Va a tener que ser el mismo Pedro Sánchez, como un butanero o un Baltasar municipal, el que nos traiga estas Navidades a casa la estufita, el chocolate y la muñeca chochona. Ahora anuncian un paro las empresas de transporte, que uno imagina poderosamente protegidas por san Cristóbal y Perlita de Huelva, o sea que la negociación será dura. El combustible sube, todo sube en realidad, y el Gobierno quiere encima cobrar por circular por las autovías, que es como ponerte una multa nada más montarte, llevar al guardia civil ya en el coche como la suegra. Justo cuando todo está por las nubes, cuando el mundo entero con sus grandes océanos de comercio se atasca como un pequeño bidé, cuando la gente está pensando más en comprarse un infernillo que la Play, el Gobierno no deja de idear maneras de sacarnos cuartos. Lo de los transportistas a lo mejor es lo de todos, lo que pasa es que los demás no podemos atravesar un camión en la calle como un trasatlántico de lechugas.

Los transportistas protestan, los agricultores protestan, los ganaderos protestan, los propietarios protestan, los autónomos protestan, la gente que pasa el frío de las castañeras atada a la mesa camilla como un galeote protesta… Los camiones parados son una metáfora muy cinemática, muy visual, de un país que se para no sabemos muy bien por qué, pero ahí está, como un tren desguazado por sus estaciones, como las arterias de la economía atascadas de sus palés de patatas fritas. Se paran los camiones como tanques detenidos o abandonados, tanques llenos de juguetes o botellines o braseros, o sea que se para nuestra vida y nuestra lucha en la vida. No todos tienen esa metáfora, no todos pueden de repente enseñarnos su piso de alquiler comido por la hiedra, o su comercio anegado como una barquichuela, o su sembrado cubierto de ceniza del infierno o arena marciana. Ver a los camiones parados es ver España parada.

Hasta que algo no se pare así, brutalmente como un émbolo, no vamos a ser conscientes de cómo se va parando todo, porque si hay algo que no para es el tiovivo sanchista

Se paran los camiones como se para España, o para que veamos que se para España igual que se para una cafetera industrial, con gran ruido hidráulico o de vapor y gran atasco de currantes y sus cucharas. El país se va parando, como casi todo el mundo, lo que pasa es que aquí ya estábamos más parados que otros y es lo que más nos preocupa, esa inercia como de hormigonera en una cuesta que nos aleja de Europa. Durante la pandemia caímos más y más aparatosamente, como los gorditos; todavía somos tristes campeones en paro, deuda y déficit, y no dejan de retocarnos a la baja las previsiones del PIB, que parecen los consecutivos fracasos de una dieta. Aun así, Sánchez nos dice que “España va mejor”, como un Aznar encogido y acobardado (es difícil no ir a mejor después de estar casi muertos), María Jesús Montero apaña impuestos en dos días, e incluso tenemos un ministerio entero dedicado a dar recetas de cocina, como si fuera la Sección Femenina.

A lo mejor hace falta que se pare algo, así visual y ostentosamente, y pueden ser estos camiones cuando echen el freno como un tren del Oeste o formen igual que en un cementerio de aviones, enterrados en el recuerdo de su velocidad. Hasta que algo no se pare así, brutalmente como un émbolo, no vamos a ser conscientes de cómo se va parando todo, porque si hay algo que no para es el tiovivo sanchista. En el tiovivo sigue la recuperación económica como la recuperación de un comatoso, y siguen los fondos europeos con cuya bandera Sánchez se ha hecho varitas mágicas de purpurina, y siguen los indepes a los que sólo se les ocurre pedirse Netflix, uno supone que porque ya no tienen más que pedir. O se para algo, los camiones o lo que sea, o aquí el personal va a seguir pensando que todo va sobre ruedas hasta que oiga, de nuevo, el crujido, el gripado.

Todo se va parando, así que por qué no hacerlo visible, ineludible. Quizá las empresas de transporte han pensado que, para ser los únicos que se mueven, o para ir a paso de caracol, que es como va Sánchez con la Moncloa siempre a cuestas, como si llevara encima la anémona cangrejera del poder, para eso mejor estarse quieto, dejar los camiones parados como esfinges de la decadencia. Ellos al menos tienen esfinges que sacar, esos camiones que, una vez paralizados, hay que mover como sobre troncos. El currito, el comerciante, el propietario, no pueden sacar más que sus facturas y sus sabañones, así que uno cree que no está mal este simbolismo de parar con bocinazo, ancla y caldera apagada con arena. Lo mismo no llega a haber paro, lo mismo Sánchez paga con su polvo de estrellas, con el dinero de los vikingos o las hadas madrinas de Europa, para que siga girando el tiovivo artificiosamente. O lo mismo en Navidad ya no queda nada que transportar y ni siquiera el propio Sánchez va a poder traernos el butano, la Nancy y la peladilla.