Marlaska ya estaba ahí cuando Pedro Sánchez hizo no un Gobierno sino un casting, aquello entre isla de famosos, all star y musical de gatos. Había nombres más de revistero que de ministerio, había pesos pesados orgánicos e históricos que parecían viejos jardineros de la casa, había personajes chusqueros que ya posaban en las fotos de reojo, y había perfiles funcionariales o técnicos, que es una manera de intentar que la política se confunda con la ingeniería, como ya hicieron Franco o Luis XVI. Para esto suele venir bien meter a un juez de ministro, que es como llevarte la misma balanza de la Justicia, balanza de pesar almas como diamantes, y convertirla en báscula de un fielato. Si había ministerios que pesaban y repartían hormigón, podía haber ministerios que pesaran y repartieran justicia o sensación de justicia. Lo sabía Felipe González, que respondió a la corrupción fichando jueces, y también lo sabe Sánchez, que quizá necesitaba jueces como el equipo que necesita porteros. Puede parecer que Marlaska está quemado, pero para Sánchez sigue siendo el último defensor o el último alabardero.
El juez político, el político juez, al que vemos pasando a la ida y a la vuelta con su balanza mitológica como el que lleva una jabalina o una cornucopia, transportando el sello sagrado de la justicia desde la filosofía del derecho a la fea política, yo creo que es la versión moderna de meter curas o generalones en un gobierno. O sea, un intento de ponerle trascendencia y eternidad a la política que va un poco más lejos que la mera tecnocracia, que poner a un ingeniero de caminos o a un astronauta, cosa que también hizo Sánchez, que rellenó su primer Gobierno como de todos los personajes de la comedia del arte o del arte de la comedia.
Como digo, cuando a Felipe González empezaban a asfixiarlo Filesa, los fondos reservados y la barba de Juan Guerra, mojada en café con leche como la de un pordiosero, le dio por fichar jueces, esa manera de comprar justicia para tu vitrina como se compra un recuerdo de Talavera. Ahí estuvo Baltasar Garzón, que deseaba más que nada en el mundo ser ministro, o sea llevar la justicia como un estandarte o una custodia por la política y por el mundo (sigue igual), pero González sólo lo quería para hacer bonito en el mueble, como un marco plateado o un pastor con pífano. Sin embargo, el juez importante fue Juan Alberto Bellock, ministro al que le tocó lavar el sucio caso Roldán, todo meados y vomitonas. Marlaska también está siendo el encargado de lavarlo casi todo con Sánchez, y por eso sigue ahí, presidiendo el comedorcito como el recuerdo talaverano que sobrevive al tiempo, al pudor, a los conflictos y a la abuela.
Sánchez puso a dos jueces en aquel primer Gobierno de estrellitas y halcones, que ahí siguen, como una pareja de pastorcillos en el mueble bar
Sánchez puso a dos jueces en aquel primer Gobierno de estrellitas y halcones, Margarita Robles y Marlaska, que ahí siguen, ya ven, como una pareja de pastorcillos en el mueble bar. Lo que pasa es que Robles no hace de juez, se nos olvida que es juez, parece ocupar en el Gobierno sólo una plaza de funcionario de museo, encargada de echarle un ojo o una llave al patrimonio institucional. Y esto a pesar de que Robles también tuvo un alto cargo con González, que es algo que ya te hace imposible no sólo la inocencia sino la inocuidad. Pilar Llop, la actual ministra de Justicia, también es juez, pero está en su gremio, como el ministro ingeniero, un poco tratando el hormigón de la justicia en su hormigonera. Marlaska, sin embargo, además de estar ejerciendo siempre, santificando de justicia las barbaridades de Sánchez, está en ese mismo sitio oscuro y encontradizo en el que estuvo Bellock, esa especie de lavandería moral de los asuntos políticos, o batallón político-moral de los asuntos policiales, en que se convierte el ministerio del Interior cuando el ministerio lo lleva un juez iluminado, con su cosa de ministro de la Iglesia pegado al brazo secular.
La sorprendente supervivencia de Marlaska, al que se le acumulan los escándalos y las polémicas como a Sánchez los apocalipsis, yo creo que viene de una combinación singular de su carácter y de su alta misión, de la manera carismática de ejercer su sacerdocio, de ser como el cura castrense capaz de avenir a Dios con las pistolas. Marlaska es como ese cura o santo con pistolas que se puede cargar al coronel López de los Cobos por no facilitar al Gobierno información sobre las investigaciones que le afectaban, y luego seguir, como si tal cosa, después de santiguarse. Igual, puede acercar etarras, o llenar el organigrama policial de comisarios ideológicos, literalmente, como aquel que llaman Lenin, y seguir pareciendo un fraile limosnero. O puede permitir que se filtren documentos falsos que culpen a los propios miembros de Ciudadanos de ser acosados en la cabalgata del Orgullo, sin dejar de ser un prócer de la comunidad, de la decencia y de la pulcritud. O ponernos a un mando de la Guardia Civil confesando que trabaja para minimizar las opiniones contrarias al Gobierno en las redes, y que eso parezca una errata. Puede, incluso, que la gente muera o sea asesinada en nuestras fronteras, sin que pueda considerarse “ningún hecho trágico”.
Marlaska, quemado y apagado una y otra vez, en cada escándalo, en cada cataclismo, sobrevive, cree uno, porque es exactamente como Sánchez. Los jueces, que parecen bendecir los gobiernos como los curas que bendicen los cañones, suelen ser siempre útiles e incluso poderosos, tienen a la vez algo de decorativos y absolvedores, como los grandes crucifijos de alcoba o de lápida. Sin embargo, yo creo que el secreto de la supervivencia de Marlaska es la superstición. Yo creo que Sánchez ha unido su destino, su camino, su aspiración de inmortalidad, a Marlaska, un poco a lo Dorian Gray. Yo creo que Sánchez se siente vivificado e inspirado viendo que incluso Marlaska, que parece muerto en su ministerio hace mucho, como un tecnócrata de Franco, sigue ahí en pie. Artificialmente, milagrosamente, incomprensiblemente, descaradamente, pero sigue en pie. Exactamente como el propio presidente. Marlaska no sólo es la última defensa de Sánchez, sino su último reflejo, su última esperanza.
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