La situación en Venezuela atraviesa, en estos primeros días de 2026, uno de sus momentos más dramáticos y reveladores en términos de política internacional. La operación militar de los Estados Unidos en Caracas, y la posterior intercepción de un petrolero ruso en aguas internacionales, han desatado una serie de reacciones que han puesto el foco sobre la soberanía, la legalidad internacional y las dinámicas de poder entre las grandes potencias a nivel global.

Desde la perspectiva de las teorías realistas de las relaciones internacionales, los hechos no pueden entenderse sin reconocer que los grandes Estados (y particularmente aquellos con capacidades militares superiores al resto) actúan fundamentalmente para proteger e incrementar su poder relativo. El realismo clásico, que guía principalmente la diplomacia práctica estadounidense actual, subraya que los actores estatales buscan reforzar su seguridad y su posición estratégica por encima de consideraciones ideológicas o normativas. Bajo esta lógica, sea explícita o implícitamente, imponer resultados favorables se convierte en una forma de asegurar la posición en un sistema internacional que es, en términos reales, anárquico. 

Los próximos días son clave para observar si en Caracas los actores regionales y globales encuentran fórmulas para evitar una polarización irreversible

El caso de Ucrania tras la incursión rusa (que fue el tema central en la agenda geopolítica en los últimos años), es un ejemplo claro de esta lógica de poder en acción. Del mismo modo, lo que acontece en estos momentos en Venezuela es una manifestación de la misma lógica: las principales potencias están mostrando su disposición a influir -más allá de la diplomacia tradicional- donde entienden que sus intereses estratégicos están en juego.

Sin embargo, fijar la mirada únicamente en la competencia de poder es insuficiente para comprender la complejidad del mundo contemporáneo. La interdependencia económica, los flujos de capital, el impacto de crisis humanitarias (existentes y potenciales) y las organizaciones multilaterales forman un tejido que desafía la simplicidad de la visión realista hasta aquí señalada. Venezuela, dadas sus características geopolíticas (sus reservas de petróleo, su posición central en América Latina, y el amplio número de venezolanos alrededor del mundo), demostró también en los últimos días ser un eslabón crítico de esta interdependencia, generando reacciones en todo el planeta, desde América Latina, hasta Moscú y Pekín.

Además, el contexto económico nos muestra también que esta red de vínculos es particularmente fuerte: mientras que, por un lado, desde Washington se anuncia que los Estados Unidos participarán activamente de la producción y exportación (o compra) del crudo venezolano, la industria energética se encuentra afectada por múltiples sanciones y con una infraestructura dañada por años de mal mantenimiento y baja inversión.  Por todo ello, la interdependencia compleja, que nos permite analizar el caso venezolano, y mezcla intereses de seguridad, económicos y sociales, nos pone a la vista dos problemas centrales para la gobernanza global. 

Primero, la limitación de los enfoques unilaterales: una intervención militar en un país no se reduce a un cálculo de poder, sino que tiene repercusiones económicas, migratorias, sociales y hasta ambientales. Y, en segundo lugar, revela la fragilidad de las instituciones multilaterales. Organismos como la ONU, que fueron diseñados para prevenir conflictos y canalizar la cooperación internacional enfrentan un desafío importante. La anarquía del sistema internacional se muestra de frente cuando las potencias deciden avanzar sin intervenir en los espacios diseñados para lograr instancias de diálogo.

Este no es un llamado a la ingenuidad ni a minimizar los intereses legítimos de cada país, sino una invitación a reconocer que la complejidad del mundo actual exige instrumentos y marcos de gobernanza que integren, y no solo contengan, la lógica del poder (y los intereses que de éste se derivan) con las realidades de la interdependencia. En el caso concreto de Venezuela, los próximos días serán clave para observar si la transición política en Caracas puede abrir espacios para un proceso interno inclusivo, si los actores regionales y globales encuentran fórmulas para evitar una polarización irreversible, y si las instituciones multilaterales pueden recuperar un papel significativo como mediadoras neutrales. Todo ello dependerá, en última instancia, de la voluntad de los Estados no solo de competir por influencia, sino de reconocer que la seguridad está intrínsecamente vinculada a la estabilidad compartida, la prosperidad y el respeto mutuo de las normas que sostienen el orden internacional.


Fernando Domínguez Sardou es director del grado en Relaciones Internacionales en UNIE Universidad