De los centenares de lemas, consignas, eslóganes y spots publicitarios que acompañaron el periplo olímpico de Barcelona, me quedé con este: Volem fer-ho bé («Queremos hacerlo bien»). Era a mi entender la síntesis perfecta del pundonor, amor propio, orgullo de ciudad; en definitiva, la expresión de una ciudad cómplice consigo misma que después de años de preparación se disponía a presentarse al mundo en aquella inolvidable tarde-noche del 25 de julio de 1992.

Fue sin duda nuestro mejor momento. Recreo ahora una imagen que no viví personalmente, pero que ha explicado muchas veces uno de los cómplices necesarios de aquella maravillosa aventura, Joaquim Nadal, el gran alcalde de Girona, como Maragall lo fue de Barcelona.

Ya se habían apagado las luces del Estadio Olímpico y Pasqual Maragall, con un pequeño grupo de amigos, decidió ir a cenar a un popular restaurante en la Plaza Prim del Poble Nou, llena a rebosar en aquella calurosa noche de ciudadanos de los que con toda seguridad casi ninguno había asistido a la ceremonia olímpica: no hacía falta.

Explica Nadal que cuando  Maragall entró en la plaza, con la pose socarrona y despistada que siempre le ha caracterizado, todos los asistentes espontáneamente se levantaron de sus sillas y aclamaron al alcalde olímpico. Nadal se emocionó: aquella ovación era un autohomenaje que todos nos dábamos. Se simbolizaba en Pasqual el reconocimiento que Barcelona, los barceloneses, nos dábamos a nosotros mismos. Efectivamente, Ho havíem fet bé, lo habíamos hecho bien.

Cuánta nostalgia, y cuánta necesidad de un compromiso renovado: habrá que tornar a fer-ho bé. Es la deuda que todos tenemos con el legado del 92.


Albert Batlle. Concejal del Ayuntamiento de Barcelona (1983-2003) y vicepresidente de Units per Avançar