Opinión

EL GOLPE

La izquierda en papamóvil

Yolanda Díaz, en el Congreso.

Yolanda Díaz, en el Congreso. EP

Nos vamos de vacaciones de Semana Santa (quien se vaya) con el único ángel de Yolanda Díaz, que ya hasta se viste de ángel en el Congreso, con jersey o chaqueta de plumas, con gran manga ancha de ángel arpista y arremangadizo, y va desplumándose al caminar como un almohadón. Esta Semana Santa de pescado caro y luz barata, propicia para el alumbrado y las sopas, ya sólo nos queda la guía de Yolanda, que hasta el papa Francisco está delicadillo para ejercer de papa o de rojo y lo hemos visto montarse en el papamóvil ya como en una nube. Con Yolanda sólo nos salen advocaciones religiosas porque lo suyo es religión, religión de plumas y religión de plata, y por eso va a hacer su presentación el Domingo de Ramos, entre gentío, cereal y medallitas. Con esas mangas anchas en las que caben toda la izquierda y todo el Cielo, Yolanda nos bendecirá con mucha soltura y así nos olvidaremos de la inflación, de los incendios, de las pensiones, de Ana Obregón, de Podemos, del tito Berni, de la Guardia Civil y, sobre todo, de Sánchez, que es el santo patrón de todo esto.

Mientras a los cristos les peinan tirabuzones de sangre y les barnizan costras de oro, mientras las vírgenes siguen llorando puñalitos subidas a sus montes de encaje, bajo luces como de forja, seguirá la gran campaña, la campaña eterna que es como la lucha eterna por salvar o estafar almas. La campaña no se para ni por los entierros de los dioses, que se entierran como reyes mendigos, desnudos y riquísimos, ni por los entierros del españolito, que ahora parece que todos hemos muerto bajo el carrito de la compra como arrollados por una cosechadora. Nos iremos de vacaciones (quien se vaya) con la calculadora en la cabeza igual que el que va con el lápiz en la oreja, contando los garbanzos y huyendo de la lubina como de un tiburón jurásico, mientras nos dicen que la inflación va mejor, aunque no se note, y que el ministro Escrivá ha garantizado las pensiones como para los próximos 50 años, sólo con su bendición, sólo con el incensario de su cabeza, que es verdad que mueve como un incensario. Van a vendernos el milagro, otra vez, pero es lo que se hace siempre por esta época, vender el milagro y la torrija.

Nos iremos de vacaciones (quien se vaya) sospechando de los guardias civiles que acompañan a las procesiones como si fueran romanos de Marlaska, de María Gámez o del tito Berni, que ni la Benemérita va a sobrevivir al sanchismo como siga la cosa así. Ya digo que los dioses mueren ensartados en rejas sevillanas y el españolito muere comiendo triste arroz a la cubana, pero Marlaska sobrevive. Sobrevive al Supremo, a López de los Cobos, a Pegasus, a Melilla, al Mediador que tiene pinta de comer diputados y ministros, y a aquella cinta de correr que le compramos y que costaba casi lo que un tanque. Ya creo que he dicho alguna vez que Marlaska durará seguramente lo que dure Sánchez, o sea hasta la última cena, así que seguirá siendo su coracero juramentado, como un coracero de la Macarena. Y cuando por fin se vaya lo acompañarán cuatro generales de la Guardia Civil como los cuatro duques que acompañaban a la reina María de las Mercedes en la tonadilla, o los tres que acompañaron a María Gámez, apostando su tricornio a que no hubo trinque.

Esta Semana Santa queremos escapar de los políticos, quien se pueda escapar, pero los políticos nos alcanzarán como nos alcanza siempre la lenta procesión, aunque vaya al paso de sus flores y saetas

Diría que está todo el sanchismo para procesionar, no sólo sus civilones con entorchados de tenebrario ni sus ministras con borriquita, sino hasta el propio Sánchez, que ha procesionado un poco en China, con esa cosa de pagoda ambulante que tiene él cuando se mueve. Nos iremos de vacaciones (el que se vaya) y Sánchez seguirá salvando al mundo con su política exterior de enseñar cuadros y palacios o de mandar tanques llenos de arena como un volquete; con su socialdemocracia de guayabera también anchota, como las mangas de Yolanda, y que cuando nuestro presidente abre los brazos le da un aire de Cristo del Corcovado. Yo creo que a Sánchez apenas le hace falta un sobredorado para salir ya a la calle como un cristo berenjena, con cofradía de jóvenes y petanquistas, larga penitencia de señoras y Bolaños llevando una varita de plata por delante. A Bolaños ya lo vimos ayer con la varita o con el clarinete (esa cosa que tiene de tocar el clarinete en la banda de música de la Moncloa), asegurando que Feijóo no sabe de nada ni tiene criterio de nada. Digo yo que, en todo caso, Feijóo ahora sería un poco como Sánchez pero sin su capacidad de destrucción.

Esta Semana Santa queremos escapar de los políticos, quien se pueda escapar, pero los políticos nos alcanzarán como nos alcanza siempre la lenta procesión, aunque vaya al paso de sus flores y saetas. Yo creo que se han repartido la Semana Santa igual que si fueran cofradías, empezando por Yolanda Díaz, que ya está ahí, incluso antes de su Domingo de Ramos, en el Congreso como en la capilla, con rayos en las manos y en los ojos, como un azulejo de la Virgen de una casa de folclórica. Nos iremos de vacaciones (el que se vaya) y veremos a los de Podemos en los sanedrines, al tito Berni en los mesones, y a Sánchez negándose tres veces a sí mismo, en un alarde no de contradicción sino de ubicuidad. Es el tiempo de los prodigios encarnados y de las resurrecciones cíclicas, como es cíclico el olvido.

Sale Yolanda Díaz de la izquierda en llamas como un ángel del Cielo en llamas, sale de la izquierda enferma como un papa de las sábanas o del papamóvil, sale emplumada como un Espíritu Santo de angora y sale enlozada y radiante como un Corazón de Jesús de comodita. No es ella ni es la gente, sino que es Sánchez quien espera que se obre el milagro de siempre, ese milagro campanero que nunca se realiza y por eso sigue vendiéndose y campaneando. La izquierda le roba al cristianismo la mitología, la ceremonia y las alas de plumón o de nube, como el cristianismo se las robó al paganismo, y ahora al españolito le va a robar hasta el descanso. El que lo tenga.

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