Discurso de Navidad del rey. ¡Puf! Una tradición en declive. El discurso del año pasado fue el segundo menos visto: 5,9 millones de personas lo vieron, aunque sólo fuera un momento. Parece mucha gente, pero esa es una cifra muy baja, teniendo en cuenta que lo retransmiten las tres grandes cadenas: Televisión Española, Antena 3 y Telecinco. En la mayoría de los hogares, a las nueve de la noche la familia está preparando la cena, que suele empezar más tarde de lo normal.
Lo lógico es que la tendencia siga siendo descendente. El rey está obligado a ser políticamente correcto. Como es natural. No puede ser gracioso, ni decir inconveniencias. Su discurso tiene que pasar por la censura previa de Moncloa. Así que tampoco puede ser explícitamente ni siquiera un poco crítico con el presidente del Gobierno. ¿Qué le queda entonces? Decirnos que seamos buenos y desearnos lo mejor.
Creo que la Casa Real debería replantearse el tema. Porque este rey, Felipe VI, no encuadra muy bien en esa imagen de padre de todos, que le iba mejor a su padre que, por cierto, heredó la tradición de Franco.
De todas formas, al rey hay que leerle entre líneas, porque sí que, a veces, dice algo que conviene tener en cuenta. En realidad, lo que dijo ayer Felipe VI es una enmienda a la totalidad del mal estado de la vida pública en España. Fíjense en las tres ideas fuerza que sustentaron su discurso:
–El diálogo.
–La ejemplaridad de los poderes públicos.
–España como proyecto compartido.
Viendo como se comporta, por ejemplo, Oscar Puente, no se puede decir que este Gobierno utilice el diálogo como una herramienta habitual. Más bien, al contrario. Lo que predomina en la vida política, aquí y ahora, es la leña al mono. Y en eso el Gobierno tiene una especial responsabilidad. Sánchez sólo dialoga con los que piensa que les puede sacar algo. Como Puigdemont, por ejemplo. Pero, ¿se ha esforzado alguna vez el presidente en dialogar de verdad con el líder de la oposición? No. A Feijóo hay que machacarlo.
¿Acaso la utilización del término "ejemplaridad" no es una enmienda a la totalidad a lo que es habitual en la vida pública?
La ejemplaridad. ¿Acaso la utilización de esa palabra no es en sí mismo un gesto de reproche? Pensemos en Ábalos, en Santos Cerdán, en el ex presidente de la SEPI. En fin, en tantos otros. Sí, también hay que recordar que el comportamiento de Carlos Mazón no fue muy ejemplar el día de la Dana. La vida pública en España no es muy ejemplar, la verdad sea dicha.
Por último, España como un proyecto que nos une. A mí me gustaría que fuera así, pero la mayoría de los socios de este Gobierno no cree en España. O piensan que España es un estado opresor, que tiene que pedir perdón hasta por el descubrimiento de América. Todos los Estados tienen cosas de las que arrepentirse. Pensemos en el colonialismo británico o francés. Por no hablar del pasado nazi de Alemania o del periodo fascista en Italia. Pero en ninguno de esos países se lleva tanto el auto flagelamiento como en España. No podemos sentirnos orgullosos de los casi 40 años de dictadura, pero no podemos estar dándole vueltas a lo mismo por pura conveniencia. Por suerte, ya estamos a sólo una semana de que se acabe el 50 aniversario de la muerte de Franco.
¿Por qué nos cuesta tanto mirar hacia el futuro? Menos mal que hace 50 años lo hicimos, si no, no hubiera existido la Transición. Parece que hay gente que quiere abocar a este país a una nueva confrontación civil, como si la guerra del 36 no hubiera sido suficiente como para escarmentar durante siglos.
En fin, creo que lo que dijo ayer el rey merece la pena. Yo estoy de acuerdo. Pero creo que el mensaje debería revisarse. No sé si el formato, la hora o el día son los mejores. Yo pude leer el mensaje en el móvil, lo que me sirvió para escribir este comentario. Si llego a ponerlo en la tele a las nueve, mis hijas me hubieran mirado mal. ¡Y eso que Felipe VI les parece guay!
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2 Comentarios
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hace 3 semanas
Unida a las ideas del diálogo y del proyecto compartido apareció muchas veces la palabra convivencia. A mí me pareció que eso era lo que más preocupaba al rey, la sensación de que la convivencia se ha deteriorado tanto en España que deberíamos mirar al pasado, a los años de la Transición, para que, según dijo también, lo construido entre todos entonces nos sirva de guía en el presente pensando en el futuro. Y fue más lejos aún al señalar como principales peligros para esa convivencia los radicalismos y los populismos.
O sea que el Gobierno no debería sentirse aludido sólo por las referencias a la ejemplaridad, pues hay una sola cosa a la que Pedro Sánchez se ha mantenido fiel desde que accedió a la Secretaría General del PSOE: su célebre “no es no”. Ya en el Gobierno esa idea ha tomado la forma en esta legislatura fracasada del también famoso muro que había que construir para separar a unos españoles de otros. Su proyecto político es ese: erigir “un muro de democracia, de convivencia y de tolerancia” como forma de “elegir camino” para “frenar en seco” “a las fuerzas conservadoras y reaccionarias representadas en el PP y en VOX”. Ese camino era el único que le permitía alcanzar y mantenerse en el poder, su único objetivo desde el principio, porque esa curiosa manera de defender la convivencia era la que apoyarían los populistas de izquierda y, no antes de pasar por caja, los separatistas.
Así pues, construir, partiendo de la Constitución y tomándola como ejemplo, una democracia basada en el diálogo y el acuerdo posible, sin exclusiones, de todas las fuerzas políticas, o erigir “un muro de democracia, de convivencia y de tolerancia” como el de Sánchez. Entre esas dos opciones enfrentadas debemos elegir si queremos salvaguardar esa convivencia entre españoles ante la que tan preocupado se ha mostrado ayer el rey.
hace 3 semanas
El espíritu que emanó en España después de la Constitución del 78, ha muerto. El respeto de los socialdemócratas de Felipe González, el de los comunistas de Santiago Carrillo, e incluso el de los dirigentes nacionalistas de entonces, por las instituciones del Estado, ha dejado de existir.
Todos sus sucesores actuales, se llamen como se llamen, llevan la inquina y el odio contra todos los que no son ni piensan como ellos.
Felipe VI es una mera comparsa con el Gobierno actual. Por eso sus discursos son como cantos al sol.
Su revitalización, e incluso la supervivencia de la Monarquía Parlamentaria, dependerá del resultado de las próximas elecciones generales.
Y el Rey lo sabe.