Recuerdo cuando en las primeras elecciones democráticas de 1977 muchos dijeron que Adolfo Suárez las había ganado por su buena imagen pública, hasta algunas votantes manifestaban ante las cámaras de televisión que era “el hombre más atractivo de España”. Creímos entonces que tras una época tan oscura de cuarenta años, cualquier joven candidato desprendía luz propia para ganar. Pero se volvió a repetir el fenómeno cinco años después con Felipe González, muchos afirmaron que su belleza le había llevado al poder. Ni una ni otra afirmación fue del todo cierta, pero sin duda su estética y aspecto influyeron en que sus victorias fuesen tan contundentes, Suárez por casi un 35% de los votos y González con un 48%, nunca más superado por ningún presidente hasta hoy. Nos dimos cuenta de lo poderosa que era la imagen de un político y que sucedía lo mismo en otras democracias mucho más consolidadas que la nuestra, en los sesenta Kennedy ya había ganado de esta forma a Nixon.

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