Un mensaje, el del Rey de este año, pegado al terreno de modo constante que se ha abierto con un recuerdo hacia todas las personas que en la isla de La Palma han visto destruidas sus casas, sus negocios y sus proyectos de vida. Su apoyo y su compromiso en nombre de todas las instituciones para ayudarles a recomponer en la medida de lo posible al menos parte de lo que han perdido es la mejor manera de iniciar un diálogo con los españoles en un momento más difícil de lo que inicialmente habíamos todos previsto.

El Rey Felipe se felicita, con razón, de lo conseguido en este año en la batalla contra el virus. Mucho se ha hecho, en efecto, gracias a la imapagable ayuda de la ciencia, pero también hay que resaltar, y él lo hace, el esfuerzo colectivo llevado a cabo por toda la población en términos de disciplina en el programa de vacunación «del que podemos sentirnos especialmente satisfechos».

Pero no está el ambiente para celebraciones porque a pesar de todo el virus vuelve a atacar. El Rey reconoce la existencia de esta amenaza añadida y abre un espacio para recomendarnos no bajar la guardia y otro muy especial para resaltar y agradecer de corazón -«les damos las inmensas gracias»- el esfuerzo gigantesco y de generosidad que está haciendo desde hace ya demasiados meses todo el personal sanitario.

El Rey aborda con realismo la situacion económica y social de los españoles y no deja de subrayar la mejora en distintos aspectos de nuestra vida económica laboral pero no se olvida de la parte oscura de la realidad de nuestro país: los miles de personas que no tienen medios de subsistencia y los cientos de miles, los millones en realidad, que se ven ahogados por el incremento de los precios y por la existencia de unos índices de paro entre los jóvenes que son verdaderamente lacerantes.

La vida contemporánea se ha globalizado, esa es una realidad con la que hay obligadamente que contar, pero esa globalización ataca a veces, desestabiliza y «pone a prueba nuestras convicciones, nuestros valores o se ven afectados nuestros principios de organización social o de convivencia en libertad».

El Rey nos anima a no rendirnos antes los retos innumerables que se alzan en este mundo cambiante a velocidad nunca alcanzada hasta ahora. Al contrario, propone que la sociedad española aproveche estos cambios y se ponga con decisón a la cabeza de ellos para conseguir una posición relevante entre los países punteros en el desarrollo de las nuevas tecnologías.

La descripción que hace Felipe VI de la sociedad con la que los españoles se sienten conformes es certera y apunta todos los elementos que componen los objetivos de una sociedad justa, igualitaria y respetuosa con el equilbrio de la naturaleza.

Debemos estar en el lugar que constitucionalente nos corresponde; asumir cada uno las obligaciones que tenemos encomendadas»

Y después viene un recordatorio, tan necesario en estos tiempos, de lo que significa para la estabilidad de cualquier democracia el buen funcionamiento de sus instituciones y el respeto que quienes las ocupan están obligados a tener por ellas.

Y aquí viene un importante recordatorio para todos, incluido su padre: «Debemos estar en el lugar que constitucionalente nos corresponde; asumir cada uno las obligaciones que tenemos encomendadas; respetar y cumplir las leyes y ser ejemplo de integridad pública y moral».

Esta última consideración sería la que más podría relacionarse indirectamente al comportamiento de Don Juan Carlos de quien, por lo demás, no hace la menor mención concreta. No habría tenido ningún sentido que en el mensaje de Navidad dirigido a los españoles el jefe del Estado se detenga a hablar de un asunto que podrá tener interés para muchos pero que, desde luego, no está dentro de las cuestiones que afectan y preocupan realmente a la ciudadanía.

Otra cosa hubiera estado fuera de lugar aunque algunos estén permanentemente pendientes de los episodios que rodean al viejo rey con el único propósito de minar el prestigio de la Corona y atacar la Monarquía constitucional

A partir de ese párrafo referido a los deberes de quienes ocupan las distintas instituciones entra el Rey en consideraciones que afectan a la vida política nacional en el sentido de abogar por el entendimiento y a colaboración que no tienen por qué resultar impedidos por las diferencias de criterios. Es la colaboración leal entre las instituciones la que garantiza la base de la convivencia pacífica en cualquier democracia: la confianza ciudadana.

La Constitución», afirma el Rey, «es la viga maestra que ha favorecido nuestro progreso, que ha sostenido nuestra convivencia democrática»

Felipe no olvida recordar el esfuerzo llevado a cabo desde hace más de 40 años por las distintas generaciones, cobijadas siempre por la Constitución, cuya vigencia y cuyo vigor defiende con pasión. «La Constitución», afirma el Rey, «es la viga maestra que ha favorecido nuestro progreso, que ha sostenido nuestra convivencia democrática frente a las crisis, serias y graves de distinta naturaleza que hemos vivido y merece por ello respeto, reconocimiento y lealtad».

Esa declaración clara por parte del jefe del Estado español de que el texto constitucional es y seguirá siendo la garantía y defensa más firme de nuestras libertades y nuestra convivencia en paz es el recordatorio más contundente de lo que de verdad importa defender en la lucha soterrada que los independentistas -a los que no ha mencionado ni siquiera indirectamente- mantienen desde hace años contra la España constitucional.

La Unión Europea como «marco institucional de estabilidad, de seguridad, de confianza y también de nuevas oportunidades» ha sido destacada por el Rey, que nos ha recordado el papel insustituible en la lucha común contra el virus y en el impulso a la modernización y recuperación económica que está proporcionando a nuestro país con los fondos europeos «una oportunidad que no podemos desaprovechar».

El Rey ha terminado su mensaje de Navidad animando a todos a confiar en nuestra fuerza como Nación. Algo imprescindible si se pretende empujar al país hacia adelante.

Ha sido, en definitiva, un discurso muy pegado a la realidad que vivimos en estos momentos en España, con sus obstáculos pero también con sus oportunidades. Y, eso sí, una defensa cerrada de nuestra Constitución. Una intervención a la altura del gran jefe del Estado que es Felipe VI.