Desde mi retiro estival en las Baleares veo sobrevolar sobre mi playa de aguas cristalinas el Falcon que conduce a nuestro presiente rumbo a la Mareta en Lanzarote después de haber despachado con Felipe VI en Marivent y haberse despachado con todos los españoles con el decreto de ahorro energético de obligado cumplimiento, esta vez parece que con Cataluña incluida, aunque podría no aplicarse en el País Vasco. Ya sabemos que en el País Vasco los aires acondicionados operan a la temperatura que les da la gana, que para eso son de Bilbao. 

El ruido de sus dos motores me despierta de mi letargo y me suscita numerosas preguntas en estos atribulados días en que el imperativo energético compite con una ola de calor en toda la península, lo que nos pone a todos en guardia. Ahorro de energía sí, pero no sin mi aire acondicionado a 20 grados. 

Es esta paradoja para mí el epítome de la sociedad del bienestar en que vivimos en toda Europa y que, espero confundirme, puede que nos lleve a la ruina sin remisión, a una decadencia en Europa como la que ya vivimos con la caída del Imperio Romano. 

Pero antes necesito responderme a las preguntas que el sonoro Falcon me suscita a su paso por mi playa. Preguntas, por otro lado, bastante retóricas porque no cabe otra respuesta, conocido el decreto energético, la pasión por la sostenibilidad de nuestro gobierno y su contundente foco en el cumplimiento de la ley, que un alto y claro “sí por supuesto”. 

¿Volará nuestro Falcon con combustibles sostenibles como el bioetanol? Con ello podríamos asegurar a la ministra Ribera que con sus dos motores no generamos una huella de carbono indecente a su paso por la península para conducir a nuestro presidente a su descanso estival en Lanzarote. Sin dudarlo me respondo que sí, que ha de serlo. De otro modo estaríamos despilfarrando un preciado y carísimo queroseno además muy contaminante que se podría haber ahorrado volando en línea regular, eso sí, si el ansiado descanso presidencial hubiese tolerado una escala en Madrid. 

Respondida la primera pregunta me asalta de nuevo otra duda. ¿Una vez en La Mareta, la temperatura de las estancias estará forzosamente regulada a 27 grados en cumplimiento del Real Decreto? De nuevo me respondo de manera contundente con un «sí, por supuesto» que me hará dormir una mejor siesta al tener la certeza que en España, las leyes son de obligado cumplimiento para todos sin distinción. Y es que al tratarse de un edificio de titularidad pública parte del Patrimonio Nacional como lo es el Palacio Real o la Alhambra de Granada debe mantener a sus ocupantes, normalmente funcionarios públicos (y el presidente lo es) a dicha temperatura.

De repente, me asalta la tercera de mis dudas. ¿Serán solo de obligado cumplimiento los 124 decretos promulgados por el gobierno de Sánchez, pero no así las leyes votadas por todos los partidos en el Parlamento? De nuevo no cabe otra respuesta que la afirmativa. Porque, si no, ¿cómo se explicaría que un Gobierno tan comprometido con el cumplimiento de la ley hubiese dejado pasar de manera tan reiterada el cumplimiento de una Ley que obliga a impartir en castellano al menos un 25% de la enseñanza en Cataluña? Y peor aún, cuando, después de sancionada incluso por el Tribunal Supremo, se somete sumisamente a los dictados de los nacionalistas para su no aplicación. 

Gracias a las positivas respuestas que yo mismo encuentro puedo disfrutar de una agradable siesta, a cuya vuelta, de nuevo me inquieto cuando vuelve a mi cabeza la idea de la caída del Imperio Romano. 

Este degenerado Estado de Bienestar prefiere gastar y gastar en remedios y clamar porque haya más medios en vez de invertir en prevención

Y es que el Estado del Bienestar europeo, como lo fuera en el Imperio Romano, se está convirtiendo a su vez en la fuente de nuestra propia decadencia. 

Queremos una Europa limpia, sostenible y barata a la vez, pero por si fuese poco la queremos sin que tengamos que hacer esfuerzo alguno, es decir manteniendo los aires acondicionados a 20 grados, y nuestros jardines bien regados.

Queremos utilizar energías limpias desterrando los hidrocarburos y por supuesto la energía nuclear, pero rechazando de plano que en nuestros pueblos se instalen más aerogeneradores porque contaminan nuestro incomparable paisaje y generan un tremendo estrés a nuestras aves autóctonas. Por supuesto criticamos a los vecinos que instalan placas solares porque son feas y al agricultor de al lado que sustituye viñedo por una fotovoltaica porque contribuye a la España despoblada. 

Nos llevamos las manos a la cabeza e incluso nos enzarzamos en denuncias políticas y judiciales por los incendios que nos asolan, pero impedimos por todos los medios la prevención no permitiendo que el campo se limpie y se desbroce, que las vacas pasten, que se recojan las piñas en los pinares para no alterar con ello el estado primigenio de la naturaleza. 

¿Es hipocresía? O tan solo una consecuencia de este degenerado Estado de Bienestar que prefiere gastar y gastar en remedios y clamar porque haya más medios en vez de invertir en prevención.

No puede ser hipocresía, porque los españoles ni los europeos lo somos. Solo puede ser consecuencia de este Estado de Bienestar protector que todo debe resolver en minutos y sin límite de gasto (ahora que todos sabemos que el dinero público no es de nadie). Queremos por todos los medios detener esta absurda guerra que tanta tristeza, devastación e incertidumbre está creando a las puertas de Europa y a la vez financiamos a ambos bandos de manera simultánea, comprándole energía a uno y donándole armas al otro. 

Son las paradojas de la sociedad europea. Sé que el arte de la política es un arte tan antiguo como complejo del que no sé calcular ni siquiera el primero de sus movimientos, pero creo que en alguna sección del manual incluir el sentido común, la resolución de las paradojas de manera sensata pero clara y el mantenerse fiel a los principios no vendría mal para hacer esta nueva política de liderazgo y fortaleza europeos. 

Suenan ya no tan lejanos los tambores de la desaceleración económica, los de desempleo y los apuros de fin de mes. Se ha extendido la idea de que pasada la desconexión veraniega todo serán problemas. Esperemos que se quede en malos augurios, aunque el coctel de la inflación, tipos de interés altos y debilidad cambiaria del euro, mezclado con el ambiente electoral en ciernes con regalías y déficits galopantes y coronado por una incertidumbre internacional como pocas veces se vio puedan devenir en una seria resaca. 

Los que confiamos, aunque seamos críticos en el papel moderador de Europa, confiemos en que como parte del cóctel no se permita a nuestros políticos echar unas gotitas de esa burundanga de subvenciones, favores y regalías que no nos deje ver la realidad de manera objetiva.