Los viajes de verano eran una oportunidad fantástica para atormentar a mis padres leyendo cada uno de los carteles con los que nos cruzábamos por la carretera. Y créanme, de Girona a Cuenca había unos cuantos. 

Aprendemos a leer pronunciando sílabas y no es hasta un poquito después cuando, uniendo consonantes y vocales, somos capaces de reconocer palabras. Una vez alcanzado ese nivel, se abre no uno, sino millones de universos e historias. 

El apasionante reto de aprender a leer es algo que sucede a una edad tan temprana, en la mayoría de los casos, que damos por hecho que nacimos sabiendo. No recuerdo cuál fue el primer libro que leí, pero podría recitarles varios títulos de libros que me hicieron enamorarme de la literatura. Tampoco muchos, soy de esas personas que se olvidan de lo que leen si lo hacen por entretenimiento. 

Es curioso como algo que puede acabar siendo una afición puede ser un tormento en sus inicios. Aprendemos a leer y descubrimos la literatura a través de libros que eligen para nosotros y otros treinta compañeros con los que lo único que tenemos en común es la edad. En el colegio nos hacen creer que leer más libros es mejor, que leerlos más rápido es lo ideal. Habrá excepciones. Recuerdo rellenar un cuadernito con el título del libro que había leído, ponerle una nota, explicar por qué me había gustado o por qué no.

Tardé en aficionarme a la lectura. Y estoy segura de que algunos compañeros de clase todavía no se han reconciliado con ella. Me resultaba pesado leer según qué libros, tener que terminarlo antes del lunes para cumplir el expediente.

Me resultaba pesado leer según qué libros, tener que terminarlo antes del lunes para cumplir el expediente»

Leer era una obligación más: “Para mañana, leemos hasta la página 223”.¿Se imaginan hacer sumas por placer? ¿Analizar morfosintácticamente esta interrogación? Eso sí sucede con los libros, aunque hayamos aprendido a relacionarnos con ellos a través del deber. 

Pese a la imposición literaria, puede que en el camino se cruce un profesor que se esfuerce por explicarte que en esa frase el autor te está dando las claves, que nadie antes había escrito una historia así o que un protagonista te abra las puertas de Hogwarts o te lleve a una verbena en la Plaça del Diamant. Quizá la afición nace de poder saber más de un ídolo que ha escrito un libro, de un lugar del que quieres conocer cada detalle o de la biblioteca interminable de un hermano mayor. Y menos mal.

Menos mal que la literatura te da las oportunidades que le pidas. Menos mal que hay libros en miles de idiomas, que hay historias cortas o largas y que pese a no ser una profesión demasiado reconocida, hay quien se dedica a las letras, a juntarlas con ánimo de contar historias.

Leer en verano cobra un nuevo sentido en la vida adulta. Solo hace falta comprobar las listas de títulos publicadas en medios de comunicación, en perfiles de personalidades públicas. El verano es una pausa entre la rutina para leer aquello que nos ha quedado pendiente, pero también una oportunidad para esa portada que te ha llamado la atención al entrar en una librería. Si en verano abrimos la puerta a las aficiones, los libros suelen encontrar su hueco en la maleta.

Mi recomendación de este verano es que no hagan caso de los ‘deberes’. Sí puede perderse ese libro y no, no tiene que saber qué va a leer el ministro ni terminar ese tocho que le dejó su cuñado. La lectura tiene que ser un disfrute, un placer de verano y frente a eso, no hay nada peor que la obligación.