A las 10.45 horas de este lunes, ya había aparcado en Atocha el último de los varios autobuses que transportaban a los pasajeros que resultaron afectados por el accidente de los trenes de Adamuz, el primero que se registra en la alta velocidad española. Quienes llegaron habían salido de la estación de origen en calidad de viajeros, pero por el camino se convirtieron en supervivientes, algo que no previeron.
En las inmediaciones del aparcamiento había todavía efectivos de Summa 112, el cuerpo sanitario de Madrid, que habían trabajado durante toda la noche. Un portavoz — con rostro cansado y somnoliento — explicaba que la sala para atender a los familiares de las víctimas se mantenía activa en la estación y que entre los pasajeros viajeros de los autobuses fletados por Iryo había algunos heridos leves, pero que todos se habían marchado por su propio pie, incluso alguno que estaba conmocionado.
Madrid tiene la capacidad de absorber lo que está a su alrededor, en un radio que parece que se ha agrandado durante los últimos años, prueba de que es mucho más próspera que todas las provincias que la circundan... y que muchas de las más alejadas. Los trenes que parten hacia Atocha y Chamartín los domingos por la tarde vienen cargados de gente que busca su oportunidad en la capital, joven, pero a veces no tanto, y la cual se mueve entre alquileres prohibitivos, más ruido, más atascos... y trenes de alta velocidad de, como mucho, dos horas y media o tres horas, salvo retraso, cada vez más frecuente.
Dos de estos convoyes no llegaron a su destino este domingo por un accidente que tuvo mucho de terrible infortunio. ¿Qué probabilidades había de que un tren descarrilara en el momento en que uno pasaba a su lado?
Minutos después del siniestro, se leían mensajes de familiares en las redes sociales que reclamaban información de un ser querido. Algunos de ellos, jóvenes, con el perfil típico del que viene y va a Madrid, con turno de lunes a viernes. Otros, decían, eran opositores que habían viajado para examinarse y a quienes la casualidad y la desgracia asaltaron en las vías.
Afectados en Atocha
Las imágenes del día siguiente en Atocha no diferían mucho de las de cualquier otro lunes. La vida sigue. Las máquinas y los obreros que tenían previsto trabajar dentro de la estación y en sus alrededores continuaban con su tarea, mientras los afectados descendían de los autobuses y algunos familiares les esperaban en la sala de afectados. La gran diferencia es que en las pantallas que anunciaban las salidas y las llegadas había varias líneas pintadas de oscuro. La ruta hacia Andalucía se había cortado y eso obligó a cancelar varios trenes.
Una pareja de estadounidenses esperaban en la planta superior, junto a la cola de embarque. Ella intentaba hablar con el servicio de atención al cliente de Renfe, sin éxito, a la espera de que les ofrecieran una solución para llegar a Cádiz y de ahí, a su lugar de trabajo, Rota, la base naval yanqui. Él no parecía muy contento y a la segunda pregunta respondió con la brusquedad del viajero cansado.
En el pasillo principal de la estación había dos contingentes de trabajadores de Ouigo que se esforzaban por explicar a los pasajeros que se habían suspendido varios de sus servicios, mientras alguno miraba la comunicación de su teléfono con cierta frustración. El lugar más concurrido era, sin duda, la oficina de Renfe, donde una familia de dos abuelos, madre y nietos, hacía cola para intentar cambiar los billetes. “No sé yo cuándo llegaremos a Cádiz”, decía el más mayor.

Hay que reconocer que esa estación está fabricada a prueba de balas. Recibió un duro golpe el 11 de marzo de 2004, pero volvió a la normalidad cuanto antes. Durante la pandemia, mientras la inmensa mayoría de los españoles estaban encerrados, en sus casas, Atocha se mantuvo activa, hasta el punto que el primer lunes de estado de alarma hubo algún embotellamiento en sus andenes, en hora punta, entre los trabajadores de servicios básicos.
Se han vuelto frecuentes las imágenes de pasajeros hastiados, tras varias horas de espera, durante las operaciones salida y llegada tras las vacaciones; o en algún domingo cualquiera, en los que falla algún tren. La alta velocidad española ha perdido efectividad y el adjetivo 'milagro' que se asociaba a este servicio se ha evaporado poco a poco, de ahí que cada vez sea más habitual la imagen de viajeros afectados.
Lo de este domingo es nuevo y cabe desear que no se repita. No obstante, mientras los servicios médicos reaccionaban con celeridad y los vecinos de Adamuz se movilizaban, sin pensarlo dos veces, para ayudar a los afectados, ya había comenzado el camino hacia la politización de la tragedia, como sucedió con la DANA de Valencia o con los incendios del pasado verano.
No podemos librar aquí de la culpa al Gobierno, incluida ahí la Agencia EFE, la de Miguel Ángel Oliver, que este lunes por la mañana, con los trenes todavía en las vías y los equipos de rescate en plena actividad, lanzaba un teletipo oportunista — un salvavidas — en el que afirmaba que Adif ha invertido 24.000 millones en cinco años en renovar la infraestructura. Para eso pusieron ahí a Oliver.
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