La escalada de tensión en la frontera entre Rusia y Ucrania, con el despliegue de más de 120.000 efectivos militares por parte del gobierno ruso, está poniendo en jaque a Europa. 

La descarada amenaza militar de Putin no solo parece cerrar la puerta a los reiterados llamamientos al diálogo y la disuasión por parte de la diplomacia de la UE, sino que pone en tela de juicio la arquitectura del orden de seguridad europeo. Por eso, entre el ruido de las voces que siguen haciendo apelaciones a la paz mundial por un lado y el eco de quienes alientan de manera simplista la narrativa bélica, cabe pararse a analizar desde una perspectiva realista lo que sucede en Ucrania y las consecuencias para la UE y el futuro de nuestra defensa. 

La situación nos retrotrae a la concepción etnonacioalista de una Rusia cuya esencia natural conllevaría la expansión de sus fronteras»

La situación nos retrotrae a la concepción etnonacionalista de una Rusia cuya esencia natural conllevaría la expansión de sus fronteras; una perspectiva que integra la concepción de soberanía limitada, eje de la doctrina Breznev promulgada en la intervención militar del Pacto de Varsovia en el 1968 mediante la cual la URSS tendría un «deber internacionalista» de intervenir en lo que se definía como «naciones hermanas», los países de su órbita. 

Esta perspectiva, profundamente colonialista y caduca, resulta especialmente peligrosa por el precedente que sienta, una vez más, la acumulación de efectivos militares. Rusia forma parte de Naciones Unidas y de un sistema internacional que reconoce a Ucrania como Estado soberano e independiente, estado al que está atacando y que se encuentra en una posición de enorme asimetría con respecto a su vecino. 

En este marco, el apoyo a la OTAN, el refuerzo de una posición unida y común de sus miembros y la amplificación de los esfuerzos para evitar una –aún posible- huida hacia adelante de Putin en la escalada son los ejes fundamentales. 

2022, bautizado como año europeo de la defensa, se inaugura con una vuelta a la mesa del papel central de la OTAN que aterriza en medio de una reflexión fundamental en el seno de la UE: ¿cómo reforzar la autonomía estratégica y de defensa europea? 

Hay quienes interpretaron el discurso inaugural de la presidencia francesa del Consejo por parte de Emmanuel Macron como un desafío a Washington. Todo lo contrario. Una Europa fuerte, que proporciona seguridad, contribuye de manera fundamental a una OTAN más fuerte. Por ello, debemos reforzar el pilar europeo de la OTAN y la unidad con nuestros socios y aliados democráticos.

La autonomía estratégica europea, como hemos defendido desde el grupo liberal, es la capacidad de actuar de forma autónoma cuando sea necesario, y con nuestros socios siempre que sea posible. Una UE capaz no es sino un multiplicador de poder para la alianza transatlántica. 

La UE padece carencias estructurales que obstaculizan su capacidad de actuar en el ámbito de la seguridad y defensa, y que tienen que ver con la prácticamente inexistente cultura estratégica común y con el insuficiente sistema de intercambio en materia de inteligencia, la incapacidad de una planificación autónoma -y militar- y la falta de una fuerza de reacción rápida europea.  

Pues bien, es el momento de dar un paso adelante. Desde 2016 se han hecho grandes esfuerzos en desarrollar instrumentos para fomentar la cooperación europea tanto a través de la Cooperación Estructurada Permanente (CPS), el Fondo Europeo de Defensa (FED), la revisión anual coordinada de la defensa (CARD), el Fondo Europeo de Apoyo a la Paz (FEAP) o incluso el nuevo Instrumento de Vecindad, Desarrollo y Cooperación Internacional (IVDCI). 

Ahora mismo, la imagen de nuestra defensa es la de 27 marcos diferentes, fragmentados, con una muy débil capacidad de coordinación y armonización»

Pero no es suficiente, ni en términos de coherencia ni en términos de capacidades. Ahora mismo, la imagen de nuestra defensa es la de 27 marcos diferentes, fragmentados, con una muy débil capacidad de coordinación y armonización que resalta las diferencias que precisamente regímenes autoritarios -como es el caso actual de Rusia- se dedican a explotar. No hablamos sólo de gastar más, del famoso incremento del 2% de gasto en defensa en el marco transatlántico. Hablamos de gastar mejor, de manera más eficaz y cooperativa.

Las discusiones en curso sobre la llamada Brújula Estratégica son la oportunidad de hacer que este ejercicio sea posible, ya que espera convertirse en la próxima hoja de ruta con orientaciones concretas para el refuerzo y desarrollo de capacidades de defensa de la UE.

Tenemos la oportunidad de darnos una política de defensa coherente y consensuada que permita una capacidad rápida de reacción coordinada ante las múltiples amenazas, movilizando recursos, apoyando a los estados miembros que soliciten asistencia y contribuyendo así de manera conjunta a la estabilidad y la protección de los ciudadanos europeos. El momento es ahora.


Soraya Rodríguez es eurodiputada del Parlamento europeo en la delegación de Ciudadanos