Nada aquí es lo que parece o lo que sus protagonistas quieren aparentar. Todo lo que rodea en estos momentos al llamado proceso independentista se ha convertido en una farsa de la que ninguno se puede apear porque le va en ello la propia supervivencia y la de su proyecto político o, mejor dicho, su proyecto de supervivencia en el poder.

En el caso de la mesa de diálogo la formulación de cuyo contenido hace de entrada completamente imposible el acuerdo, ni siquiera la más leve aproximación, pero que ninguno de los posibles interlocutores -que aquí también hay un rigodón sobre quién se va a sentar a esa mesa, quién no y quién ni sí ni no sino todo lo contrario- se atreve a denunciar como una impostura, que es lo que es.

El Gobierno, con su presidente a la cabeza, sabe perfectamente que no puede, aunque quisiera, que tampoco quiere, establecer un diálogo en torno a la celebración de un referéndum de autodeterminación porque la Constitución no se lo permite y tampoco puede hablar de conceder una amnistía porque, aunque en el texto constitucional ni siquiera se menciona esa figura, sí se hace explícito que no se podrán conceder indultos colectivos.

Está claro que Pedro Sánchez sabe que la mesa de diálogo no tiene el menor sentido que no sea el de marear la perdiz

Por eso y porque, dado que la amnistía da el delito por no cometido, el Gobierno que se atreviera a semejante tropelía sería culpable no sólo de tirar por la borda y burlarse del Código Penal y de todas las sentencias condenatorias de nuestros tribunales a las acciones delictivas de los independentistas, sino que propiciaría el inmediato planteamiento de una nueva declaración unilateral de independencia, ya liberada de sanción penal gracias a esa amnistía imposible e inimaginable.

Por la parte del Gobierno, está claro que Pedro Sánchez sabe que esa mesa no tiene el menor sentido que no sea el de marear la perdiz y perder el tiempo mientras se buscan acuerdos por otro lado que apacigüen la tensión secesionista en Cataluña y se van negociando y pactando los respectivos votos favorables a los Presupuestos de cada uno de los interlocutores a cada lado de la mesa.

Pero ya está el Gobierno arrastrando los pies y sugiriendo que la mesa-trampantojo no se reúna en septiembre sino a finales de octubre, cuando el PSOE haya celebrado su Congreso y su secretario general no se tenga que ver en la disyuntiva de abordar el tema de Cataluña y dar unas explicaciones de una evidente y contrastable falsedad a sus compañeros de partido o contarles la verdad cruda y dura lo que le desmontaría de un plumazo el chiringuito levantado para tener ocupado al independentismo el tiempo necesario hasta la convocatoria de las próximas elecciones generales. 

Por la parte de la Generalitat lo que hay es más de lo mismo. En Pere Aragonés y también en sus consejeros de JxCat existe el convencimiento pleno de que por mucho que se prolongue esa mesa, no van a sacar de ella nada en limpio.

Pero, eso sí, les sirve para acusarse recíprocamente de no defender con la suficiente contundencia, en el caso de JxCat a ERC, o con la suficiente eficacia, en el caso de ERC a JxCat, la independencia soñada.  

Ni Puigdemont ni Junqueras se creen en el fondo de su alma que verán algún día su sueño hecho realidad

Y todos ellos, todos sin excepción, saben perfectamente que esa independencia que llevan años prometiendo a sus partidarios es un imposible, pero ya no se pueden bajar del carro que necesitan que siga rodando para que no descarrile a la vista de todos, lo que supondría una derrota histórica de la que ninguno está en condiciones de hacerse cargo.

La ficción independentista tiene que sobrevivir para que sobreviva toda la estructura administrativa y política que se ha estado montando en Cataluña desde hace décadas.

Pero no hay nadie, ni siquiera Puigdemont, ni siquiera Junqueras, que crea en el fondo de su alma que verán algún día su sueño hecho realidad.

Y esto es lo que pasa, que las bases se cansan de mantener la tensión y se van descolgando poco a poco, por descreimiento, por hartazgo, porque tantas promesas de la inminencia de la Arcadia feliz que nunca acaba de llegar acaban desencantando el personal.

Por eso las famosas concentraciones de la Diada, que constituían un espectáculo tan estimulante para el sueño secesionista se van vaciando de entusiasmo y de gente.

El problema es que ese debilitamiento no interesa a nadie en el independentismo. Ni siquiera a Pere Aragonés, que no ha tenido hasta ahora el menor interés en agitar las emociones del 11 de septiembre pero que se ha dado cuenta de que un poco de tensión le conviene de cara a la celebración de la mesa de diálogo con el Gobierno. «Es una oportunidad para demostrar la fuerza del independentismo y canalizarla hacia la mesa de negociación de la próxima semana», dijo ayer la portavoz de ERC Marta Vilalta. Esa es ahora la clave.

Hay que mantener la tensión dentro de la ficción para llegar un poco más armados a la mesa de diálogo, así que a tan sólo cuatro días de la celebración de la Diada, el gobierno de la Generalitat prácticamente en pleno ha anunciado que asistirá a la manifestación convocada como siempre por la ANC, que se ha visto sorprendida por es noticia del todo inesperada.   

Se trata de exhibir públicamente una potencia, un entusiasmo y una fe que van decayendo con el paso del tiempo como acreditan los sondeos de opinión que publica regularmente el Centro de Estudios de Opinión, CEO, el CIS catalán. 

Uno de los últimos sondeos registraba que sólo el 9% de los encuestados consideraba que el llamado procés acabaría con la secesión efectiva de Cataluña frente al 42% que pensaba, más puestos en la realidad, que todo esto acabaría con un acuerdo con el Gobierno central para dotar a Cataluña de más autogobierno.  

Y si a eso añadimos que el 38% se siente tan catalán como español frente a un 20% que se siente únicamente catalán, tendremos la explicación de por qué la clase política secesionista necesita dejarse la piel cada vez más para seguir manteniendo en pie una construcción cuyos cimientos se empiezan a tambalear porque es falsa.