Recién aterrizado de unas cortas vacaciones al otro lado del atlántico, recalo en suelo patrio y me lanzo ávido por ponerme al día sobre los telediarios de las diferentes cadenas de televisión españolas esperando hacerme una idea de las expectativas de inflación de España,  los retos que para el empleo presenta el 2022, el avance en la distribución de los fondos europeos de recuperación, el riesgo de una subida de tipos de interés o los nuevos devaneos de los socios del gobierno sobre la reforma laboral.

Nada de eso. Tan solo 22 minutos de Covid en una cadena. 24 en otra. Profusión y lujo de detalles, de amenazas y de casos que afectan al 0,01% de la población.  Saltando de los contagiados a los fallecidos, comunidad a comunidad, pueblo a pueblo, vecino a vecino. Una búsqueda constante de ránkings en los que destacar como país, como comunidad o como ciudad en el riesgo y la amenaza del coronavirus. Oleadas de  «expertos», (que por cierto siempre visten de manera muy mejorable) y nos asustan desde sus casas de los gigantescos peligros que esconde esta ola, de lo irresponsable de nuestro comportamiento y de la necesidad urgente de medidas mucho mas restrictivas. A ellos le sigue siempre una pléyade de trabajadores y trabajadoras, de sindicalistas y «sindicalistos» que nos incitan a pedir las baja y prolongarla todo lo que se pueda amén, por supuesto, de apostar por un teletrabajo definitivo y asilado en zapatillas y chándal.

Para rematar, pues no hay telediario que se preste sin sección internacional, una prolija descripción de la abominable situación por la que pasa Europa en temas de contagio, incluido el extracomunitario Reino Unido que da mucho juego también. Finalmente, para rematarlo y como antesala de la información de deportes, una breve reseña al reprobable y lamentable incidente de nuestro Ministro de Consumo desprestigiando a España internacionalmente y 30 segundos sobre la crisis de la energía en Europa, mientras una gran nevada asola la costa del los Estados Unidos. 

En Europa nuestro estilo es regular, controlar y limitar para proteger a este niño obeso que no puede enfermar ni padecer

Esto es Europa, y en ella España. Un enorme niño enfermo de opulencia, obeso y henchido de hidratos de carbono que le proporciona su riqueza menguante que, sentado delante del televisor, disfruta de verse asustado y amenazado de manera constante por sucesivas olas de Covid, que como en un videojuego, los Estados deben combatir hasta el final, sin que, por supuesto ningún ciudadano se lastime o sufra lo mas mínimo.

Pero ahí fuera, aunque no nos las cuenten, hay otras realidades. Lugares en el mundo donde la información del coronavirus ocupa dos minutos al final de las noticias. Donde los gobiernos advierten de la benignidad de la cepa ómicron y tranquilizan y alientan a su población a esforzarse por recuperarse tras la pandemia. Hay países que, desarrollados y no tanto, priorizan el funcionamiento de la sociedad sin necesidad de la loca carrera del control emprendido por nuestras comunidades autónomas en ausencia del Estado. Son países incluso mas ‘ayusistas’ que Ayuso y sin embargo que no lideran los telediarios al frente de muertes y contagios.

En Europa, sin embargo, nuestro estilo es otro. Regular, controlar y limitar son los mantras en que nuestros estados se mueven para proteger a este niño obeso que no puede enfermar ni padecer. Cada contagio, cada muerte antes, se vive como un fracaso del sistema, como un error político del que buscar culpables y responsables. En Europa hace mucho que hemos perdido el derecho a tropezar y levantarnos. El Estado no lo permite. Los ciudadanos no podemos equivocarnos, ni tropezar. Para eso esta la regulación y un gasto publico y social sin limite con el que alimentar las inmensas lorzas del estado del Bienestar.

Debemos aprender a convivir con la imperfección, con el error, con el fracaso. Europa lo ha hecho con gran sufrimiento en dos guerras devastadoras y España en la suya. Desde 1981 hasta 2018, 60.000 españoles murieron de SIDA, entre 1.500 y 800 venían muriendo de gripe cada año, mas de 65.000 de enfermedades vasculares y 500 de hepatitis vírica sin que se haya prohibido hacer el amor o se nos haya obligado a hacer dietas libres de grasa. Información, concienciación y educación son las vacunas que nos protegen. Buscar cada día este u otro hospital colapsado en su UCI, este u otro pueblo en el que la atención primaria está desbordada por falta de médicos no es educar; ni siquiera es informar. Es alimentar al niño obeso y asustadizo en que nos hemos convertido. Ya nadie habla de la famosa inmunidad de rebaño, como si deseásemos que nuca llegue. Será que no es necesaria. ¿O tenemos inmunidad frente a la gripe?

Llegara un día en que las constantes alusiones al coronavirus en los telediarios den paso a las de la falta de competitividad de nuestra industria, el impacto de la inflación en el empobrecimiento de los ciudadanos, las dificultades impuestas por la subida de tipos de interés en los hogares, la ausencia de una correcta política energética, la deseducación que sufre nuestra juventud, la necesidad imperiosa de reducir el gasto y déficit publico, o el endeudamiento de Europa. Entonces, el niño seguirá asustado, pero, quizá, adelgace.