero nada que ver. Hoy no todos los pregoneros ni ‘txupineras’ aprovechan sus intervenciones para soltar proclamas políticas. Cada vez más, las reivindicaciones tienen un mayor carácter social, trasversales, que afectan al conjunto de la sociedad y su defensa no se libra a pedradas o botellazos. La fiesta ha recuperado parte del espacio que le había sido robado durante décadas pese a que aún queda camino por recorrer.

Hoy quienes están movilizados no son los antidisturbios sino los policías municipales. Lo hacen más para informar que para actuar. Esto empieza a asemejarse a la libertad y a la convivencia entre diferentes pese a que aún no se ha alcanzado. El riesgo de revertirla, de retroceder está ahí. Los botellones son hoy la nueva amenaza a la convivencia. La necesidad de intervención de la Ertzaintza y los incidentes en los que de modo reiterado están derivando amenazan con ser el nuevo problema festivo de la Euskadi moderna. Al menos la fiesta, la popular, la de toda la vida, comienza a parecerse a eso y sólo eso. Ahora apenas resta que el virus nos abandone para volver a empezar tras dos veranos sin fiestas populares. Quizá esta vez pueda ser distinto, quizá…

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