Opinión

Ser pobre es un asco

Mirando al mar, los veleros relucientes y los envidiables bronceados de sus tripulaciones, es inevitable darle vueltas a la frase de nuestro anfitrión, capaz de poner de acuerdo a quienes nadan en la abundancia y a los que no tienen un duro

Estampa de la regata clásica de Puig, el pasado viernes ante Barcelona.

Con su vieja moqueta de cuadros escoceses, las paredes paneladas de madera y las banquetas de bambú de su bar, el Real Club Náutico es uno de los pocos lugares de Barcelona que permanece ajeno a la aceleración turística de la ciudad. Sentados en su terraza podría parecer que nada ha cambiado desde la inauguración de su actual sede, hace casi sesenta años. Entre el bamboleo de mástiles se ve un perfil clásico de Barcelona: el monumento a Colón, la torre brutalista de los 70 que también lleva el nombre del hoy cancelado descubridor de América y los antiguos edificios portuarios.

Hace falta asomarse para ver a mano izquierda la escultórica pasarela del Maremagnum, el centro comercial que se construyó a la espalda del Náutico en los 90. Un poco más allá sobresale circunstancialmente la mole desmesurada del Valiant Lady, el buque de 17 cubiertas y 1.330 camarotes de Virgin Voyages que parece haber acabado por equivocación en la pequeña dársena del Port Vell. Fuera de la vista queda la vela de cristal del controvertido hotel W, el gigantesco edificio de la autoridad portuaria o la perspectiva infinita de la terminal de cruceros, de una belleza distópica e irreal, que pide a gritos un Canaletto contemporáneo que la inmortalice.

El Náutico de Barcelona es un oasis de dignidad, sin lujos ni pretensiones, que traslada a tierra firme el rigor que requiere la navegación

Vecino centenario que no se resigna a ceder su espacio al visitante, el Náutico permanece. Es un oasis digno, sin lujos ni pretensiones, como suele ser habitual en este tipo de instituciones, que trasladan a tierra firme el rigor que requiere la navegación. El club organiza la decimosexta edición de su regata de vela clásica, patrocinada por Puig. Participan unos cincuenta veleros venidos de todo el mundo. Son barcos antiguos, algunos del siglo XIX, o actuales pero construidos con técnicas y materiales de época. Ni aluminio ni fibra de vidrio. Todo es madera, bronce, algodón y cáñamo.

Una afición que no sale barata y que muy pocos se pueden permitir. “Ser pobre es un asco”, bromea uno de los socios más veteranos del club, anfitrión de los invitados de Puig embarcados en un catamarán neutral para asistir a la regata. La mecánica de la competición es un arcano para quien no esté familiarizado con ella, pero el viejo socio del Náutico la detalla en tres idiomas –inglés, catalán y castellano– con entusiasmo contagioso. Las tres jornadas son bendecidas por un garbí generoso. Aunque los pormenores se le escapen a uno, el espectáculo de velas hinchadas y tripulaciones afanadas sobre los cascos en un precioso mar rizado y oscuro no precisa de traducción.

El sábado serpentea entre los clásicos a velocidad de Fórmula 1 y con hechuras extraterrestres el velero neozelandés ganador de la última America’s Cup. El año que viene se disputa en Barcelona el trofeo de vela más importante del mundo. Los equipos ya están en la ciudad, entrenando y construyendo sus sedes en el puerto viejo aprovechando equipamientos preexistentes, desde antiguos almacenes portuarios al abandonado cine Imax. Frente al dispendio de la Copa América valenciana de 2007, presume el viejo socio, en 2024 llega aquí sin puja millonaria ni desembolsos faraónicos.

De vuelta al club, ante la escalera helicoidal que diseñó el arquitecto del Camp Nou, Francesc Mitjans, descubrimos la lista en letras de oro de los 23 presidentes del Náutico desde 1881. Alrededor hay una pequeña galería de maquetas, entre ellas la del casco de uno de los Bribón, el velero en el que el rey Juan Carlos navegó desde los primeros 70, y que en sus sucesivas encarnaciones estuvo bajo pabellón del Náutico de Barcelona hasta que el número XVI pasó a Sanjenjo, donde hoy aguarda las polémicas visitas del emérito desde Abu Dabi. El viejo socio relata la intrahistoria de la vinculación de Juan Carlos con el club, cuando un grupo de miembros cercanos a la corona decidió comprar un velero de la categoría Dragon para el príncipe, gran aficionado a este deporte desde los tiempos de Estoril y de su noviazgo con Sofía, cuando salía a navegar en el Pireo con Constantino de Grecia, campeón olímpico en Roma 60. 

El vínculo con la corona, explica nuestro guía, impulsó la vela en Barcelona, pero a la larga la perjudicó, porque consolidó la asociación con la aristocracia y el dinero que tiene este deporte en España. "Al contrario que en Francia, donde regatea hasta el hijo de la portera".

Mirando al mar, los veleros relucientes y los envidiables bronceados de sus tripulaciones, es inevitable darle vueltas a la frase de nuestro anfitrión, capaz de poner de acuerdo a quienes nadan en la abundancia y a los que no tienen un duro. Ser pobre es un asco. Pero hay príncipes pobres y con suerte a los que les regalan un velero. Y hay pobres con pasión por el mar que solo necesitan un humilde patín catalán, preciosa y ligerísima embarcación autóctona, el regalo democrático del viento y el peso de su propio cuerpo para colarse grácilmente en ese juego de ricos.