Si alguien tiene aún dudas sobre por qué el PSOE ha sufrido un duro revés en Andalucía no tiene más que escuchar las declaraciones de Adriana Lastra para comprenderlo. La portavoz socialista dijo tal sarta de tonterías en la noche electoral, que ni el socialista más acérrimo pudo evitar un sentimiento de vergüenza ajena. No sólo achacó los resultados del PP a las ayudas que ha recibido Andalucía del Gobierno de Pedro Sánchez, sino que ni siquiera tuvo la deferencia de felicitar a Moreno Bonilla.

En fin, podríamos atribuir esa lamentable rueda de prensa al cabreo del momento, o al sectarismo más que acreditado de la portavoz socialista, pero no. El PSOE parece no haberse enterado de lo que ha ocurrido el 19-J. Ayer mismo, ya con la digestión hecha de los 58 escaños del PP, el propio Sánchez aseguró en la reunión de la ejecutiva de su partido que «el Gobierno está fuerte y hay legislatura hasta el final. No hay cambio de ciclo». ¿Autocrítica? Nadie se atrevió a hacerla. Al menos en esa reunión.

Algo que distingue a los grandes políticos de los mediocres es que los primeros saben reconocer sus errores. Recuerdo la frase con la que Felipe González encajó los resultados de las elecciones de junio de 1993, en las que su partido obtuvo 159 escaños (16 menos de los que tuvo en las elecciones de 1989). El entonces presidente del Gobierno dijo: «He entendido el mensaje». Luego no llevó a la práctica «el cambio del cambio» que prometió, lo que pagó con creces en 1996, pero, al menos, González asumió que los resultados sirven, entre otras cosas, para sacar conclusiones de los propios errores.

Ciudadanos no hizo balance de por qué los electores abandonaron el partido en masa entre abril y noviembre de 2019. Albert Rivera se marchó entre lágrimas e Inés Arrimadas prefirió «mirar hacia adelante», como si nada hubiera pasado. Ahora, tras los resultados en Andalucía, Ciudadanos es ya un partido zombi.

A Sánchez debería preocuparle que nadie de la dirección socialista, públicamente al menos, haya reclamado una explicación razonable al fracaso del PSOE y de toda la izquierda en Andalucía, más allá del argumentario cutre de Lastra. ¿Cuál es el análisis político de verdad, serio, sobre la barrida en pelo de la derecha en Andalucía?

Algunos políticos sólo se miran al espejo cuando se encuentran guapos. Eso es lo que le pasa al presidente del Gobierno.

Pero eludir la realidad, evitar hablar de los problemas, no hace que las cosas cambien por sí mismas, sino que, por lo general, las empeora.

Un dirigente socialista comentó tras conocerse los resultados del 19-J: «Sánchez no suma y Yolanda no tira»

Tras el 19-J, el ambiente que hay entre los barones y alcaldes socialistas es más bien funerario. La sensación generalizada es que Sánchez se está convirtiendo en un lastre. Y quedan diez meses para las autonómicas y municipales. Uno de los dirigentes díscolos comentaba en la misma noche electoral: «Sánchez no suma y Yolanda no tira».

Porque ese es el otro aspecto de la derrota de la izquierda en Andalucía. Si la caída de tres escaños del PSOE se hubiera compensado con tres más en los partidos a su izquierda y estos no se hubiesen hundido, el resultado hubiese sido mucho más ajustado. Pero la caída del PSOE es más dramática aún porque su izquierda se está deshaciendo en pedazos. ¿Con quién va a Sumar Yolanda Díaz? Su marcha en Andalucía ha quedado muy tocada. En Valencia, mejor no hablar de Mónica Oltra. En Madrid, veremos si Mónica García está dispuesta a convertirse en un peón en la estrategia sumatoria de la ministra de Trabajo.

El PSOE cometió un error de libro al querer convertir las elecciones andaluzas en una trinchera «contra el fascismo». El miedo a Vox sólo ha favorecido el voto útil al PP. Ni el PSOE ni la extrema izquierda se dieron cuenta del cambio tranquilo que se había producido en Andalucía. En realidad, el 19-J ha significado la derrota de los apocalípticos. No sólo han sido un correctivo para los que auguraban un «recorte de derechos y libertades», sino también para los que, con Macarena Olona a la cabeza, llamaban a una «guerra cultural» contra la progresía destructora de los valores tradicionales.

Aunque Sánchez no quiera escucharlo, en Andalucía se ha castigado la soberbia y el oportunismo. Soberbia desde el Gobierno, que nunca ha intentado de verdad pactos de estado con el principal partido de la oposición. Oportunismo por las cesiones que se han hecho a los independentistas catalanes, nunca pensando en el bien de España, sino en el mantenimiento del poder. El rechazo al indulto ha sido en Andalucía más alto que en el resto de las autonomías. Una parte de ese rechazo procede de votantes socialistas.

Si a esto le sumamos una situación económica que amenaza tormenta, con una inflación disparada y los precios de los combustibles y la electricidad por las nubes -a pesar de las promesas del Gobierno de que bajarían-, tenemos un cuadro bastante exacto de por qué el PSOE ha bajado del millón de electores en Andalucía.

El argumento de que ese resultado no se puede trasladar a nivel nacional es tramposo y endeble. Si el PSOE hubiese ganado las elecciones, Sánchez se habría apuntado la victoria como propia. Tal y como hizo, por ejemplo, en Cataluña.

Lo quiera o no, lo reconozca o no el presidente, el drama para él es que sí, que en Andalucía se ha consolidado un cambio de ciclo.