Hay gente furiosa y trágica porque Ayuso ha querido vender la Comunidad de Madrid con mentira, bonito, exageración y telenovela de tacones altos, copas de balón con eclipse solar y cenas con escalinata hasta el borde de la sopera y de los omóplatos femeninos. En realidad, el turismo no se puede vender con verdad y menos con mierda, ni siquiera la mierda santa del Ganges o la mierda decadente y goteante de Venecia. La publicidad no es un reportaje ni un documental, sino una fantasía. Algunos nos quedamos para siempre con eso de los limones salvajes del Caribe, aunque en el trópico no hay limones, ni salvajes ni amansados, sólo importados o subliminales. Pero la fantasía tiene que vender, claro. Aquellos limones vendían desodorantes y el personal salía asalvajado y caribeño tras las cortinas de la ducha como tras una cascada, aunque estuviera en Briviesca. El fallo del anuncio de Ayuso es que no vende fantasía, sino lujo obvio, lujo al peso. Y el lujo así, como mera vulgaridad, no lo compran ni los que están acostumbrados a él. O sea, que el anuncio no tiene clientes.

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