Hoy no toca escribir sobre alguien normal. Tal día como hoy en 1983 nació un icono del siglo XXI, y por méritos propios. Su historia es también la de un padre desesperado, como saben todos los que han visto el famoso documental que recoge el más rotundo post mortem de la historia del club de los 27. Me refiero a ese tan tenebroso al que pertenecen los grandes que murieron con esa temprana edad, como Hendrix, Joplin, Morrison, Cobain y otros.

No creo que sea una buena idea volver a remover entre los detalles escabrosos, llamativos, o simplemente singulares de este fenómeno, porque estaría fuera de lugar. Sí fue muy bueno recordar que las relaciones jugaron un papel decisivo en su vida. Ya les pasó a tantas otras parejas tóxicas de la música, tal y como se recordó hace poco en El Independiente.

Pero lejos de volver a insistir una y otra vez en el torrente que se la llevó, o en su legado musical, propongo al lector que hagamos juntos un ejercicio distópico de lo que sería Amy Winehouse viva orgánicamente en 2021.

Dato: sabía dar titulares. Su primer trabajo fue como reportera. Vale, era en el medio del padre de su amiga, pero se estrenó en lo de informar, y además sobre las celebridades. Por lo tanto, sabía perfectamente qué dar al mundo de la prensa para dejar claro quién es. Seguro que veríamos algo tipo «Amy Winehouse se niega a vacunarse». Ese sería uno muy probable. Claro que diría que «no, no, no», como cantaba también en cuanto a la rehabilitación en el tema que consiguió convertirla en éxito mundial, Rehab. Por lo visto la historia de esa canción surgió en un momento en el que parece que su tóxico y también toxicómano marido y ella andaban riéndose de lo de ir a rehabilitación. Pues, vacuna, seguramente tampoco.

Esa pequeña gran mujer se confundiría con el gossip más mundano si no llega a cruzarse muy prematuramente la muerte en su camino

No parece probable que abandonara por fin en su mente al que fue el amor, perdón, obsesión, de su vida, Blake Fielder-Civil. Seguro que esa verdadera obsesión que se sumergía en medio de una pesadilla lisérgica ahogada en alcohol del bueno, hubiera vuelto a ser noticia. Si fue capaz de «tatuarse» el estómago con el nombre del «angelito» (lo hizo ella misma y con un cristal roto, en una sesión de fotos y frente a un reportero) seguro que habría otros tantos titulares igual o más demostrativos de lo que se llevó a la tumba. Tampoco me cuesta imaginar a Mrs. Winehouse retomando el testigo de Lady Gaga a la hora de arremeter contra Trump, o abanderando las protestas en el Black Lives Matter.

Las noticias sobre sus conciertos bajo los efectos de las drogas, como el último de su vida en Serbia, serían posiblemente uno de los motivos por los que, desgraciadamente, su presencia iría pasando a páginas interiores. Esa pequeña gran mujer, de apenas metro sesenta y con menos de 45 kilos de peso se confundiría con el gossip más mundano si no llega a cruzarse muy prematuramente la muerte en su camino.

Si Amy Winehouse levantara la cabeza… Lo primero que veríamos sería su enorme peinado de más de 15 centímetros de alto, bajo el que dicen que escondía toda suerte de recursos contra una vida que nos dio enormes lecciones en forma de sonidos a lo Motown, y algún tema que se publicó de forma póstuma.

Quizá quien no haya ahondado lo suficiente en su vida le cueste más imaginársela ayudando a los demás para que no entren en los abusos de las drogas y el alcohol, pero quienes bien la conocían aseguran que en su corazón se albergaban grandes dosis de amor, entre otras sustancias. De hecho, todos los beneficios de sus conciertos holográficos actuales han ido e irán a parar a su fundación, que lógicamente evitará que otros corazones dejen de latir por culpa de ese universo de sustancias que el propio ser humano ha creado para evadirse de una realidad que nosotros mismos hemos hecho así.