Después de dos décadas como profesional, el pasado 5 de octubre Pau Gasol anunciaba al mundo entero, desde el incomparable escenario de Liceu de Barcelona, que había llegado el momento del adiós. Aquel chico de Sant Boi, de interminable estatura y aún más inabarcable corazón, que siempre soñó con darlo todo para ser el mejor algún día, no pudo evitar romper a llorar, desconsoladamente, como un niño. La presión, que nunca llegó a dominarle en miles de partidos con marcadores desfavorables y pocos segundos para enmendar con triples inverosímiles lo que parecían derrotas seguras, pudo con él en su adiós.

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