Dicen que la naturaleza ama el equilibrio. Y si no llega a haber al otro lado de las corrientes eléctricas de Jagger o Richards alguien con templanza y toma de tierra, los Stones no serían más que un recuerdo.

Nos rasgamos las vestiduras por lo injusto de su pérdida cuando, dato real, pasaba de los ochenta años de edad y casi sesenta llevando a sus espaldas una vida de “canto rodado”. No es que “le tocase”, es que sobrepasaba expectativas, más por los derroteros que por ser octogenario. Es cierto, Mick le cuidaba y hasta abrochaba sus botones en el escenario, pero eso no quita para que esas enormes giras mundiales no resultaran agotadoras para él. Acumularon juntos más de dos mil conciertos y recorrieron el equivalente a varias decenas de vueltas a la Tierra. Y mira que refunfuñaba con cada propuesta de dar vueltas una y otra vez al mundo, pero siempre encontraba motivos para sacar su más que suficiente generosidad natural como para acompañar al grupo más importante del rock de todos los tiempos.

Sus razones solían ser, en décadas pasadas, descubrir tiendas de discos en las que gastarse fortunas en discos de jazz. No se lo digamos a nadie, pero ese era en realidad su género. Y ya después y casi exclusivamente, visitar pinacotecas. No era extraño verle en alguna galería de arte o museo. Detenido. Observando. Dejando que el arte entrase en vez de ir a por él. Llegó a dibujar los cientos de camas en las que había dormido. Esa capacidad para ser buen observador ha sido sin duda un elemento indispensable para poner equilibrio milagroso entre los egos de gente de mala vida y buen rock como Mick y Keith. Ellos mismos le nombraron verdadero líder de la banda. Autoridad moral, para los amigos. Jagger cometió solamente un día, allá en los 80, el error de preguntar “¿dónde está mi batería?”. Watts se vistió con sus mejores galas para decirle, en tono de redoble: “Que sea la última vez. Yo no soy tu batería, tú eres mi cantante”. Liderazgo en estado puro.

Siempre encontraba motivos para sacar su más que suficiente generosidad natural como para acompañar al grupo más importante del rock»

Criarse oyendo caer las bombas de la Segunda Guerra Mundial sobre Londres quizá le dió un enorme interés por poner orden a la percusión y ritmo a la música, y consiguió que sus padres le regalaran en 1955 su primera batería. El ritual diario de su juventud era poner la aguja sobre algún disco de 78 r.p.m. de los grandes del jazz y acompañarlos en casa a su manera, sin estridencias, con respeto, pero con energía. Exactamente los ingredientes necesarios para poder acompañar a una banda de excéntricos con egos más grandes que los estadios que llenaban. Algo de eso tuvieron que observar los que luego serían sus compañeros en 1963 en un pequeño antro, cuando fue capturado para un proyecto que, de entrada, no comprendía muy bien.

Sus oídos todavía estaban en Chico Hamilton, un batería de jazz de los cincuenta que tocaba con pinceles. Él siempre quiso tocar así. Repetimos: lo suyo era el jazz, y como mucho el blues. Precisamente Blues incorporated fue la banda a la que pertenecía cuando por poco no forma parte de la Historia del rock. En esa época vivía de otro oficio: tenía casi las maletas hechas para irse como diseñador gráfico a Dinamarca.

Participó claramente (y económicamente también) de la imagen gráfica del grupo y de la famosísima lengua fuera de unos labios que rodó por el mundo como símbolo de descaro ante la sociedad. Será un emblema muy erótico, pero él siempre fue en ese tema lo opuesto que se espera de un rockero: siempre fiel a su única esposa, y dicen que hasta pasó la noche de charla con Hugh Hefner cuando visitaron la mansión Playboy.

La naturaleza, como digo, ama el equilibrio. Se puede estirar mediante costosísimos tratamientos, pero todo tiene un límite. Un cáncer de garganta detectado en 2004 le dejó en el dique seco por un tiempo, aunque luego volvió a grabar y a girar durante dos años por el mundo. Decir que era “el sano” de la banda, es mucho decir. Del 83 al 86 el alcoholismo y las drogas casi consiguen que pierda la cabeza y a su querida esposa. Pero supo encontrar el camino, con esa parsimonia que le caracterizaba en todo cuanto acometía. Y lo hizo con ese ritmo, o más bien latido, con el que acompañaba primero a los maestros del jazz en los viejos discos de casa, y más tarde a la banda que cambió al rock para siempre.