La primera reunión de la mesa de diálogo entre el Gobierno de España y la Generalitat concluyó como era de prever. Pedro Sánchez y Pere Aragonés constataron que sus posiciones están «muy alejadas» y que hace falta tiempo, mucho tiempo, para alcanzar acuerdos.

El presidente del Gobierno se mostró optimista, sin embargo. Le dio mucha importancia al hecho de su presencia en el Palau de la Generalitat, cosa, dijo que no es habitual.

Pero las versiones de ambos sobre una reunión que se prologó durante dos horas fueron muy distintas. Sánchez valoró que la situación en Cataluña es mucho mejor ahora que la que era hace un año y circunscribió el encuentro en el marco de la llamada «Agenda para el reencuentro», que tiene tres ejes: la superación de la pandemia; la recuperación económica, y el reparto de los fondos europeos.

Fue a preguntas de los periodistas cuando reconoció que Aragonés le había planteado la necesidad del referéndum de autodeterminación y la amnistía. «Siempre lo hace», apuntilló.

El presidente concluyó su comparecencia con una reivindicación del «cariño de la sociedad española hacia la sociedad catalana». En fin.

Aragonés coincidió con Sánchez en la lejanía de sus planteamientos y en la necesidad de tiempo. Pero ahí se acabaron las coincidencias. Afirmó en su comparecencia que Sánchez había reconocido el carácter político del conflicto catalán y que, por tanto, su solución debe ser política y refrendada por los ciudadanos de Cataluña (en un referéndum).

Tras constatar la enorme distancia entre sus posiciones, Sánchez y Aragonés inician un proceso de diálogo sin plazo de conclusión, lo que da al presidente margen para llegar al final de la legislatura

Para el presidente de la Generalitat, la mesa debe abordar el referéndum de autodeterminación y la amnistía, que, argumentó, pondría fin a la represión que sigue existiendo en Cataluña. La amnistía no sólo borraría de un plumazo los delitos cometidos por los condenados del procés y luego indultados, sino que, además, posibilitaría la vuelta de los exiliados.

Aragonés no ha dicho nada que no supiéramos ya. De tanto repetirse, sus argumentos aburren.

Lo que ni Sánchez, ni Aragonés supieron responder es cómo van a alargar una mesa de diálogo que se sostiene sobre dos posiciones tan diametralmente opuestas. El presidente Sánchez no puede ceder ante las reclamaciones de autodeterminación y amnistía (sería su tumba electoral); y el presidente de la Generalitat, al menos abiertamente, no puede renunciar a los objetivos que son la gasolina del independentismo y que, por el momento, siguen siendo el leit motiv de la agenda soberanista.

La construcción de la confianza, a la que apelaron tanto Sánchez como Aragonés, sólo puede basarse en avances concretos. Si ha sido imposible llegar a un pacto tan beneficioso para Cataluña como la ampliación del Prat, se antoja imposible un encuentro en un punto en el que los dos protagonistas mantienen posiciones opuestas y metafísicamente irreconciliables.

Tanto el presidente del Gobierno como el presidente de la Generalitat están prisioneros de la generación de unas expectativas que ambos saben que no podrán cumplir. En el fondo, lo que a los dos les importa más del proceso que ahora se pone en marcha es el ganar tiempo. ERC, que está en guerra abierta con Junts/Puigdemont, no puede permitirse el lujo de romper a las primeras de cambio; y Sánchez tiene que mantener la operación diálogo el tiempo que sea posible para poder llegar indemne al final de la legislatura.

Las conversaciones (de aquí en adelante en un formato más discreto) se prolongarán durante meses sin que existan posibilidades de alcanzar consensos en la cuestión nuclear: el referéndum de autodeterminación.

El problema que tiene Aragonés es qué va a hacer para incorporar a Junts a este proceso destinado al fracaso. Puigdemont (ya lo demostró el martes haciendo estallar la mesa de diálogo, que se ha celebrado sin la participación de su partido) no va a pasarle una a su enemigo. En definitiva, es consciente de que su futuro se basa en la gestión de la frustración que va a generar en una parte de la sociedad catalana el proceso de diálogo que ahora comienza. Pero el tiempo (siempre el tiempo), sin embargo, juega en este caso en su contra. El fracaso de la convocatoria de la Diada (la de menor asistencia en diez años) demuestra que la capacidad movilizadora del independentismo se está desinflando. La Ítaca que persiguen sencillamente no existe.