La guerra de Ucrania nos ha mostrado una verdad evidente que hemos querido ignorar durante demasiado tiempo: necesitamos ser independientes energéticamente para defender nuestra democracia europea. Debemos dejar de comprar el gas ruso, que alimenta la maquinaria que masacra civiles en las calles de Ucrania.

Ahora, en la crisis, es cuando reconocemos que llegamos tarde a la búsqueda de diversificación y de independencia energética; cuando nos damos cuenta de que nuestras economías se han construido sobre la base de combustibles fósiles y que éstos siguen estando firme -y peligrosamente- arraigados en los patrones de producción y consumo.

No tendríamos las manos tan atadas si hubiéramos tenido la voluntad política de invertir más y antes en autonomía energética, pilar fundamental de la hoja de ruta europea que marca el Pacto Verde. Los que subrayan que las renovables no garantizan el suministro energético por su intermitencia ven ahora que incluso el sol, el viento y el agua son más previsibles que el suministro de gas en manos de un tirano como Vladimir Putin.

El mundo y sus equilibrios geopolíticos han cambiado en cuestión de días. Hace unas semanas hablábamos de cómo las provocaciones del Kremlin en la frontera ucraniana estaban transformando el orden de seguridad europeo. Hoy podemos afirmar que la invasión criminal de Putin en Ucrania ha transformado el escenario global de manera probablemente irreversible.

Todo ello tendrá consecuencias en la geopolítica energética, pero también afecta al multilateralismo y el derecho internacional. Es un punto y aparte en la asunción de paz, el bienestar y la relativa estabilidad posteriores a la guerra fría para Europa, que ahora vemos lo que tenían de espejismo. El Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad, Josep Borrell, se refería a un «despertar» de la ciudadanía europea. Despertamos a una guerra y entendemos, a través de las terribles imágenes que vemos cada día, que la historia avanza con cambios abruptos, a veces inesperados, a veces incontrolables.

Toda medida es necesaria para incrementar la presión sobre el tirano y hacer cambios estructurales

Mientras Putin maquinaba la invasión de Ucrania durante meses, Europa tenía sobre la mesa el llamado paquete Fit for 55, que trata de alinear nuestras políticas con el Acuerdo de París de cambio climático. Con esto la UE pretendía reducir nuestro consumo anual de gas fósil para 2030 en un 30%, equivalente a 100.000 millones de metros cúbicos. Ahora sabemos que esto no es suficiente. Por eso, la Comisión ha presentado, a una velocidad inédita, su plan REPowerEU, una propuesta de directiva que permitiría, en primer lugar, reducir en un 65% la dependencia del gas ruso antes de final de 2022.

No será fácil: estamos, en menos de un año, duplicando el esfuerzo que inicialmente habíamos previsto a lo largo de una década.

Toda medida es necesaria para incrementar la presión sobre el tirano y hacer cambios estructurales que ya eran muy necesarios antes de la invasión de Ucrania. Pero el compromiso en tiempos de guerra no viene sin sacrificios.

Europa afronta este plan en una posición de clara fragilidad. La UE importa el 90% de su consumo de gas, y Rusia proporciona alrededor del 45% de esas importaciones, en niveles variables. Entre los más dependientes del gas ruso se encuentran Alemania, con un 65,2% de sus importaciones, Polonia (54,8%) e Italia (43,2%); aunque son superados con creces por territorios como Letonia (93%), Bulgaria (77%), Eslovaquia (85%) y Hungría (95%).

La propuesta de la Comisión aborda la necesidad evidente de diversificar las fuentes de energía para asegurar el suministro a futuro. Dicho de otro modo, diversificar nuestras dependencias impulsa nuestra autonomía.

Esta búsqueda de diversificación no será fácil: supondrá también asumir contradicciones. Lo estamos viendo con la Administración Biden y la relativización de sus tensiones con países como Venezuela, Irán o Arabia Saudí como herramienta garantizar la estabilidad energética ante el veto de EEUU a las importaciones de gas y petróleo ruso. Deberemos buscar las vías de importación de gas en países como Egipto, Catar y EE UU; Argelia, Azerbaiyán y Noruega tendrán una revitalizada importancia geopolítica a nivel logístico.

Pero el verdadero cambio estructural residirá también en la aceleración de nuestra transición energética, mejorando la eficiencia e incrementando de forma inédita la integración de energías renovables.

No hay otro camino, y eso resulta ahora especialmente evidente. En palabras del Comisario de Medio Ambiente, Franz Timmermans, es “jodidamente difícil”. Pero es posible.

Putin esperaba encontrar una UE dividida y frágil, y se topó de bruces con un proyecto que hoy es más fuerte

Los retos y oportunidades son de una magnitud y una urgencia sin precedentes. Con su agresión criminal, Putin esperaba encontrar una UE dividida y frágil, y se topó de bruces con un proyecto que hoy es más fuerte, más sólido y está más unido que al principio de esta crisis. Europa tiene la capacidad institucional y democrática de lograr la independencia energética y emanciparnos de aquellos regímenes que alimentan el sufrimiento dentro y fuera de sus fronteras. 

El argumento a favor de una rápida transición a la energía limpia nunca ha sido más sólido. La urgencia del Pacto Verde ha aumentado. Pero debemos ser conscientes del sacrificio y el esfuerzo. También, por el hecho de no haber actuado antes y por no haber llevado a cabo algunos de nuestros compromisos para 2020: como el de eliminar las subvenciones a las energías fósiles. Hasta el momento, hemos dirigido enormes esfuerzos económicos a financiar precisamente lo opuesto a la transición ecológica. Solo en 2020 las subvenciones a los combustibles fósiles en la UE ascendieron a 52.000 millones de euros. Entre 2015 y 2018, aumentaron un 6% en el conjunto de la UE y aumentaron en 11 Estados miembros desde 2015.

Ahora nos preguntamos, qué habríamos hecho con esos millones si los hubiésemos dirigido hacia interconexiones, baterías, almacenamiento, I+D, etc. Seguramente no estaríamos en la situación que describe Timmermans.

Debemos asumir este desafío; sobre todo, no tenemos alternativa para ignorarlo.


Soraya Rodríguez es eurodiputada del Parlamento europeo en la delegación de Ciudadanos