Se pueden poner muchos paños calientes al asunto, pero lo que tenemos delante es un fracaso histórico de lo que llamamos Occidente frente a la amenaza yihadista.

Veinte años de ocupación y de guerra, miles de soldados muertos en Afganistán -en el caso de España, 102- decenas de miles de millones gastados en preparar a una población para que se incorpore a un tipo de vida que en Occidente se considera dentro de los límites de la dignidad humana y un gigantesco esfuerzo para dotar al país de unas fuerzas armadas capaces de tutelar la marcha del país hacia unos parámetros digamos «civilizados», todo eso, que supone un inmenso empeño y un sacrificio enorme en vidas humanas, se ha disuelto como un azucarillo en agua en cuestión de unas pocas semanas.

Y ahora las democracias occidentales asisten con estupor e incredulidad al derribo de un proceso en construcción que se pensaba sólido pero que los hechos han demostrado que carecía absolutamente del más mínimo cimiento, de la más mínima base.

Han sido más de 20 años tirados por la ventana, miles de vidas perdidas inútilmente porque no lo han sido después de una resistencia heroica seguida de una derrota, no»

Estados Unidos ha liderado esta batalla contra el fundamentalismo islamista y se encuentra ahora con que todo ha sido en vano. Los 186.000 militares afganos que según Biden estaban en disposición de defender ese país imaginario que todas las democracias occidentales creían haber puesto en pie para que empezara a caminar por sus propios pasos han resultado ser de una endeblez tal que no han opuesto la menor resistencia ante el avance talibán.

Kabul ha sido tomado sin que se haya producido el menor combate. Simplemente los soldados entrenados por los destacamentos enviados a Afganistán de los países de la OTAN, como ha hecho el propio presidente afgano, se han rendido antes de plantar batalla. Y ahora los conocimientos militares adquiridos por ellos junto con todo el abundantísimo arsenal que les ha sido suministrado durante todos estos años pasarán a manos de aquellos contra los que se suponía que estaban dispuestos a combatir.

Pero Biden se engaña a sí mismo e intenta engañar al mundo cuando pretende hacer cargar la responsabilidad de este fracaso a las fuerzas armadas afganas por su nula voluntad de defender con las armas todo lo logrado a lo largo de este tiempo de esfuerzo colectivo del mundo libre en favor de la población de su país.

Un fiasco de semejantes dimensiones debería haber sido detectado y corregido por los servicios de inteligencia de EEUU allí destacados mucho antes de que el anterior presidente tomara a decisión de firmar un acuerdo para la retirada de las tropas norteamericanas y de que su sucesor culminara ese error y lo llevara a término con las consecuencias desastrosas que ahora estamos viendo.

Eso por no hablar de la dramática situación en que queda la población que se había ido incorporando poco a poco a las formas de vida que les permitía la presencia protectora de las fuerzas de la coalición, especialmente la de las mujeres, cuyo futuro e incluso cuyas vidas están a partir de ahora en serio peligro.

Han sido más de 20 años tirados por la ventana, miles de vidas perdidas inútilmente porque no lo han sido después de una resistencia heroica seguida de una derrota, no. Son miles de vidas perdidas en un esfuerzo que se ha demostrado montado sobre una apreciación falsa de la realidad.

Y la realidad es ésta: los talibán han tomado las ciudades con facilidad y sin resistencia alguna y, dado que controlaban buena parte de las zonas rurales del país se han hecho con el control total en cuestión de semanas.

No es la primera vez que una coalición de la OTAN liderada por los Estados Unidos fracasa estrepitosamente. Lo sucedido en Irak fue otra muestra de la incompetencia de occidente para ganar las batallas frente a los señalados como enemigos.

La democracia no se implanta como se implanta una muela en un maxilar

En Irak se ganó la guerra, pero no se supo qué hacer tras la victoria y el resultado final es el de un estado fallido donde los choques entre las tribus se prolongan mientras el caos se ha apoderado del país y el terrorismo yihadista encuentra allí uno de sus refugios convirtiendo a Bagdad en el epicentro geopolítico de la yihad global.

La democracia no se implanta como se implanta una muela en un maxilar, que es lo que parecen haber creído muchos de los dirigentes occidentales de finales de siglo XX y principios del XXI. Son necesarios muchos años, muchas generaciones y mucho sufrimiento y aprendizaje de los errores cometidos para que la semilla de un sistema parecido a un régimen de libertades y respeto a los derechos humanos empiece a prender en una sociedad. Por eso, un hipotético éxito en Afganistán habría requerido mucho más de dos décadas de ocupación y gasto.

Ahora un Biden definitivamente superado por unos acontecimientos que tendrán la capacidad de arrasar el legado de su incipiente mandato miente de nuevo cuando asegura que el propósito de los gobiernos que precedieron al suyo nunca fue el de implantar una democracia en Afganistán sino castigar a los responsables de los atentados del 11-S y evitar que Al Qaeda utilizara el territorio afgano como base para sus operaciones terroristas.

Pero con esta retirada seguida de la toma inmediata del país por parte de los talibán lo que ha hecho el presidente norteamericano es precisamente dejar libre el terreno para que Afganistán se convierta de nuevo en un nido de terroristas pero mejor armados y mejor instruidos gracias al trabajo de los miembros de la coalición.

Este nuevo fracaso rotundo, inapelable, en la batalla contra el terrorismo islamista pasará factura al actual presidente norteamericano Joe Biden por más que sea obligado atribuirle a su antecesor Donald Trump la irresponsable responsabilidad de haber firmado con los talibán el acuerdo de la retirada de las tropas norteamericanas a partir del mes de mayo de 2021.

Aunque es muy posible que a los ciudadanos norteamericanos les suponga un alivio que sus soldados regresen a casa para nunca más volver a Afganistán ni a ningún otro lugar de mundo a defender a tratar de implantar un régimen de libertades, la humillación de EEUU es un hecho indisimulable.

Pero, siendo como es una derrota manifiesta y sin paliativos del gobierno de Washington, lo es también de la coalición que ha participado coordinadamente en las operaciones. Y todos esos países, incluido el nuestro, deben asumir la parte que les toca y tomar nota de cara al futuro.