Ana Pastor, con gloria de maestra jubilada del PP, suave, severa y pasada de moda, ha dicho en este periódico que «la gestión de Ayuso es la pura demostración de las señas de identidad del PP», y a uno le surgen un par de cuestiones al respecto. Primero, que el PP tenga unas señas de identidad que trasciendan a su monograma, como la tradición que enorgullece a antiguos despachos de abogados o a grandes almacenes. Segundo, que esas señas de identidad estén en la gestión y no en otra cosa, en la iconografía, en la actitud, en la guerra cultural o en la pura moda, algo equivalente al tirito de pantalón de Sánchez pero con las botas altas de Ayuso.

Esas señas de identidad no pueden ser a la vez las de Rajoy y las de Aznar, las de Feijóo y las de Ayuso, las de Casado y las de Cayetana. En cuanto a la gestión, Rajoy no era otra cosa que gestión fea y maciza, como un edificio de oficinas de Chicago, y por eso ganó Casado hablando de ideología o al menos de su pastelería sentimental.

Si el PP tuviera esa identidad, algo así como una esencia heredada igual que una receta de tarta de manzana o un credo niceno que sólo hace falta recordar y repetir, Casado no llevaría tanto tiempo buscándola. Casado se hubiera limitado a abrir el cajoncito con llave de sagrario, sacar el documento y exponerlo como un sudario santo. En cambio, ha ido yendo de la derecha al centro, de la ideología al ‘neoarriolismo’ y de la bravura al apocamiento. Por eso se ha vuelto borroso, nadie lo ve porque nunca se sabe dónde está o dónde estará mañana. Mientras, Ayuso está congelada en la mitología de sus ojos de Argos y en su pianola madrileña y el personal ya se la sabe de memoria como en otra época se sabía las romanzas de zarzuela o la Canción del pirata. No es tanto que el PP tenga una identidad verdadera como que se pare lo suficiente como para tener una identidad.

En realidad, las señas de identidad del PP no eran otra cosa que su tamaño, su vastedad que iba del centro a la gran derecha morrocotuda y como austrohúngara. Centristas, liberales, conservadores, democratacristianos, fachillas vergonzantes o no tan vergonzantes, todos cabían en ese PP extensivo que fueron el de Aznar y también el de Rajoy (tan extensivo que pudo contener a Aznar y a Rajoy). El PP era eso que había al otro lado de Felipe o de Zapatero, lo único que podía echar a Felipe o a Zapatero, así que su esencia no importaba tanto como su utilidad, su razón práctica.

El PP no puede ser Ciudadanos ni Vox, ni más centro, ni más liberal o más rancio, así ganó y así perdió»

En el PSOE pasaba lo mismo y, de Felipe a Sánchez, sólo se ha mantenido el nombre de la rosa, que diría Umberto Eco. La diferencia es que la izquierda siempre estuvo dividida en sectas, mientras que la derecha parecía conformarse con ese gigante ambiguo pero seguro que volvía de vez en cuando a barrer la oficina y a tranquilizar a las monjas, ese PP del que unos cogían la economía, otros el guardia, otros el rosario, y así.

El PP era su tamaño, el PP era esa posición relativa en la política, era ese otro lado en el que la gente se ponía por no estar donde estaban Chaves y Bibiana Aído haciendo extrañas palmitas. Los nuevos partidos reventaron los viejos equilibrios, pero mientras que Podemos pronto se reveló como una IU youtuber, ocupando con la mochilita el mismo sitio que ocupaba antes la pana mojada, la fragmentación de la derecha sí destrozó al PP. El PP ya no podía jugar a ser la casa segura del dinero, de las libertades individuales, de la Constitución y de la Virgen del Pilar, todo a la vez.

Ciudadanos fue más avanzado como centro, como constitucionalismo antinacionalista e incluso, luego, como liberalismo. Y es imposible superar a Vox en ese olorcillo a aceite de ricino o a brazo incorrupto/podrido de santa Teresa que tiene. Aquí es donde este estrechado PP se ha visto buscando unas señas de identidad que nunca tuvo. Aquí es donde está atascado Casado, intentando hacer la tarta familiar en Génova.

Ni hay «puras señas de identidad del PP» ni creo que todo consista en la gestión, que de ser así hubiera bastado con dejar a Rajoy con su sacapuntas de manivela y su almanaque refranero. El PP no puede ser Ciudadanos ni puede ser Vox, el PP no puede ser más centro o más liberal o más rancio según le crezca la barba a Casado, porque siempre fue a la vez el centro y lo liberal y lo rancio, y así ganó cuando ganó y perdió cuando perdió. Éste es como el misterio de la Trinidad del PP, que uno no sabe si puede repetirse siquiera con el hundimiento de Cs.

Lo que tiene Ayuso no es un manual del tecnócrata perfecto ni el cofrecito de las esencias ideológicas, es una especie de vislumbre de ese misterio perdido, el de la extensividad del PP.

Ayuso parece que hace posible ese tamaño y esa utilidad que tuvo el PP antes de la fragmentación de la derecha. Eso no es sólo alma, ni es sólo gestión, ni es sólo relato, ni es sólo postureo de modelo con ciática o con abanico, ni es sólo suyo (Almeida también creo que lo ha entendido). Quizá tiene más que ver con la seguridad que con las esencias, más con el talento que con la ideología, más con la expectación que con la pureza. Y eso más vale que Casado lo incorpore de quien lo tiene, porque no lo va a encontrar en la herencia que le dejaron con el recetario, el rocín y el manojito de llaves.