Opinión

Putin y Biarritz, donde comenzó todo

Una Matryoshka de Vladímir Putin en un bazar ruso en Atenas. EFE/EPA/ORESTIS PANAGIOTOU

El Mercedes negro con la luz azul en el techo, estacionado en el patio de la casa de la Bólshaya Polianka, no lejos de la Plaza Roja, es un signo infalible de que el ocupante de la casa debe ser alguien importante. También los dos hombres fornidos que ocupan los asientos de cuero negro del coche encajan en el cuadro. En Moscú, esta combinación de vehículo y personal forma parte del equipamiento estándar de las altas esferas, y sirve para avanzar más rápido por el carril de la izquierda en el denso tráfico de la gran ciudad o de cualquier otro lugar.

Valentin Borisóvich Yumáshev es un adinerado hombre de negocios cuya oficina se encuentra en el primer piso de esta casa antigua. En la pared cuelgan, además de retratos de familia, recuerdos de la época en la que todavía intervenía en política de forma activa. Fue en ese mundo donde el antiguo redactor del semanario tradicional Ogóniok, que no tardó en perfilarse como buque insignia de la perestroika y la glasnost, se hizo un nombre, primero como negro de Yeltsin, luego como su mano derecha en el Kremlin y finalmente como yerno del presidente, al casarse en 2001 con su hija menor Tatiana, que de ese modo contraía matrimonio ya por tercera vez.

«Tania y Vlaya», como se conocía a la superpareja en los pasillos del Kremlin ya mucho antes de su boda, poseían una notable influencia en los asuntos del Estado. La familia sigue estando perfectamente conectada hasta hoy dentro de la alta sociedad moscovita. Polina, la hija del primer matrimonio de Yumáshev, se casó, como corresponde, con un oligarca que también amasó su fortuna en la época de las privatizaciones y se cuenta entre los hombres más ricos del país. Por supuesto, Borís Beresovski pertenecía también al círculo íntimo de la familia.

Un funcionario discreto y puntual

Valentin Yumáshev es llamado a la central del poder en 1996 por Anatoli Chubáis, el reformista que, bajo la presidencia de Yeltsin, transforma la oficina del presidente en un efectivo órgano de poder. Y así Yumáshev se convierte en el superior de Vladímir Putin en sus primeros años en el Kremlin. En nuestra conversación de mayo de 2015, el experiodista, ahora rayano en los sesenta, responde a mis preguntas con amabilidad pero también con pies de plomo. En el reparto de tareas de la época, «Putin no era el empleado más importante», afirma. «Pero nos entendíamos muy bien. Era muy apreciado por su fiabilidad y muy eficiente. Trabajábamos día y noche sin parar. Estábamos con el agua al cuello. Desde el punto de vista económico, vivíamos al día».

Putin no era el empleado más importante pero era muy apreciado por su fiabilidad y muy eficiente. Trabajábamos día y noche sin parar. Estábamos con el agua al cuello. Desde el punto de vista económico, vivíamos al día

Valentin Yumáshev, EX SUPERIOR DE VLADÍMIR PUTIN

Resulta imposible hacer planes a largo plazo. Las decisiones políticas se toman en función de la situación concreta y el lobby de turno. Por ejemplo, cuando el ministro de Defensa pide dinero urgentemente para paliar, al menos durante un tiempo, la situación desesperada del Ejército, Yeltsin autoriza el gasto, a pesar de que sus asesores se lo desaconsejan. Simplemente, ya no puede hacer oídos sordos a las quejas estridentes de los generales. Solo le faltaría que los militares se pusieran en su contra. Le han informado previamente de los efectos secundarios de su decisión, y Yumáshev preferiría no recordarlos. «La consecuencia fue que no pudimos pagar las pensiones ni los sueldos de los funcionarios. El programa de privatizaciones ya estaba en su última fase. No quedaba prácticamente nada más que vender».

Según las observaciones del jefe de personal Yumáshev, el nuevo empleado Vladímir Vladimiróvich Putin es un modelo de discreción, habla poco, ofrece buenos resultados, siempre con puntualidad, y tiene un trato correcto con sus compañeros. Por lo que cuentan de su etapa en San Petersburgo, no se mete en política y se concentra en el trabajo. Para moverse entre las diarias intrigas en la central del poder le son de gran utilidad su virtud de no llamar mucho la atención y, en los casos dudosos, su capacidad de mimetizarse con el entorno. Las etapas que atraviesa le van facilitando una visión de conjunto de la situación en la que se encuentra el Estado. Y esa situación no es buena.

No tarda en hacer carrera. Lo nombran jefe del influyente organismo de inspección oficialmente denominado Dirección Central de Control (GKU), una especie de tribunal de cuentas que supervisa el destino de los fondos del Gobierno y comprueba que lleguen adonde tienen que llegar.

El jurista conoce pronto con detalle el nivel de corrupción existente. Putin crea grupos especiales de trabajo y colabora con la justicia y las autoridades financieras para frenar la malversación de los escasos fondos públicos. Poco después, su jefe Yumáshev es nombrado jefe de la administración presidencial, lo que en la práctica le eleva a la segunda posición en el Kremlin, y Putin, a su vez, asciende al puesto de subjefe y continúa su expedición a través del aparato del poder estatal. Ahora, responsable de la relación del Gobierno central con las más de ochenta regiones de Rusia, no tarda en darse cuenta de la impotencia del Gobierno central y toma nota de cómo las mafias familiares o los oligarcas compran a los gobernadores o se colocan a sí mismos en lucrativos puestos clave.

Por razones del servicio, Putin debe ahora reunirse más a menudo con el presidente para explicarle qué problemas hay en el lejano Vladivostok o en Kazán, la capital del Tartaristán, a orillas del Volga. También es el encargado de formular propuestas para la resolución de los conflictos. Viajan juntos de vez en cuando, y Yeltsin empieza a valorar cada vez más a aquel hombre reservado venido de San Petersburgo. A ojos de la «familia Yeltsin», el servicio Federal de Seguridad (FSB), la organización sucesora del KGB, actúa de manera excesivamente independiente e incluso desleal, así que, en julio de 1998, Yeltsin decide nombrar un nuevo director y, sin pensárselo mucho, dicta un decreto nombrando para el puesto al antiguo agente secreto, que en ese momento está de vacaciones. Pero a Putin no le apetece volver a entrar en ese mundo.

Vladimir Putin, durante una reunión con el presidente de Bielorrusia Alexander Lukashenko en el Kremlin. EFE/EPA/MIKHAIL KLIMENTYEV / KREMLIN POOL / SPUTNIK

Me pedían que volviera a aquella existencia paramilitar, con todas las limitaciones que daba por definitivamente superadas desde hacía años

VLADÍMIR PUTIN

«Cuando volví a casa después de las vacaciones y me encontré con aquella situación, no me sentí precisamente entusiasmado». Putin ya había dejado atrás sus dudas de aquella época y consideraba su decisión de dar la espalda al servicio secreto como un punto de inflexión en su vida. «Y ahora me pedían que volviera a aquella existencia paramilitar, con todas las limitaciones que daba por definitivamente superadas desde hacía años. A mi regreso de Alemania había tomado conscientemente la decisión de abandonar ese mundo. Hacía años que llevaba una vida diferente. Y el puesto que tenía en el Kremlin me gustaba».

Reuniones semanales con Yeltsin

Sin embargo accede, con una condición. Rechaza el ascenso a general que le proponen y convence primero a Valentin Yumáshev y luego a Yeltsin de que puede dirigir el organismo como civil. «Tenía una visión muy analítica de la complicada situación, muy distinta a la de los antiguos generales el KGB. Metió en cintura a los clanes enquistados en la organización, la reestructuró y, por encima de todo, se comportó con lealtad. Y eso lo hizo aún más valioso a ojos de Yeltsin», resume Yumáshev para explicar la relación de confianza entre los dos hombres. Vladímir Putin ha llegado a la cúpula del poder y se reúne cada semana con el presidente para debatir sobre los asuntos de actualidad.

Ahora forma parte de la nomenclatura política, con sus reglas específicas. Una vida entretejida en una densa trama de poder concreto y enfocada al cultivo de la propia imagen. Rodeado día y noche de agentes de seguridad, de colaboradores discretos y, en buena medida, de la marcada megalomanía que reina en ese mundo. Sus hijas dejan la Escuela Alemana de Moscú por motivos de seguridad. Ya no hay ninguna cita, ni siquiera privada, sin que antes un comando de seguridad inspeccione el domicilio o el punto de encuentro. La familia no está precisamente satisfecha con el cambio.

Hacía tiempo que quería poner orden. Yeltsin me dio la oportunidad de hacer exactamente eso. El Estado prácticamente no existía

VLADÍMIR PUTIN

El nuevo jefe del FSB hace lo mismo que había hecho siempre. Se concentra en los temas importantes e introduce nuevos empleados en la organización, viejos conocidos de San Petersburgo. Crea un nuevo departamento de delincuencia económica y ordena reorganizar la inspección fiscal. Va generando sistemáticamente los recursos de los que echará mano más tarde en su lucha por la supervivencia política.

«Hacía tiempo que quería poner orden», recuerda Vladímir Putin mientras describe las posibilidades que le ofrecía el nuevo cargo. «Yeltsin me dio la oportunidad de hacer exactamente eso. El Estado prácticamente no existía». Vladímir Putin, como siempre, es pragmático. No está seguro de estar hecho para moverse por las altas esferas. Pero quiere estar preparado si se presenta la ocasión. A nivel privado, las cosas no le van tan bien. Viaja cada fin de semana a su ciudad natal. Sus padres, que lograron sobrevivir al asedio del ejército alemán, ahora tienen casi noventa años y están enfermos de cáncer.

La hecatombe económica de 1998

Durante su segundo periodo presidencial, Borís Yeltsin cambia de primer ministro como de camisa. A veces, porque el Parlamento bloquea sus nombramientos, otras porque el presidente necesita un chivo expiatorio para la miseria económica. Cuando Yeltsin designa a Putin jefe del FSB, el primer ministro es el antiguo ministro de Energía Serguei Kiriyenko, a quien el pueblo pone el apodo de Kinder Sorpresa. Acaba de cumplir 35 años y no dura ni seis meses en el puesto. La crisis llega a su punto culminante en 1998. Los bancos colapsan y el rublo se hunde. Los mineros de Kuzbas, una de las mayores reservas de carbón de Rusia, se declaran en huelga porque llevan meses sin cobrar ni un kopek, y no son los únicos que están a dos velas.

El antiguo jefe del servicio de inteligencia y ministro de Exteriores Yevgueni Primákov sucede a Kiriyenko y llega a aguantar ocho meses. Tiene el apoyo del Parlamento y se convierte cada vez más en un peligro para el presidente. También Beresovski y los oligarcas temen a este curtido estratega que se está posicionando para optar a la presidencia en las próximas elecciones.

Los presidentes de Rusia y Ucrania, Vladimir Putin y Volodimir Zelenski, son los protagonistas de la última obra del artista gráfico urbano LKN, una acción artística contra la guerra ruso-ucraniana con la que el creador navarro ha ilustrado una calle de Pamplona. EFE/Villar López

Yeltsin no está dispuesto a que le hagan sombra y lo sustituye por el antiguo ministro del Interior Serguei Stepashin. Será el periodo de Gobierno más corto de la historia de Rusia. Stepashin dura en el cargo un total de 89 días, hasta principios de agosto de 1999. El último día se dirige al gabinete con brevedad y tono malhumorado para presentar a su sucesor: «Buenos días. No voy a sentarme porque este asiento ya no va a ser mío por mucho tiempo. Esta mañana he hablado con el presidente. Ha firmado mi cese, me ha dado las gracias por mi trabajo y me ha echado. A partir de ahora ocupará mi cargo Vladímir Putin».

«En realidad, mi nombramiento fue bastante extraño». Así describe Serguei Stepashin su fugaz carrera como primer ministro. «Se esperaba que nombraran al ministro de Ferrocarriles Aksenenko. Yo era ministro del Interior y viceprimer ministro. Y de repente Yeltsin me llamó por teléfono y me dijo: le nombro primer ministro. Le pregunté por qué y solo me dijo: lo que se tiene que hacer, se tiene que hacer».

Serguei Stepashin se jubiló en 2015 como presidente del tribunal de cuentas ruso. Es de San Petersburgo y conoce a Putin de la época en que ambos vivían allí. Nacido en el mismo año, Stepashin también se hizo mayor en el aparato de seguridad soviético. Durante la intentona golpista contra Gorbachov de agosto de 1991, era diputado de la Duma y demostró lealtad poniéndose del lado de Yeltsin y Gorbachov. Tras ello, Yeltsin le encargó investigar hasta qué punto el KGB estaba implicado en el golpe, y luego lo nombró director del servicio de inteligencia FSB, que por entonces, en 1994, todavía no se llamaba así.

El candidato perfecto

La «familia» de Yeltsin busca desde hace tiempo un candidato adecuado, capaz no solo de ocupar el cargo de primer ministro en esos tiempos difíciles, sino también de presentarse como sucesor del presidente enfermo. El nombre de Vladímir Putin suena cada vez más. Las mismas razones que convencieron a Valentin Yumáshev al principio de su colaboración en Moscú convierten al jefe del FSB en claro favorito. Su carácter reservado y los resultados palpables de su trabajo. Un elemento fiable en medio del caos imperante.

Putin era leal, eficiente y, en apariencia, carente de ambición. Su influencia es limitada y prácticamente no tiene seguidores

Leal, eficiente y, en apariencia, carente de ambición. Su influencia es limitada y prácticamente no tiene seguidores. En resumen, todo hace pensar que sería un candidato fácil de manipular, y por lo tanto idóneo para administrar los intereses del círculo de Yeltsin. Borís Beresovski, el amigo de la familia, participa en las deliberaciones sobre el sucesor.

«Por entonces discutíamos sin parar sobre quién podría ser el próximo primer ministro. Y éramos conscientes de que, si queríamos evitar una transición accidentada, el hombre que ocupase esa posición debía ser también el próximo candidato a la presidencia. Yeltsin ya se había decidido por Putin antes del nombramiento de Stepashin», recuerda Valentin Yumáshev esa tarde en su oficina de la Bolshaya Polianka, intentando rebajar el peso de Beresovski en la «familia Yeltsin». «Pero Yeltsin, pensando en términos estratégicos, prefirió evitar que Putin se quemase en la situación agitada del momento. Por eso nombró primero a Stepashin primer ministro y dejó que se desgastara. Beresovski se subió inmediatamente a un avión, fue a visitar a Putin durante sus vacaciones y le dijo: Vas a ser el próximo presidente. Lo hizo como si fuera él quien había movido los hilos. Ese era su modelo de negocio. Siempre traficaba con información parcial para conseguir a cambio fidelidad y agradecimiento».

La oferta en unas vacaciones en Francia

Cuando hablamos en Londres poco antes de su muerte, Beresovski no recordaba las cosas así. Según él, viajó a Biarritz a ver a Putin por encargo del presidente para conocer personalmente la postura del candidato. Putin confirma la visita relámpago del oligarca. «Sí, Beresovski fue a verme. Lo que me dijo me sorprendió, pero por supuesto sabía que era un hombre muy influyente». La oferta le resulta inesperada. No está seguro de ser el hombre adecuado para la tarea, y, de regreso en Moscú, comparte sus dudas con Yeltsin. Este le responde: «Piénseselo y volvemos a hablar dentro de un tiempo».

En aquella época de crisis, ser recomendado por un presidente en horas bajas no equivale precisamente a una garantía de éxito

Pero ese tiempo será breve. Aparte de los ocasionales accesos de inseguridad, Vladímir Putin también intenta valorar objetivamente sus posibilidades como delfín. En aquella época de crisis, ser recomendado por un presidente en horas bajas no equivale precisamente a una garantía de éxito. La autoridad de Yeltsin se erosiona a ojos vistas día a día, y por supuesto Putin tiene muy en cuenta la costumbre presidencial de sacrificar al primer ministro de turno en cuanto se siente acorralado. La búsqueda de un sucesor sólido no obedece a un deseo sino a una necesidad.

«La opinión mayoritaria entre la oposición y el Parlamento era que cualquier candidato propuesto por Yeltsin tenía todas las de perder», recuerda Putin antes de recapitular el proceso que le llevaría a tomar una decisión. «Por un lado, me parecía imprescindible poner freno a la desintegración de las estructuras del Estado. Era cuestión de supervivencia, y estaba convencido de que había que hacerlo. Desde el punto de vista económico, era imposible volver a la Unión Soviética. Por otro lado, no tenía claro que yo fuera la persona idónea para esa labor».

Pero finalmente accede. La decisión implica para él un cambio radical de actitud. Mientras era jefe del FSB, la naturaleza del cargo exigía una invisibilidad total fuera de las tareas del servicio. Esa regla encajaba perfectamente con su personalidad. Nunca le había gustado mostrar su lado interior. Incluso a su mujer Liudmila no le había contado que trabajaba para la inteligencia exterior hasta poco antes de la boda. Ahora, como presidente, deberá cambiar por completo de talante.

Imágenes y camisetas con el rostro de Vladímir Putin y el símbolo Z en su apoyo en una tienda en el centro de Moscú. EFE

Héroe nacional y tipo duro, su nueva piel

Vladímir Putin se convierte en un personaje público que, por motivo de su cargo, debe ser visible cada día y adoptar distintas imágenes para mantenerse en el poder, y serán muchos los roles en los que tendrá que sumergirse. Ante todo, deberá asumir el papel de héroe nacional con aires de tipo duro, una imagen muy apreciada en Rusia y diametralmente opuesta a del anciano enfermo y alcohólico Yeltsin. Ya por entonces no le interesaba el efecto que esto pudiera causar en Occidente. «No me presenté al puesto de canciller de Alemania», afirma burlón, «sino solo al de presidente de Rusia». En cuanto a su vida privada, la mantendrá todavía más oculta que antes. Le desagradan las exhibiciones públicas de los presidentes estadounidenses como Barack Obama con su mujer e hijas.

Mantiene su vida oculta. Le desagradan las exhibiciones públicas de los presidentes estadounidenses como Barack Obama con su mujer e hijas

En agosto de 1999, unos días antes de que Yeltsin lo designe primer ministro, muere su padre. Su madre tampoco verá ya el imparable ascenso de su hijo. Ya hacía unos meses que había muerto de cáncer. En el funeral celebrado en San Petersburgo solo comparecen, además de la familia, una docena escasa de amigos. Ellos forman la red informal en la que el futuro líder de Rusia se apoyará en los próximos años. La votación en el Parlamento ruso sobre el quinto primer ministro en 17 meses transcurre sin obstáculos. Unos meses más tarde, el 31 de diciembre de 1999, el presidente Borís Yeltsin renunciará al cargo anticipadamente y nombrará sucesor a Vladímir Vladimiróvich. A este le espera un reto de enormes dimensiones. Apenas una década después del fin de la Unión Soviética, Rusia se encuentra en una situación desesperada.

Las estadísticas solo reflejan una parte de la realidad de Rusia a las puertas del tercer milenio, escribe el antiguo economista jefe del Banco Mundial Joseph Stiglitz antes de presentar un puñado de cifras escalofriantes. En 1989, todavía en época soviética, solo el dos por ciento de los rusos vivían por debajo del límite de la pobreza, fijado en dos dólares al día. Una década más tarde, el porcentaje ha aumentado a casi una cuarta parte de la población, y más del cuarenta por ciento de los rusos disponen de menos de cuatro dólares al día para vivir. Más de la mitad de los niños vive en familias catalogadas como pobres. La industria rusa produce un 60 por ciento menos que diez años atrás. Incluso «la cabaña ganadera se ha reducido a la mitad», relata el premio Nobel Stiglitz. El punto de partida de Vladímir Putin no puede ser menos halagüeño.

Un informe redactado por analistas en torno a la figura del nuevo presidente, que circula internamente por la cúpula de un gran banco ruso, no prevé cambios de gran calado para el futuro próximo. Las cosas van a seguir más o menos igual: «En los últimos diez años, Putin se ha limitado a ejecutar órdenes ajenas. No tiene experiencia en toma de decisiones políticas y solo cuenta consigo mismo. Todavía se siente abrumado por la generosidad de Yeltsin. Tiene mentalidad de subordinado y depende del clan de Beresovski». Una predicción casi tan certera como los pronósticos de la prensa alemana para la reelección de Putin en 2012.


Hubert Seipel es ex editor y corresponsal extranjero de STERN y Der Spiegel. Este texto es un extracto de «Putin, el poder visto desde dentro», publicado en España por Almuzara.

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